María Televisión

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El que escribe casi siempre se queda seco de respuestas. Quien se asoma a un blog regularmente, todos los jueves, como quien da un paseo por la Huerta, no merece quedarse sin leer, porque se encuentre falto de concentración o de fuerza, el labriego que siembra las palabras. Lo que nos ocurre a los campesinos de raza, es que no salimos al campo cuando llueve. Así que hoy, visto cómo sigue el clima, permítanme que me quede bajo techo, compartiendo con ustedes algún asunto que quiero sembrar en la Huerta, para que el día que dé su fruto, pueda ofrecérselo a mis fieles e ilustres visitantes.

 

Tenía pensado plantar un pequeño post de Telemarianidad. Sí, ya saben a qué me refiero, a una de esas preciosas perlas televisivas que nos ofrece la Tedeté, esa televisión de pacotilla que a duras penas se recibe en tantos lugares de España, y que tan poco aporta en realidad a la oferta televisiva nacional. No hay producción propia en esa quincena larga de nuevos canales, programados con repeticiones de las cadenas madre, reposiciones de viejas glorias televisivas, o Teletiendas, 24 horas al día; más los canales temáticos de video-clips, deportivos, infantiles, juveniles, y de señores y señoras seniles conspirando desde el otro lado de las corbatas y los collares de perlas; eso sí que es televisión de terror. Cuando veo uno de esos aquelarres de señores respetables con traje, y señoras cargadas de joyas, con la cabellera a mechas, destripando con furia tendenciosa la actualidad política, me echo a temblar, como si me hubiera encontrado con Hacienda al final de un callejón oscuro de un suburbio.

 

Menos mal que la Tedeté (que se parece mucho en nombre a un TBO de mi infancia, el DDT) encierra en su seno el antídoto para tanta horripilencia. A esas horas tan pecaminosas de la madrugada, cuando otros canales emiten solo pornografía, mezclada con SMS de contactos carnales en directo, en Popular Televisión, (gracias al proyecto digital Maria + Visión) se reza el Santo Rosario para combatir las tentaciones del Diablo y los abismos oscuros de la madrugada abierta. ¿Han pensado alguna vez cómo puede retransmitirse un rosario televisivo sin hacerlo desde una iglesia? Pues no se crean que el asunto va de viejas vestidas de luto, rezando en su aldea, al calor del hogar y el chocolate caliente, como los curas de Buñuel o los cuadros de Solana. Los de María + Visión se han currado audiovisual y conceptualmente el asunto.

 

Cada uno de los Misterios (Gozosos, Piadosos, Misericordiosos, etc.) se van desgranando con una rosa por oración. El fondo es de color hueso, y al final del primer Padrenuestro (interpretado enfáticamente a dos voces: varón y hembra), se funde en el centro de la pantalla una rosa de color rojo pasión. A cada una de las Aves Marías que le siguen se va filtrando una nueva rosa (esta vez rosa de té, y por tanto marfileña), hasta completar el número de diez. Según los Misterios, las rosas claras pueden ir formando un círculo alrededor de la roja, o disponiéndose a dos bandas, que terminarán reflejándose en la cristalina mesa.

 

La primera vez que me tropecé en un desesperado zapping con el rosario televisivo no podía dilucidar si se trataba de una performance audiovisual transgresora de algún perverso artista digital contemporáneo; o si por el contrario, era lo que parecía ser: la puesta en escena moderna de lo que la Iglesia católica entiende por decencia audiovisual.
¿Propaganda cristiana o antipropaganda de la iglesia de Cristo?

 

Cuando me decidí a examinar el producto al completo descubrí que tras cada Misterio se insertaban –a modo de Entremeses- canciones de iglesia, ilustradas con trozos de La pasión de Cristo según Mel Gibsón, que terminaban fundiéndose con imágenes en contrapicado de la gruta mariana (no sé si de Lourdes o Fátima, porque no las distingo, más que por las botellas de agua que traen de Francia los peregrinos), por lo que pude deducir, que se trataba de una programación religiosa en toda regla.

 

Un cura dadaísta

 

Mi extravagante descubrimiento marianista no hizo más que avivar en mí un significativo episodio de mis años de escolaridad. Yo residía en las plazas de Soberanía, y asistía a un Instituto público para realizar mis estudios. Aunque no era una institución religiosa, los curas pitaban mucho en esa época. Tuvimos varios sacerdotes que nos dieron Catecismo, y Clase de Religión, más adelante. Todos han ido dejando cola en las vidas de los que les conocimos, e incluso a algunos de ellos nos los hemos topado en el Telediario de la cena, convertidos en concejales prófugos de un escándalo político.

 

El Padre Vargas era de una raza especial. Su comportamiento no era nada constructivo ni espiritual. Visto desde hoy yo diría que era un Cura Dadá. Lo primero que hacía al llegar a clase era repanchingarse en el asiento con sus pies sobre la mesa; y lo segundo, quedarse mirando fijamente al auditorio, mientras elegía a su víctima; todos bajábamos los ojos al suelo para no ser elegidos. Cuando el Padre se lanzaba a por uno, su orden era irrevocable:

 

       – ¡Tú, ven a quitarme los zapatos!

 

Y el coro de clase comenzaba sus risas, burlándose del descalzador obligado de aquel siervo de Dios. A lo que el Padre Vargas respondía explicándonos algún tema del Nuevo Testamento, que solía coincidir con María Magdalena y cómo ésta le lavaba y le ungía los pies a Cristo. A continuación le ordenaba a su esclavo pedestre que le aplicara un masajito en los pies, porque venía muy cansado de predicar por todas partes la palabra divina. El coro de alumnos ya deliraba en puro éxtasis, gritándole al compañero:

 

       – ¡Cómeselos, cerdo!, ¡Guarro!, ¿Están ricos los quesos del cura?
 

Hasta que el Padre Vargas comenzaba a dar golpes sobre la mesa, imponiendo silencio, y expulsando de malos modos al alumno que había tenido hurgándole los pies todo ese tiempo.

 

No acababan ahí sus extravagancias. A veces organizaba espontáneos Concursos de Padrenuestros, y nos iba sacando de uno en uno a la pizarra, para ver quién decía el mejor Padrenuestro de la clase.

 

       – ¡Que se conmueva Cristo desde el Cielo, escuchándoos!

 

Cada uno que subía a la tarima para rezar en voz alta solía salir a empujones de la misma, expulsado por el Padre Vargas, quien esgrimía palabras tales como: inútil, vete de aquí, no entiendes nada, o un cero voy a ponerte ahora mismo. Y se iba a su lista y el cero no había quien se lo quitara, porque lo escribía con tinta.

 

       – ¡Eso no es un Padrenuestro, sino un sacrilegio!

 

Y aunque alguno que otro conseguía terminar el rezo, y alcanzar un cinco, el padre Vargas no perdía su cara de desconsuelo, como si le fuera en ello su propio prestigio.

 

Cuando me llegó mi turno, los ánimos del cura estaban caldeados con tanto ceporro de la oración, que según él había desfilado ante el encerado de clase. Tomé aire profundamente y comencé a interpretar en voz alta el Padrenuestro, como lo hacía en casa mi madre, cuando rezábamos el rosario (en latín, con su fastuosa cola de cometa de ora pronobis) en medio de aquellas largas tardes de invierno.

 

El Padre Vargas se quedó petrificado, no me interrumpió en ningún momento, y aunque yo no miraba al cura, sino que me dirigía -como todos- a mis compañeros, al final, cuando terminé, se hizo un silencio religioso, en el que descubrí su rostro iluminado como si hubiera visto a la Virgen. El Padre Vargas con su faz en éxtasis y con la boca abierta comenzó a dar palmas, y a exigir al resto de la clase que se sumara al aplauso.

      

       – ¡Un diez, esto es un diez! ¿Habéis visto inútiles, cómo tiene que hacerse?

        Seguro que Cristo en el Cielo también está complacido.

 

Cuando la otra noche escuchaba como recitaban el Padrenuestro los actores de Maria + Vision en el Rosario de Popular Televisión me acordé de mi diez en clase de religión por haber rezado así de bien un Padrenuestro. Más que lograr un sobresaliente, fue la primera vez que superé un casting. Lo que no sé distinguir muy bien es si aquello auguraba un futuro actoral brillante, o si en realidad me anunciaba que mi camino iba directo hacia las sendas televisivas de Cristo.