Manchester. Memorias de la atmósfera

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Estatua de Friedrich Engels en Manchester. Julio 2019.

En Manchester, en la plaza Tony Wilson, junto al centro de arte contemporáneo HOME, hay una estatua de Friedrich Engels de 3,5 metros de altura. La trajo en 2017 el artista británico Phil Collins (nada que ver con el músico) desde Mala Pereshchepina, un pueblo del este de Ucrania. Allí no sabían muy bien qué hacer con los símbolos de la antigua era comunista, así que Collins aprovechó ese limbo y convirtió la odisea de la localización, traslado y nuevo emplazamiento de la escultura en una pieza artística con la que pretendía que Manchester se acordara un poco más del que fue su huésped ilustre, y poner en valor la influencia que la ciudad ejerció sobre él y su pensamiento.

Engels nació en Barmen, en la antigua Prusia, pero su acaudalada familia tenía industrias textiles en Manchester. Allí lo envió su padre en 1842, a los veintidós años, para que se familiarizara con el negocio y, sobre todo, esperando que el contacto directo con los estímulos y beneficios de la producción industrial calmara el creciente radicalismo de sus opiniones políticas. No fue así, y en Manchester el joven Friedrich desarrolló con creces su fervor revolucionario, ayudado sin duda por Mary Burns, la despierta y luchadora obrera irlandesa de su fábrica con la que se casó y convivió veinte años, hasta su muerte. A través de ella, Engels –empresario y revolucionario a la vez– conoció de primera mano las horribles condiciones de vida de la clase trabajadora en los suburbios de Manchester –en aquél momento la primera metrópolis industrializada del mundo– y las reflejó en su seminal libro de 1845 La condición de la clase obrera en Inglaterra. Engels mantuvo durante toda su vida contacto con la ciudad, en la que vivió bastantes años y a la que volvía con frecuencia. A pesar de esta vinculación, poco hay en Manchester que lo recuerde si exceptuamos la vieja mesa de la Chetham´s Library en la que solía sentarse a trabajar con Karl Marx cada vez que éste venía a verle y que hoy puede ser visitada.

Quizás fuera la mala conciencia por el olvido hacia el filósofo alemán lo que hizo que, en 2017, la ciudad decidiera por fin homenajearle y utilizar la pieza de Collins para inaugurar la sexta edición del prestigioso MIF, el Festival Internacional de Manchester, un evento artístico que tiene lugar cada dos años durante dos semanas del mes de julio, y uno de cuyos grandes alicientes es el hecho de que todas las producciones que en él se presentan son estrenos mundiales.

Manchester es una ciudad fascinante, que parece ignorar con naturalidad esa trampa llamada urbanismo. En ella conviven con frescura medieval, sin protocolo aparente, pared con pared, hombro con hombro, tocándose y queriéndose, la arquitectura antigua y la nueva, edificios bajos y altos, alojamientos victorianos y rascacielos, engarzados todos ellos en una trama imposible de calles, canales y vías de tranvía. Allí no tiene ningún sentido la dicotomía ciudad bonita–ciudad fea, porque da la sensación de que su arquitectura no se diseña y construye, sino que simplemente acontece. Y lo que acontece no puede estar sometido a juicio estético. El atractivo de Manchester, más allá de su relevante historia contemporánea, tiene mucho que ver con su rechazo valiente al planeamiento artificioso y esteticista. Es una ciudad viva, sin complejos, hecha de capas de espacio y tiempo que se conectan mediante cicatrices, no todas restañadas.

Cada dos años, durante dos semanas, el Festival añade a la ciudad una capa más, que la empapa de forma discreta y persistente, como si formara parte del clima. El MIF es, ante todo, una atmósfera. Y esta edición de 2019, que finalizó el pasado 21 de julio, lo ha sido doblemente.

No lejos de la estatua de Engels y de HOME –dedicado hasta septiembre a exponer de forma exhaustiva la obra pictórica y cinematográfica de David Lynch– se levanta el Museo de Ciencia e Industria de Manchester. En su trasera, junto a los restos de la que en 1830 fue la primera estación de ferrocarril del mundo, ha tenido lugar la exposición Atmospheric Memory, del artista mexicano-canadiense Rafael Lozano-Hemmer. La espléndida muestra –lo mejor del MIF 2019 en mi opinión–, comisariada por el español José Luis de Vicente, está inspirada por el científico, matemático y filósofo Charles Babbage (1791-1871), padre de la computación moderna. En su libro de 1837 Ninth Bridgewater Treatise, Babbage escribía que, cuando hablamos, el movimiento de las moléculas de aire originado por nuestra voz no cesa nunca aunque dejemos de oír el sonido. Por el contrario, la vibración permanece y las palabras quedan registradas y almacenadas en la atmósfera, que de esta forma se convierte en un gran repositorio de todo lo dicho. Con un ordenador lo suficientemente avanzado para recorrer el camino inverso y volver a convertir esas vibraciones en sonidos, podríamos así oírlo todo: palabras de amor y odio de nuestros seres queridos, promesas incumplidas, evidencias criminales, mentiras históricas, secretos de gobernantes y hasta frases de profetas y dioses.

La bellísima idea de Babbage acerca de una memoria atmosférica que archiva las huellas de lo humano es de una actualidad asombrosa, y no sólo por esa gran nube telemática que hoy, bajo el control de unos pocos, invade cada resquicio de nuestra cotidianidad y en la que volcamos sin pudor nuestra existencia. También por la terrible huella de carbono que la actividad humana va dejando día tras día en el aire que respiramos. Cada molécula de dióxido de carbono de la atmósfera nos delata.

En torno a esta reflexión, Lozano-Hemmer ha ideado una muestra ambiciosa y hermosísima, que combina con la misma intensidad estímulos visuales e intelectuales, asombro y reflexión. Alojada en una enorme cámara construida para la ocasión a partir de 52 contenedores marítimos, la exposición consta de 15 piezas que funcionan como partes de un todo y tejen una trama de significado en torno a las interacciones entre lo tangible y lo etéreo –¿qué fue primero?– y su capacidad de inundar de luces y sombras el mundo que hoy habitamos a través de la tecnología. A pesar del tamaño y de la exuberancia técnica, la atmósfera de la muestra es sobrecogedoramente íntima, y uno se siente interpelado muy de cerca por todos esos suspiros, rumores, átomos de lenguaje y visión, turbulencias, rastros, apariciones y desapariciones que allí dentro se desencadenan en un bellísimo e intrincado ir y venir de causalidades y escalas.

Atmospheric Memory funciona como un dispositivo de entrenamiento del visitante en la interlocución con aquello que Robert Musil llamaba “lo fantasmal de los acontecimientos”, y que él reivindicaba como lo verdaderamente importante a la hora de construir futuros recuerdos. Por eso, cuando uno ha pasado un buen rato disfrutando en la exposición y sale de allí, está mucho más preparado para experimentar con intensidad la ciudad y el festival. Entonces, todo lo que uno aprende y sabe y lee y ve y huele y come y bebe y ama y odia y dice y silencia acaba convertido en atmósfera.

Y en ese éter íntimo conviven, en todas sus posibles combinaciones, la revolución industrial y la masacre de Peterloo y The (Manchester) Guardian y la reivindicación de no trabajar el sábado por la tarde y la primera vegetarian society del mundo y Engels y Babbage y Lovelace y Turing y Raquel y los canales y los gansos de los canales y Brian Eno y Laurie Anderson y su luna y Philip Glass y el Tao de Glass y Phelim McDermott y Skepta y DJ Querubín Cantilever y Marina Abramovic y Dany Boyle y Calvino y las ciudades invisibles y David Lynch y su cabeza desconectada y la mía y el parlamento de fantasmas de Ibrahim Mahama y la escuela de integración de Tania Bruguera, y Claire Cunningham y sus maravillosos bailarines de capacidades diferentes y Rímini Protokol y Holly Herndon y Nico y Ian Curtis y Goya y los homeless.

Mientras escribo esto, ya en otro tiempo y otro lugar, esa atmósfera sigue acompañándome. La escucho prestando mucha atención, con la esperanza de descubrir algo nuevo, algo que me fuera dicho aquellos días y no supe oír.

Madrid, 31 de julio de 2019 

 

La séptima edición del Festival Internacional de Manchester ha tenido lugar entre el 4 y el 21 de julio de 2019.

Web del Festival        Web de Atmospheric Memory

 

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