Marcharse de su hogar

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Antes de la definitiva salida de su hogar se produjeron tres hechos reseñables, qué digo, determinantes, cada uno en su sección, pero todos a una empujándome hacia fuera de esa casa que cada hora que marcaba el reloj era menos mía. El primero: el que llegáramos a un acuerdo para dejar de buscar apartamento para los dos. Las razones: nos peleábamos más que nos amábamos; y eso ya era en sí un aviso clave de que nuestra deriva no sólo no iba a curarse bajo un nuevo techo sino que incluso podría empeorar.

 

El segundo hecho a tener en cuenta fue la trifulca que se produjo entre nosotros tras un viaje de Flower a Bangkok en donde, acompañada por Rik y Levi, se dedicó a pasárselo bien a veces de manera imparable. Las comunicaciones se hicieron difíciles y los reproches continuos. Para más inri, yo estaba padeciendo un proceso febril sobre su cama vacía de ella, por lo tanto en su casa, que en una situación que a mí me parecía rocambolesca guardaba en su interior al inquilino que quería largarse mientras su dueña bailaba en Tailandia al son de los pinchadiscos más flojos de solemnidad. Y que conste que mis preocupaciones no nacían en si ella, además de mover el esqueleto sobre la pista de baile, lo hacía sobre algún mozo. Mis problemas se reducían única y exclusivamente a la deriva absoluta de su físico, que agarrado con pinzas a su psíquico, ni dormía, ni comía ni descansaba. Además de que era evidente que su carácter laboral se veía empequeñecido, por mucho que ella lo negara. Y por primera vez acepté que nunca había compartido tanto con una persona ciertamente cercana a mi capacidad alcohólica que en sí es era otro problema evidente. La advertí. Pero las mujeres independientes suelen ser más tercas que las dependientes. Hoy, y tras un accidente que será narrado más adelante, domina sus impulsos para evitar destrozarse una vida que en aquellos días era, literalmente, fundida cada noche. Para ayudar a que este párrafo tenga sentido, Flower volvió de Bangkok con el estómago destrozado, sin batería en el móvil –llegó un momento en que yo no sabía dónde estaba: si en un hospital tailandés o volando de vuelta a Phnom Penh– y con un carácter de perro recién capado. Fue la primera viga seriamente clavada para que abandonara un hogar que finalmente dejé atrás sólo una semana después.

 

Semanas antes volvió de otro viaje comida por los mosquitos. Una alergia había derruido su cara y buena parte de su cuerpo. La acompañé a la farmacia redescubriendo que a ninguna mujer, por muy independiente que sea, le gusta que le digan las deformidades generadas por ese atracón de picaduras. Y no era la primera vez que confirmaba que ante halagos sus ojos se acercaban a la brillantez del sol, y que ante el dedo en la llaga –porque la destroza física con la que convivía había depreciado su belleza inicial, indudablemente– reaccionaba de manera virulenta; adolescente. Que no hay carrera ni master que valga que supure las necesidades básicas de cualquier ser humano: ser querido, llamar la atención, creerse en algún momento de su vida el centro del universo.

 

Pero la definitiva causa para dejar su casa, en donde casi me tengo que acercar a los loqueros a pasar consulta sino a radiografiarme el cráneo a un hospital, fue otro de esos días confusos, de peleas a cara de perro, por la señal del móvil desaparecida o cualquier excusa, con una cena cancelada por mí y un extraño ataque de ira que me llevó a cabecear el suelo de su casa, casa que desde el día siguiente ya nunca más pertenecería a mí, salvo esas ocasiones en las que, saltándonos las reglas, nos pegábamos el uno al otro como perros en celo aprovechando la resaca de amor que sin duda alguna aún nos quedaba.

 

Me mudé a un apartamento estilo camboyano que no decía ni fu ni fa. Para mí las casas son garajes donde vuelvo a recargar el móvil, dormir y ducharme. Y más si vivo solo y la cocina ni la toco. Que la primera vez que la utilicé fue para una Flower que, invitada por mí, se presentó para destruir nuestra primera cena –segunda vez que le cocinaba después de aquella maravillosa mañana en Kep, cuando sabíamos a sal y aún no la había probado– de manera absolutamente primorosa, atacándome sin saber el porqué, evitando probar bocado y sacándome de mis casillas por enésima vez. Esta vez no cabeceé el suelo; por lo que tras invitarla a marchar, se agarró a mí y proseguimos con nuestro circo ambulante, antes en su hogar y ahora en la calle 19 cercano al cruce con la 240. Podríamos decir que los mismos actores éramos incapaces de adaptarnos a decorado o guión nuevo. Lamentablemente.

 

La segunda y última vez que Flower visitó mi zulo fue para volver a pelear. Curiosamente antes se trajo, me imagino que ilusionada, un par de lápices de ojos y todas esas cosas que una mujer transporta en su bolso; además, cepillo de dientes y un camisón, que hace una semana, cuando en tiempo real que escribo estas memorias dejé esa casa –lo de las mudanzas a mí es como la gasolina al coche– lo encontré para traerme millones de recuerdos. Miré la etiqueta, lo olisqueé, y lo metí en mi maleta, junto a mis calzoncillos y camisetas, en lo realmente más cerca que nunca estuvimos de mudarnos juntos a algún lugar.

 

Aunque la hecatombe ya era dueña de nuestra relación, proseguíamos moviendo las velas según el viento, yéndonos una vez de vinos para al volver borrachos a su casa –sí, no fueron menos de quince noches las que volví a dormir en aquella casa de los demonios, ahora por sus recuerdos– haciendo una extraña parada en una calle a oscuras, junto a un vertedero, donde la cubrí cual perro callejero. Aquella demostración del amor más pasional trajo consigo una pequeña consecuencia: algo debió prender de aquella pared repleta de manchas de mierda y orinas porque al tercer día su piel sufrió una reacción que volvió a deformarla cara y cuerpo. Y quedaba descartada cualquier relación alérgica o venérea porque en esas épocas no palpaba más carne que la de ella. Mucho más que suficiente.

 

En plena caída libre intentábamos buscar oxígeno. Y a mí se me ocurrió que nos podríamos tomar un fin de semana en Kep, lugar dónde nació el amor, teniendo en cuenta que la apertura de Trasañejo se acercaba y yo no dispondría de un nuevo fin de semana hasta meses después. El plan fue tomado con cierta emoción, ejecutando los preparativos de manera eficiente, mientras ella reservaba –y pagaba– el hotel Knai Bang Chatt, el mejor de la zona y de los más espectaculares del país, mismo negocio donde nos inauguramos sexualmente, en aquella habitación número quince que ya quedará grabada a sangre y fuego en mi memoria selectiva.

 

Aquel viernes a medio día me presenté debajo de su casa donde un jovenzuelo, chofer localizado por ella, me llevó hasta el Tribunal Penal Internacional que juzga a los Jemeres Rojos. La cosa no empezó bien, porque ni el conductor sabía por cual puerta saldría ella ni yo supe explicarme lo suficientemente bien cuando me llamó por teléfono horrorizada por la falta de pericia general. Llegados a ese punto volvimos a cruzar líneas rojas que ya de camino a Kep estuvimos relativamente cerca de hacernos dar la vuelta. Porque ante una de sus preguntas capciosas –¿me notas muy diferente a cuando nos conocimos, hace cuatro meses?–, abrí la herida con mi respuesta, tan sincera, como debería en realidad ser la vida, que de tanta mentira luego acaba infectándote: “Hace cuatro meses estabas algo más delgada y más guapa. Debe ser el trabajo”. Y al instante se hizo la noche. Y no eran más de las tres de la tarde.

 

El viaje fue un infierno, con ella violentada por mi respuesta, cuando era evidente que su desprestigio físico era una realidad suficientemente argumentada por sus deslices nocturnos, diurnos y vespertinos, además de por su rigurosa dieta incesante de descontroles alimentarios y cafés a deshoras, añadiendo que aunque yo no conozca a nadie que beba más agua que yo –las sufridas resacas ayudan a tan saludable record– ella nunca lo hacía, asustándome en más de una ocasión de cómo era posible que pudiera mantenerse en pie. Por supuesto yo también habría empeorado, calva incluida, en esos ciento veinte días de relación. Pero ella ya sólo veía en mí al mismo demonio, cuando la amaba a tumba abierta e incluso algo demacrada, me seguía atrayendo de manera enfermiza.

 

No nos dieron la habitación número quince –que goza de bañera en el salón, la misma en donde tomamos un baño que selló nuestra relación en los inicios de esta maravillosa historia– porque nunca sospecharon que íbamos a vaciarles el armario de vinos del bar, que quedó hecho añicos el día que nos fuimos tras una ingesta a la que le faltó un notario para salir en la siguiente edición del Libro Guinness de los Récords. Y que conste en acta que en aquel paraíso, con la mujer soñada, la brisa del océano que a veces se hacía ventolera, los chapuzones en aquellas aguas turbias aunque vacías de gentuza, y tras una campaña sexual que ríete tú de los actores porno en plena época de ingresos económicos, beber vino blanco espaciadamente era un deleite que prácticamente nunca se nos subió a la cabeza.

 

Comimos e hicimos el amor; soñamos despiertos y dormimos juntos; peleamos y nos reconciliamos; y paseamos a pie o a lomos de un tuk-tuk que nos llevó, de nuevo, a un Breezes donde intentamos rememorar aquellos día de marzo en donde se fraguó toda esta historia que hoy transcribo desde un bar extrañísimo de Phnom Penh, frente al Pontoon, donde hacen noodles chinos a mano y donde, además, sirven gintonics legales a dos dólares y medio.

 

Y para que no me quede aburrido este capítulo, reseñar los lugares donde practicamos sexo. A cubierto: en la habitación, incluidos baño y tirados sobre el suelo; y al aire libre en espacios públicos del hotel: en el sofá de madera que mira al océano y donde el personal del Knai Bang Chatt no daba crédito, en los baños junto a la piscina, en los bordes de la misma en una madrugada donde volvíamos del océano donde también nos horadamos, y si me olvido de algún lugar más que me perdone la historia.

 

Debo reconocer que la última noche, de alcoholismos salvaje, nos plantamos en la habitación tras una violenta ingesta, con una botella de Sauternes y otra del mejor Champagne, que antes de ser finalizadas por mí –ella agonizaba– fueron testigos de la mayor exhibición sexual jamás acontecida. Al menos en nuestras vidas. Le saqué once orgasmos irrepetibles, en donde mi cintura no daba más abasto, mi boca se había dormido y mis falanges tiritaban de placer. Flower cayó desmayada. Y yo, en vez de llamar a una ambulancia la arropé y la besé en la mejilla. Luego me lavé los dientes mirándome a un espejo donde se reflejaba una buena persona temblorosa que merodeaba la taquicardia tras tanto esfuerzo. Una persona que es capaz de guardarse el semen hasta el final para que ella disfrute. Un auténtico cooperante que esta vez sí cada vez que se levantaba estaba seguro de que estaba salvando al mundo. Porque ella lo era todo y su felicidad mi meta. Aunque muchas veces pudiera parecer lo contrario.

 

Volvimos a Phnom Penh de manera alocada, con los efluvios de la manada de orgasmos que la dejaron muy amorosa, y con otro par de botellas de vino para un trayecto de vuelta donde el conductor no daba crédito: nos metíamos mano de manera clamorosa en otra postal indecente. Ella, más cabal, me paró los pies y nada más volver a la realidad, en una cena en el Rahu, ya en Phnom Penh, tomamos extraños caracteres por nuestras maneras de llevar una relación al límite de lo permitido por la Organización Mundial de la Salud: diez botellas de vino en dos días y medio, ocho horas de carretera en el ida y vuelta, y once orgasmos en una noche que en realidad fueron veintitantos durante todo el fin de semana. Y todos esos dígitos, además de hacernos felices, nos sacaban de quicio de manera considerable. Aunque yo era feliz, qué quieren que les diga. Y ella lo mismo, en unas ráfagas de cariños por palabras que cada vez que me lanzaba me dejaban anonadado. Que hasta era capaz de abrir la puerta de su casa, donde seguía habitando más veces que en la mía, para que ella cumpliera su sueño justo de vivir en medio del aire tropical del sudeste asiático. Con lo que a mí me afea la conducta el simple hecho de ver a un mosquito pululando.

 

La renovación de Trasañejo avanzaba, con los evidentes dolores de cabezas tras centenares de kilómetros en tuk-tuk recorriendo una ciudad, Phnom Penh, absolutamente asquerosa si de tráfico hablamos, mientras nuestra relación funcionaba a tirones con un nueva grieta de donde fluían aún más rencillas: ya no vivíamos juntos y esa decisión, sin duda, afectó a una Flower que decidió arroparse más de cuenta en los brazos del grupo tóxico, la peor agrupación de amigos que jamás hayan visto mis ojos. Aunque lo peor estaba aún por llegar.

 

Entretanto, escribía a Flower poemas de todo tipo, con recuerdos del sexo más brutal, narraciones de su abruptamente perfecto cuerpo, menciones a la muerte, y toda una clase de despropósitos sin rima que me recordaban, a cada palabra tecleada, que mi mente creativa se estaba atrofiando y que hacía tiempo que había dejado de leer o generar buenas historias para publicar. Sin duda alguna me pasaba las veinticuatro horas del día pensando en Flower, imposible de dominar por primera vez durante toda mi vida la concentración, el ánimo y el orden, ya de por sí escaso en todo mi historial de vida que para encontrarle alguna solución debería haber sido también clínico.

 

 

Joaquín Campos, 17/10/13, Phnom Penh.