Maravilloso por horrible

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El éxito de Hanks reside en lo absurdo de sus cómics

 

El juvenil y más que discutible ensayo sobre el camp de Susan Sontag termina con la que pretende ser declaración definitiva de esa sensibilidad: “Es bueno porque es horrible”. Desde que la escritora norteamericana publicara tan contundente apotegma en 1964, no ha cesado la recuperación jolgoriosa de bodrios en diversos terrenos estéticos: las películas de Ed Wood o de Russ Meyer, los falsos murales de Puvis de Chavannes, las novelitas de don Álvaro Retama, por citar algunos ejemplos al azar. En el ámbito de los cómics, la nostalgia de las lecturas infantiles se confunde a menudo con una revalorización de historietas del pasado a las que la benevolencia de los años redime del sebo y de la caspa. Hay muchos tebeos que no son buenos porque sean horribles, sino porque durante unos instantes nos hacen recobrar la extrañeza de una inocencia intelectual que afortunadamente perdimos a tiempo. Sin embargo, la sofisticación de apreciar las virtudes de la ineptitud extrema, transformada así en generadora de placer -y sin relación alguna con la repesca sentimental de la infancia-, ha encontrado en la breve historia de los cómics su icono perfecto: el inefable Fletcher Hanks.

       Varios fenómenos interesantes se han producido en los cómics estadounidenses durante las dos últimas décadas. No el menos significativo se relaciona con la fiebre erudita –los cómics, ay, están penetrando en el jardín de Academos—que se traduce en la construcción de un canon de clásicos y el consiguiente rescate, en cuidadísimas ediciones anotadas, de esos clásicos. Al mismo tiempo, la pasión del historiador lo arrastra hacia territorios poco explorados, y en muchos casos perdidos, entre las efímeras páginas de los periódicos. Nadie ignora que existen, en todos los campos, autores injustamente olvidados o ignorados a favor de otros más amigos de la fama pero con menos méritos.

       Subrayando esta idea, Dan Nadel publicó en 2006 una selección de lo que podríamos llamar delicias desconocidas. El grueso volumen llevaba el título de Art out of Time. Unknown Comics Visionaries, 1900-1969 y, junto a nombres nada secretos para el connaisseur -Milt Gross, Bob Powell o ese genio del surrealismo naïf, Gustave Verbeek, cuya obra acaba de recogerse en un tomo espléndido-, encontrábamos firmas y obras de extraordinaria calidad que nunca aparecen en las más rigurosas enciclopedias del medio. Ningún autor tan misterioso como Fletcher Hanks, del que Nadel reconoce carecer de datos, salvo que sus historietas vieron la luz a finales de los años treinta y principios de los cuarenta del siglo XX, en medio de la eclosión millonaria del comic-book, cuyo negocio exigía más autores cada vez, acción más rápida, más llamativas viñetas.

       Al antólogo siempre le deberemos que haya hojeado miles de cuadernillos de super-héroes cutres hasta toparse con esta auténtica joya de la fealdad. Porque el arte de Fletcher Hanks prescindía del sentido de las proporciones, despreciaba los datos elementales de la anatomía humana y suplía con colores chillones la ausencia de perspectiva y de fondos en sus dibujos. Si espantosa es la parte gráfica, sus guiones parecen nacer de las fantasías sádicas de un niño sicótico. A título de inventario, en las ocho páginas de la historieta que reproduce Nadel, el villano prende fuego a todo Marte, asesina a millones y millones de marcianos y consigue que el planeta se salga de su órbita.

       No pasó desapercibida esta aportación a la galería de obras maestras del bodrio. Coleccionistas y profesionales del cómic rebuscaron en sus archivos. Personalidades como Robert Crumb, Kim Deitch o Jules Feiffer no ahorraron ditirambos a este primitivo, marginal, enloquecido, el Ed Wood de los cómics. Un discípulo de Eisner y Spiegelman, el dibujante Paul Karasik (al que los lectores españoles conocerán por ser uno de los adaptadores al cómic de La ciudad de cristal de Paul Auster), se propuso dilucidar el enigma Fletcher Hanks. Investigó la historia y personalidad del artista, localizó a su abandonada familia, copió su certificado de defunción y, en fin, reunió las 51 historietas que entre 1939 y 1941 publicó, con su nombre o diversos seudónimos, en Fight Comics, Fantastic Comics y otras cabeceras relegadas a la basura de la memoria colectiva.

 

 

       Bajo la coordinación del eficaz Karusik, Fantagraphics Books editó las opera omnia de Hanks en dos volúmenes: I Shall Destroy all the Civilized Planets! -¡Destruiré todos los planetas civilizados!, (2008)- y You Shall Die by your own Evil Creation! -¡Tu propia creación maligna acabará contigo!, (2009)-. Pese a lo repetitivo de destrucciones cósmicas -Hanks es un fanático partidario del Apocalipsis-, genios del mal ansiosos por dominar el universo y algún que otro perverso sindicato radical (en las series realistas), si uno no lee todas las aventuras seguidas, arriesgándose al empacho, la gravedad y aplomo con que Hanks ofrece sus disparates garantizan abundantes ratos placenteros.

Las series que escribió y dibujó Hanks se pueden encuadrar en tres categorías: la ciencia-ficción, en su modesta versión soap-opera, con varios héroes de los que destacaré Space Smith y Stardust; las aventuras selváticas, donde encuadraría yo a mi personaje favorito, Fantomah, la misteriosa mujer de la jungla; y las policiacas, que protagonizaba habitualmente el leñador Big Red Mc Lane.

       Algo he comentado sobre los desaguisados espaciales con los que Hanks castigaba a sus víctimas en los relatos de extraterrestres. Mc Lane, el más soso de sus machotes y el de episodios más cortos -suele despacharse a los malos en cinco páginas-, se enfrenta a comunistas, matones y gangsters, o sea, siempre al mismo enemigo, ya que esos tres tipos de bellacos son sinónimos para su autor. Y Fantomah, bueno, con Fantomah Hanks se supera a sí mismo. “La mujer más notable que jamás haya existido posee tantos poderes sobrenaturales que es capaz de prever el futuro de cuanto ocurre en la selva y gracias a su extraordinaria magia conserva los secretos de la jungla y fustiga todas las maldades que se cometen contra las criaturas salvajes”.

       Esta ecóloga avant la lettre vuela, o mejor dicho, “se propulsa a sí misma a través de las ondas de su pensamiento”, lee los cerebros ajenos, proyecta rayos paralizantes con la mirada, se hace invisible a voluntad y, cuando se dispone a fulminar al truhán de turno, se transforma en un esqueleto sin peder su melena rubia. Nunca se nos explica el origen de tantos portentos, ni hay indicación de que su vida privada consista en algo más que flotar horizontalmente sobre la tupida vegetación que protege contra momias ambiciosas, hechiceros ambiciosos, cazadores furtivos ambiciosos, monstruos ambiciosos y ejércitos ambiciosos, que de todo hay en la jungla de la señora. En sus primeras apariciones, Fantomah vestía sólo una gasa que silueteaba su desnudez en alguna viñeta osada. La gasa no desaparece, pero cubre más tarde lo que parece un pudoroso traje de baño negro.

       Las amenazas que se ciernen sobre la selva son menos apabullantes que las criaturas que aspiran a destruir todos los planetas civilizados. Con todo, en su penúltimo episodio, Fantomah combate nada menos que a las Vahines, las Mujeres Felinas de la Montaña de la Luna Salvaje que, de puntillas sobre lomos de tigres, invaden la jungla como primer paso para apoderarse de la tierra mediante un plan original: “Destruiremos a todas las mujeres para que los hombres se pongan a nuestros pies, de este modo controlaremos el mundo”. Bueno, las ingeniosas Vahines consiguen aniquilar a miles de nativas hasta que Fantomah pone en su contra a gorilas gigantes, boas gigantes y gigantes buitres que, agarrándolas de los pelos, transportan a las tigresas hasta su montaña. Allí, la magia de Fantomah hace surgir una superluna desde las entrañas de la tierra, incrusta a las chicas malas en ese satélite al que priva de la fuerza de la gravedad y lanza girando hasta Marte donde explota, eliminando así para siempre el peligro de tan singulares amazonas.

       El hombre que imaginó esa maravillosa idiotez era poco maravilloso él mismo. Nació en 1887. Aunque nadie lo diría, estudio dibujo en el mismo centro que formó a Segar (el autor de Popeye), Chester Gould (Dick Tracy) y Hank Ketcham (Daniel el travieso). Era ya un alcohólico cuando se casó y tuvo cuatro hijos a los que maltrató el escaso tiempo que vivió con ellos. En 1930, desapareció de casa tras desvalijar la cuenta corriente familiar. Su mujer comentó: “es un precio pequeño si a cambio nos libramos del sinvergüenza”. Es obvio que durante dos o tres años debió de conseguir cierta estabilidad con sus historietas. Muy poco se sabe de él desde que renuncia a los cómics hasta que en 1976 su cadáver aparece en un banco de Central Park de Manhattan. Era un mendigo que había muerto de frío y probablemente borracho.

 


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Autor: José María Conget