Marina mineral

0
293

 

 

Se pinta un estado de ánimo, una cierta mirada, un momento de la vida. Da igual que sea una marina, un paisaje, un retrato…, se pinta la propia vista, la ilustración de una vida concreta. Ni un barco es un barco, ni una casa es una casa; son presencias, formas, colores que transmiten una forma de ser y de estar en el tic-tac de la vida. Se pinta la vida porque solo los vivos pintan. En cada impronta de la pincelada va implícita la respiración del pintor y la temperatura emocional de su óptica.

 

Esta marina meridional, casi africana, no es sólo mineral por el estado emocional del pintor, sino también porque el emplazamiento, en pleno puerto de Almería, corresponde al de El Cable, que es como se conoce en la capital al antiguo muelle de descarga de los vagones de tren que transportaban el hierro de las cercanas minas de Alquife, hasta los barcos cargueros del puerto almeriense.  

 

 

Más allá de esta arqueología local del hierro, habría que señalar que el mar en Almería tiene una calma inusual, reverberante, como si el Mediterráneo se hubiera tendido allí más que en cualquier otro punto de su largo perímetro costero. Esta rara percepción de luz, tiempo y espacio, otorga cierta sensación de felicidad a los transeúntes. Hay pocos lugares donde se respire mejor que en esta apacible orilla urbana, como si el nivel cero de todos los mares del mundo debiera calcularse en torno a este sereno vértice de la península ibérica.

 

 

En medio de esta rara calma luminosa de diciembre, la aerodinámica torre de control del puerto de Almería, se alzaba aquel mediodía, esbelta y colorista como una pata de cigüeña. Al otro lado del espigón del puerto, parecía estar dispuesto a alzarse el telón del fin del mundo.

 

 

Marina mineral de Almería

Gabriel Faba. 2006.

Acuarela sobre dos hojas consecutivas de bloc de acuarela.