Maneras de matar el tiempo

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El reloj marca las siete y media de la tarde. Estoy repantigado en el sofá y miro apaciblemente por la ventana la arboleda que tengo frente a mí. Le dicto a mi iPad. Desde hace algunos meses dicto en lugar de escribir, especialmente cuando tomo notas o reflexiono en voz alta. Hace calor, casi bochorno, aunque la brisa que entra por el vano de la ventana, abierta de par en par, me resulta de lo más placentera. Hay un ruido de fondo, ruido de coches y, entremedias del ramaje, el gorjeo de algún pájaro. Cierro los ojos ¿Se puede pensar que este estado de postración en que me encuentro es de felicidad?

 

La felicidad es fugaz, etérea, inefable. Bentham, uno de los padres del utilitarismo, decía que toda la vida está marcada por dos polos opuestos: el placer y el dolor, y que la felicidad consiste en aprovechar al máximo el placer y reducir al mínimo el dolor que nos acecha. Si esto es así, soy en estos momentos un hombre moderadamente feliz en medio de esta dorada quietud que me rodea. Pascal ya avisaba que todas nuestras desgracias desaparecerían si supiéramos estarnos quietecitos en una habitación.

 

Claro que el mayor placer nos lo suelen producir las emociones fuertes. El reposo puede ser muy aburrido. El mismo Pascal, que de aburrimiento debía saber bastante, definía el ennui como esa temporalidad vacía carente de sentido. Desde luego eso es lo que sienten los niños en cuanto dejan de jugar. Mi hija se pasa toda la tarde en el parque con sus amigas corre que te corre y cuando regresa a casa, de anochecida, me dice que está aburridísima. Los niños son como los hombres de las épocas heroicas, que viven por y para la acción y llevan muy mal eso de la inactividad.

 

A los americanos les pasa un poco lo mismo, no sé si por niños o porque todavía conservan el espíritu de los antiguos héroes. No pueden estar parados ni un solo momento. Piensan que si no hacen, no son. A mí fue lo que más me sorprendió de Nueva York al principio, durante mis primeros días, ese trasiego casi frenético de sus habitantes.

 

El hombre moderno aborrece el vacío que produce estar mano sobre mano. No estamos en una época de místicos o de contemplativos. Menos aún de héroes. Añoramos la acción, pero cada vez nos es más difícil llevar una vida verdaderamente activa. Ya no hay nada que quede por explorar o por conquistar. Todo el orbe está fotografiado al milímetro a través de ese gran hermano que es Google. Así que como no podemos explorar o conquistar o embarcarnos rumbo a lo desconocido, nos dedicamos a rellenar todas las horas del día con tareas insustanciales: del trabajo al gimnasio, y de ahí a un cursillo de dibujo artístico, para terminar la jornada en una aburridísima conferencia sobre la deforestación en Brasil o viendo la última película de un director coreano de nombre impronunciable. Atiborramos nuestro tiempo –ese vacío del que hablaba Pascal– con una actividad febril y trivial que nos aletarga.

 

Claro que seguramente sea mejor así y no buscar el placer como lo buscaba Gengis Kan, que a la pregunta de cuál era su mayor diversión, contestó que no había mayor goce en esta vida que entrar en un poblado y matar a todos los hombres, violar a todas sus mujeres y largarse de allí montado en sus caballos tras haber quemado todas y cada una de las casas…

 

El reloj marca las ocho y dos minutos. Es casi de noche. Abro el periódico. Europa llega a otro acuerdo para demorar la defunción del euro. ¿Les producirá placer a los políticos europeos y a sus banqueros todo este desaguisado? Yo, mientras tanto, me arrellano un poco más en el diván y hago algunas pequeñas correcciones a este post, que me tendrá entretenido durante un rato.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.