Manchester bajo el mar

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Hay gente que piensa que es mucho más nocivo el humo de los porros que el humo de las explosiones, así lo dice su sincera inquietud y su notorio activismo, como también la hay más preocupada por la vida de los animales que por la de los hombres...

 

Hasta hace poco, cuando la inmigración parecía estar aún con los ojos abiertos, uno de los mayores peligros a los que se enfrentaban los jóvenes europeos era la obsesión por las drogas. Ahora a estos efectos de las malas compañías o de la educación, por poner algún ejemplo, hay que sumarles el islamismo, que es la obsesión por los infieles. Ya se puede ser joven europeo e islamista con todos los derechos. Lo digo para los defensores de los derechos libres, o más bien libérrimos como aquel Sánchez Dragó de la Muchachada que terminaba el sketch gritando y alejándose en pelotas por el campo. En Occidente ya se puede ser un padre preocupado por la peligrosa adicción a los porros de su hijo adolescente y por su peligrosa adicción al Islam, cuyos humos no son precisamente igual de nocivos. Hay gente que piensa que es mucho más nocivo el humo de los porros que el humo de las explosiones, así lo dice su sincera inquietud y su notorio activismo, como también la hay más preocupada por la vida de los animales que por la de los hombres. El padre musulmán, europeo de ley desde hace décadas, occidental con todas las letras, ¡cuántas veces más respetado y de qué manera que el cristiano secular!, sufre la amenaza del islamismo que se cierne sobre sus hijos, que a su vez es la amenaza que sufre el padre cristiano o el budista o el agnóstico o el ateo cuyos hijos viven hoy al lado de aquellos otros hijos. Hay que preguntarse siempre por el origen de esta lacra y por la inversión de los principios que la está apuntalando, pero también puede que haya llegado el tiempo (pasado con creces el prudencial, previo a cualquier toma de decisiones discutida y meditada) de que a alguien con prerrogativas se le estimule algo más que la glándula lacrimal que sólo sirve, en apariencia, para encender una y otra vez unas velas que ya empiezan a ser más propias del oscurantismo medieval que del duelo occidental.