Manuel Moyano: «Quizá el viaje tenga la capacidad, el poder de hacernos sentir inmortales, eternos y felices mientras dura»

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(Fotografía: Teresa Piqueras)

Los viajes no son sólo desplazamientos en el espacio, sino en el tiempo. Manuel Moyano pertenece a ese tipo de personas que permanentemente sienten curiosidad, anhelo de conocer, necesidad de ver lo que hay detrás del muro. Luego lo plasma de forma magistral sobre el papel y logra premios como el que nos trae hoy aquí, el Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes, organizado por el Grupo Hotusa, en colaboración con RBA Libros y la Universidad de Barcelona. Y lo ha logrado con La frontera interior. Viaje por Sierra Morena (RBA). Moyano emprendió este viaje con la intención de recorrer Sierra Morena desde Despeñaperros a Portugal, en Barrancos, que de entrada era un viaje, hasta donde a él le constaba, nadie había narrado como tal.

El lector encontrará muchas historias interesantes a lo largo de la sierra. Precisamente ese carácter que tiene de frontera entre el centro y el sur de España y literariamente un poco virgen fue lo que le atrajo, “una frontera que como tal se concibió para ser cruzada…” Descubrirán la primera verdad de las mismas: no sólo líneas, sino territorios en suspenso entre los dos mundos que separa, dice Sergio del Molino en el estupendo prólogo que abre La frontera interior.

En principio, muchos lectores pensarán que lo saben todo de Sierra Morena debido a su larga historia de bandoleros y personajes como Curro Jiménez, pegado a nuestra memoria desde aquella televisión de únicamente dos canales. Sin olvidar la literatura, -“¡Qué bien los nombres ponía / quien le puso Sierra Morena / a esta sierra mía!”, escribió Antonio Machado-, las monterías, batallas -Las Navas de Tolosa-, y de nuevo escritores como Cervantes o Miguel Hernández sin olvidar leyendas como los niños lobo -Sierra Madrona-… Todo está aquí, “la magia de Moyano consiste en deshacer esa creencia enseñando  un paisaje completamente nuevo. Como si fuera la primera vez que tropezamos con ese territorio. No es fácil recorrerla con ojos nuevos y mucho menos rescribirla con palabras nuevas y Manuel Moyano logra ambas cosas”, confirma Del Molino.

Prepárense, pues, a descubrir que no todo es como pensaba… ¿creían a Don Quijote como Cervantes en Despeñaperros -como se ha dicho en muchas ocasiones- y no en el Camino Real que llevaba de Córdoba a Toledo? Lean La Frontera Interior. Y no les digo nada de la belleza de la llamada capilla Sixtina de Extremadura, Ermita de Nuestra Señora del Ara. Todo regado de buenos vinos y manjares, porque a Manuel Moyano le gusta relatar también lo que come y lo que bebe, alimentando el espíritu, el alma y el cuerpo, que el camino hay que seguirlo con fuerzas.

Zambúllase en la propia historia del lugar como si se hubiese desplazado también en el tiempo… No estamos con La Frontera Interior ante sólo anécdotas y datos, como dijo el jurado. Es geografía, una geografía humana.

Enhorabuena por el XVI premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes a La frontera interior. De nuevo nos encontramos practicando “el arte de perderse”, que hablábamos a propósito de Cuadernos de tierra. Falta nos hacía, después de lo que hemos pasado…

Gracias por tu enhorabuena, Nieves. Perderse es un arte, como decíamos ayer, pero también una necesidad. Con el paso de los siglos hemos conquistado cada vez mayor seguridad y comodidad en nuestras vidas, pero eso ha sido a costa de hacer algunas cesiones. Por ello, a veces, es necesario tener la sensación (al menos, transitoria) de romper con la cotidianidad. Y nada mejor que el viaje para conseguirlo… Peor que la pandemia es la que nos ha caído ahora encima, un tipo reviviendo las ansias expansionistas de los viejos imperios, como si retrocediéramos al pasado de la Humanidad, haciendo morir a miles de personas para nada y poniéndonos al borde de una guerra global, lo cual puede suponer la quiebra absoluta de todo.

La cosa de salir a investigar los alrededores ya le viene de su infancia en Córdoba. Recuerdo, en otra conversación anterior, que hablamos de su tierra natal y me contaba cómo “desde los estíos salvajes, los mediodías de la infancia en que salíamos a buscar fósiles o higos al campo mientras el aire hervía de chicharras y los adultos dormían la siesta refugiados en la penumbra de sus casas”…

Ya no recordaba esas palabras, pero es una buena descripción de lo que era el verano en Córdoba. Pertenezco a ese tipo de personas que permanentemente sienten curiosidad, anhelo de conocer, necesidad de ver lo que hay detrás del muro. En la prehistoria, hubiera sido de los que se alejan de la cueva o de la aldea para explorar lo que hay más allá de las montañas y, una vez rebasadas, hubiese continuado hasta la montaña siguiente, salvo que cayese presa por el camino de un dientes de sable o de alguna tribu hostil.

¿Podríamos denominar esto que hace usted tan bien de escribir sobre lo que ve un poco como aquello de Luis Cernuda “recuérdalo tú y recuérdalo a los otros”? Recupera batallas como las Navas de Tolosa o visita la llamada capilla Sixtina de Extremadura. Nos habla del Duque de Rivas o Miguel Hernández, entre otros, mientras recorre territorios como Aldeaquemada para terminar en Barrancos sin olvidar algunos episodios de la Guerra Civil…

El viajero literario es en cierto modo un testigo; quiero decir que ya no viaja sólo para sí mismo, sino que viaja también para los otros, como si fuese un avatar de sus futuros lectores. Esto lo ha expresado muy bien José Luis García Martín en su reseña sobre La frontera interior, cuando dice que la idea de viajar para contarlo es un concepto relativamente reciente. El viajero literario tiene que andar con los ojos y los oídos bien abiertos, sintonizar su espíritu con el paisaje, zambullirse mentalmente en la historia y la literatura del lugar hasta interiorizarlas. Y así es como descubre que un paisaje aparentemente sencillo o anodino posee una gran riqueza, que es una fuente inagotable de personajes, historias, curiosidades. La prueba es esa larga lista que acabas de recitar. Hay que explorar, ver, y también haber adquirido la pericia suficiente para narrar eso de la forma adecuada; por ejemplo, evitando hacer largas exposiciones sobre historia y limitándose a dar unas pinceladas.

Confiesa al final la intensidad de relato, tanto que le parecieron ocho semanas más que ocho días…

De entrada, porque cada día me ponía en marcha una o dos horas antes de que saliera el sol (era febrero) y, al final de la jornada, ya alojado en algún hostal, y pese al cansancio, hacía el esfuerzo de pasar a limpio las notas que había tomado a vuelapluma, no sea que dejaran de ser inteligibles para mí mismo; además, todavía recordaba bien el contexto en el que las había tomado y podía por tanto incorporar nuevos detalles. Entre ambos extremos recorría decenas o cientos de kilómetros, hablaba con gente diversa, visitaba nuevos pueblos y paisajes, comía, bebía, y de algún modo me iba zambullendo de tal manera en la propia historia del lugar que sentía como si me hubiese desplazado también en el tiempo. En definitiva, un día de aquel viaje tenía muchísimas más cosas dentro de sí que una jornada cualquiera de nuestra existencia cotidiana.

El hecho de viajar nos produce un placer tan intenso… “Sigue siendo un enigma, pero a veces uno puede sentir ese misterioso pálpito con sólo alejarse unos kilómetros de casa”, me decía también. “Hay algo en caminar –y particularmente en caminar solo y durante un largo recorrido– que va mucho más allá del ejercicio físico, del deporte. Es algo que tiene que ver con el sentimiento de libertad, con la entrada en juego del azar, con la proximidad de la naturaleza (incluyo en ella nuestro propio organismo). Y hay algo místico en todo eso…” ¿Ha podido descubrir qué es eso que gira alrededor del placer de salir fuera de casa y recorrer pueblos, la naturaleza, las gentes…? ¿Qué es esa mística?

Sigo sin poder descifrar el enigma, sin poder descubrir la esencia de esa mística del viaje. Pero si me permites la autocita, en Cuadernos de tierra digo: “Mientras se camina, la vida parece tener algún sentido”. Quizá el viaje tenga la capacidad, el poder de hacernos sentir inmortales, eternos y felices mientras dura. Sin duda, viajar nos adentra en otra dimensión y de alguna forma nos transforma, al menos temporalmente. Podríamos decir, utilizando el título del libro, que cruzamos una frontera interior.

En La frontera interior surgen temas que a usted siempre le han interesado como las supersticiones -el fragmento donde se acuerda de la muerte de Rosamunde Pilcher, por ejemplo-. Su libro es como un trazado fresco que dibuja el mapa de una Sierra Morena mística, mágica e insólita entre la leyenda el mito y la realidad…

Bueno, es curioso cómo el contenido de los libros, el enfoque con el que están escritos, va surgiendo sobre la marcha, no es algo decidido a priori. Quiero decir que, cuando salí camino de Sierra Morena cierto día de invierno, no me planteaba hacerlo desde una perspectiva mágica, sino que esa perspectiva fue asomando. Me refiero a las apariciones marianas y los distintos centros de culto y retiro repartidos por toda la sierra, a las historias sobre el Enlutado y la Pantaruja, al concepto de “lugares de poder” (que aparece varias veces), a las construcciones de tiempos antiquísimos, como el dolmen entre cuyas piedras hablo de Rosamunde Pilcher, escena que para Manuel Moya constituye una de las cumbres del libro. Como te dije, todo eso no se planea, pero la mente se va imbuyendo de cuanto percibe alrededor y termina alcanzando un estado distinto, propenso a experimentar la magia… incluso aunque la magia (teóricamente) no exista.

Nos descubre, también, que no todo es como pensábamos en Sierra Morena así como su historia. El lector encontrará esos tópicos de bandoleros, monterías, batallas, “como si fuera la primera vez que tropezamos con ese territorio. No es fácil recorrerla con ojos nuevos y mucho menos rescribirla con palabras nuevas Manuel Moyano logra ambas cosas”, nos dice Del Molino y coincido con él.

Mi gratitud absoluta hacia Sergio del Molino, no sólo por haber escrito el prólogo, sino por haber captado el espíritu del libro y haber sabido transmitirlo y expresarlo tan bien en pocas páginas. Lo que dice es precisamente lo que constituyó el motor del viaje. Yo tenía en la cabeza a Colin Thubron y sus maravillosos libros En Siberia y El corazón perdido de Asia. Pensé: imaginemos que yo no soy español, imaginemos que Sierra Morena sea un territorio tan exótico para mí como puedan serlo las estepas de Asia para Thubron, imaginemos que yo soy Colin Thubron… Digamos que me puse unas gafas nuevas y que, gracias a eso, pude ver y describir el territorio de una manera distinta. Por otro lado, siempre he creído que lo prodigioso, lo fascinante, puede esperarnos en cualquier esquina. Esto ha sido el leit motiv de muchos de mis libros, como por ejemplo Dietario mágico o Galería de apátridas.

Al ir leyéndolo me ha producido esa sensación de recorrer tierras por las que he estado, como si no hubiera pasado el tiempo… Usted anda siempre a la búsqueda de la voz humana, de las historias que laten en cada pueblo. Deja ese poso de escribir sobre el pasado como si fuese el presente, como si lo que vivimos hoy fuese una mera prolongación del ayer…

Sí, ésa es una de las ideas, y como en el caso anterior (cuando hemos hablado de lo mágico) no es una idea concebida a priori. Es una idea que el propio viaje va haciendo germinar dentro ti. Casi te diría que es un descubrimiento, que en ningún viaje ni en ningún libro he sentido tanto como en éste que formamos parte de la historia, que todo está enclavado dentro de procesos históricos que han dejado huella en los humanos vivientes actuales, como si las generaciones formaran un continuum. Ello sin perder de vista, claro, que la historia es una mera construcción mental, según nos dice Harari.

Es importante y emocionante comprobar cómo hace visible el legado de “vidas”, que si no se cuentan desaparecen. Vidas además que no están tan lejos en el tiempo. Una forma de mantener la historia y es geografía, una geografía humana, como dijo el jurado que ha premiado La frontera interior

No sé hasta qué punto mi pretensión es mantener la historia, levantar acta. Quiero decir que no persigo un propósito tan serio o trascendente. Mi finalidad es más bien lúdica, hedonista, porque siento que se obtiene placer de conocer esas vidas, esas historias. Sí que hay otra cosa que me ha movido al escribir este libro: la idea de que nuestra propia historia parece aburrirnos a los españoles, cuando en la propia Sierra Morena han ocurrido acontecimientos históricos dignos de cualquier película de Hollywood (permíteme expresarlo de modo tan coloquial), tales como la batalla de las Navas de Tolosa o la colonización con alemanes de Sierra Morena.

Leila Guerriero decía que construir una crónica de viajes “es un trabajo extenuante y vertiginoso: el cronista enfrentado al espacio —desmesurado—, y al tiempo —finito— de su viaje, viviendo en una patria en la que, a cada paso, debe tomar la única decisión que importa: qué mirar”. Mirar. No es fácil observar y detallar luego tan magníficamente al lector esos aspectos interesantes, importantes… desde luego, leyéndole, creo que es un don…  

Te agradezco el elogio. Sin embargo, no comparto con Guerriero lo de que sea un trabajo extenuante, porque hacerlo es un placer, y eso hace que, por más esfuerzo y tiempo que te ocupe, nunca llega a extenuarte. Sarna con gusto no pica. También creo que las dimensiones y la poca población de Sierra Morena permite hacer algo así: no hay tanta información que manejar y, por tanto, no hay que estar tomando constantemente decisiones sobre qué mirar y qué no: hay que mirarlo todo. Luego, hay que poseer además la intuición (o haberla adquirido con el tiempo) de saber discernir qué es interesante y qué no lo es. “Literatura es seleccionar”, dijo Javier Reverte, uno de nuestros grandes escritores de viajes, al que tuve la suerte de poder tratar en persona.

En La frontera interior también veo un relato donde se percibe cómo se debate entre la veracidad de los recuerdos y la posibilidad de que sean inventadas esas leyendas de apariciones, historias como la del niño lobo de Sierra Morena (que inspiró la película ‘Entre lobos’ de Gerardo Olivares); La Venta de Inés, situada en el antiguo Camino Real que antes de Carlos III llevaba de Córdoba a Toledo, “el mismo suelo que pisó Cervantes cuando alude a la Venta en el Persiles”…

Todas estas historias son fascinantes, y es increíble cómo van hilándose a lo largo del libro; parece planeado, pero no lo es. Por ejemplo, cuando hablo sobre el niño lobo (cuya historia es enteramente real), es asombroso descubrir luego que Alejandro López Andrada lo ha tratado en persona. También Andrada me habla de un ser fabuloso al que ha visto con sus propios ojos, el Enlutado, y algunos cientos de kilómetros más al oeste me encuentro con seres de la misma naturaleza, la Pantaruja y las Marimantas. En cuanto a Cervantes, todo lo relacionado con él que aparece en este libro me resultó apasionante: las teorías de Luis Miguel Román sobre el lugar por donde discurrieron las aventuras del Quijote, la sobrecogedora visita a la Venta de la Inés, mi incursión en la finca de La Garganta.

Rescata otro episodio relacionado con otro hombre de letras como es el caso de Miguel Hernández del que sigue su rastro hasta el puesto fronterizo, entre Huelva y Portugal, donde fue detenido, iniciándose en ese momento el vía crucis carcelario que desembocó en su temprana muerte en 1942…

De nuevo, es uno de esos descubrimientos que surgen durante el viaje. Tenía sólo una vaga idea de lo ocurrido a Miguel Hernández en los confines occidentales de Sierra Morena. Cuando llegué a Rosal de la Frontera visité su calabozo, y allí di por pura casualidad con Augusto Thassio, poeta y cronista, por quien supe toda la historia con detalle. Thassio comanda en la actualidad a un entusiasta grupo de personas que mantienen viva la llama de Miguel Hernández en aquella comarca. Ésta es otra de las revelaciones que se obtienen durante el camino, como sucede también con la historia del teniente Seixas, el “Schindler portugués”.

Y no puedo olvidar cómo plasma la epifanía de la belleza de la naturaleza. La noche, los tiempos del campo, las costumbres de los pueblos, la actitud ordenada y sobria de los habitantes de un pueblo ante la vida. Como ese concepto japonés “la refinada pobreza”, es decir, la administración sobria de recursos propios de los pueblos de forma tan inteligente…

Está claro que en los pueblos se vive de una forma distinta, por más que las diferencias con la ciudad no sean tan acusadas como podían serlo hace sólo cincuenta años. Pero yo he vivido en ciudades grandes (Barcelona), medianas (Córdoba y Murcia) y ahora vivo en lo que podría calificarse de pueblo grande (Molina de Segura). Entonces, por la propia experiencia, sé que la vida es muy distinta según las dimensiones de tu localidad. Tal vez sea una afirmación perogrullesca, pero no por ello deja de ser cierta.

Destacar también lo cuidado del lenguaje, como hace habitualmente. Veo el ritmo de las frases como el de sus pasos junto a los enredos de la escritura al iniciar una conversación y descubrir las historias que le van contando los habitantes, tan inesperadas como la caminata… 

Cuidar el lenguaje es uno de los fundamentos de la literatura. Por ejemplo, tratar de encontrar ese punto intermedio entre un lenguaje demasiado mecánico y otro demasiado florido. Ya he citado a José Luis García Martín, quien afirma que escribo “sin amaneramientos estilísticos”. Así es, pero, a la vez, hay que moldear con cierto mimo el lenguaje, cuidar la elección de adjetivos, verbos y sustantivos, de manera que adquieran cierta capacidad de evocación en el lector. Yo comparo escribir con componer música; el texto tiene que poseer una musicalidad interna. A veces, esa musicalidad se logra de forma más natural, y es lo que me ha ocurrido con este libro. En otros casos, he tenido que trabajármela más, como pasa en Cuadernos de tierra, pero si no obtengo esa musicalidad no me quedo satisfecho y, por tanto, no publico el libro. Uno de los autores que poseen el tipo de musicalidad al que me refiero es Stevenson, y su poder es tal que se percibe pese a las traducciones, lo que quiere decir que probablemente tenga mucho que ver con la longitud y estructura de las frases, con el modo en que unas se encadenan con otras. De algún modo, creo que pensaba en la prosa de Stevenson cuando escribí, por ejemplo, mi encuentro con Manuel Moya.

Y qué bien la idea, el recurso literario, de ir de la mano de tres poetas que le “guían” sobre lenguaje, tópicos, territorio y antepasados…

De nuevo, hay una gran parte de improvisación en ello. Yo sabía de la existencia de dos poetas que vivían en Sierra Morena, Alejandro López Andrada en Villanueva del Duque (Córdoba), y Manuel Moya en Fuenteheridos (Huelva). No los conocía en persona, pero pude localizarlos y me cité con ellos. No imaginaba que tendrían tanto peso en el libro, ni tampoco que lo tendría Miguel Hernández. Tampoco esperaba dar con tantas referencias a poetas locales ni con la abundancia de azulejos con versos por todas partes. Al final, la poesía termina impregnando todo el libro. En realidad, lo hace ya desde la cita introductoria, que es de Lorca. Pero nada de eso formaba parte de un plan; simplemente, surgió.

Considero este libro como una culminación de un viaje personal, de encontrarse con el otro formando comunidad y hablar casi de un sentimiento de pertenencia, ¿qué opina?

Te agradezco esa opinión. Yo también lo considero uno de mis mejores libros. Cuando uno tiene un libro en mente, el resultado suele quedarse por debajo de sus expectativas; en este caso, las iguala e incluso las supera. Que le dieran el Premio Eurostars de Narrativa fue, más allá del dinero y los laureles, una gran satisfacción personal, porque eso implicaba que había logrado cuajar sobre el papel lo que tenía en mente. Creo que durante el viaje y en su posterior vertido sobre el papel alcancé una especie de comunión con todo, ese sentimiento de pertenencia al que te refieres.

La aventura es la normalidad observada con atención. El que se aburre es que está distraído, leí. ¿No cree que lo excepcional lo tenemos todos siempre delante de nuestros ojos y dentro de nosotros mismos?

Me gusta mucho esa frase, “el que se aburre es que está distraído”. Enfocar con la linterna lo que hay a nuestro alrededor, pero en lo que nadie repara, es una de las cosas que me mueven a escribir. Creo que todo es excepcional, que el universo en su totalidad es prácticamente inverosímil. Pero el caso es que existe, que nosotros existimos.

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