Maricón el último

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Leía hace poco cómo detectar si alguien presentaba síntomas de maricón, y yo, que aspiraba a serlo en otra vida, me doy cuenta de que guardo más parecido con un picapedrero que con un Nureyev enfundado en unos leotardos de color rosa chicle.

 

He llegado a los treinta años con una incipiente barriga, acolchada entre los kilos de nubes requemadas que me comía de pequeña, y los varios millones de barras de pan untadas con la nocilla blanca que me preparaba mi abuela. Por supuesto, no peso menos de 40 kilos, como todo maricón que se precie. Paso tardes enteras tumbada en el sofá mirando revistas de cotilleos con tías medio en bolas, y tocándome acompasadamente el clítoris, para comprobar que, con unas palmaditas, a mí también se me pone duro. Jamás se me ocurre visitar eventos culturales, galerías o talleres de cocina . Eso es de mariposones.

 

He dejado de chupar piruletas y chupachups para rechupetearme los dedos cuando me gusta dónde los he metido. No soporto a los gatos ni a los perros lamechochos que caben en un bolso. Se te escapan y es imposible patearlos cuando emiten ladridos estridentes. A un perro se le invoca con masculina dignidad, “ven aquí pedazo de chucho de mierda”, “échate aquí o te arreo una saca de hostias”; a los gatos solo queda llamarlos como un vulgar sarasa, “minino,minino”, “bsss-bsss-bsss, gatito, gatito”, “ven aquí bonito”….Me sacan de mis casillas todos los bujarras que piden el café con leche desnatada, con la crema en forma de corazón, o le dan a esa inmundicia descafeinada, y no digamos ya las nenas que sorben infusiones de rooibos, lo más parecido a lamer una corteza de árbol. El café, como el vodka y la lefa, se bebe solo, de un único trago, y sin aspavientos. To´pa dentro.

 

He olvidado por completo el nombre de las diferentes tartas y postres. Ahora me acerco al mostrador, lanzo un gruñido y señalo el cacho que quiero que me lleven a la mesa. Sin más. Nunca reenvío e-mails que hablan de la amistad, el amor, la ternura y otras porquerías, y que para colmo están ilustrados con fotos de niños disfrazados de calabazas, de angelitos o de flores, porque si lo hago me siento como un sodomita julandrón. Nunca recuerdo como va vestida la gente, solo me fijo en si las tetas parecían a punto de reventársele a fulana, lo más probable aquí, o si el paquete iba a explotársele a mengano, lo más improbable aquí. No reparo en los muebles de la gente, me importa un huevo la decoración de las casas, la vitrocerámica y las mesas en madera de wengué, tan solo me aseguro de no sentarme sobre la mierda. Tampoco me afecta que en los monumentos históricos o en los museos no haya servicios, me he acostumbrado a mear detrás de cualquier piedra milenaria, a enseñarle el culo a todos los autobuses de turistas que haga falta.

 

Nada, absolutamente nada, me redime, porque cuando caiga la primera bomba saldré corriendo como una poseída a la calle, gritando, “Maricón el último”.

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