Martín Begué

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Ayer me enteré de que Sigfrido Martín Begué murió el día de Nochevieja. Habíamos coincidido en los primeros ochenta en la Escuela de Arquitectura de Madrid. Tenía él entonces un punto de sofisticación y glamour que llamaba la atención. Hijo de una galerista importante, pintor antes que arquitecto, se distinguía del típico estudiante de la Politécnica. Eran los años del postmodernismo y la movida madrileña. La ETSAM tuvo mucho que ver con ella, no sólo por su seminal Concierto de Primavera de 1981, sino porque por allí pasaron un buen puñado de sus protagonistas. Sin embargo siempre me pareció que Martín Begué era diferente. Alternaba con todas las tribus, con el travestismo almodovariano, con el pop pegamoide, con los tupés neocastizos, pero sin duda estaba más allá de todo aquello. Le recuerdo a los veinte años con sus trajes impecables y sus corbatas insólitas, luciendo esa suerte de dandismo ochentero que compartió con Carlos Berlanga o Bernardo Bonezzi. Dibujaba distinto, dominaba otras técnicas, usaba el color, parecía más maduro, tenía otra actitud, era enigmático, culto y brillante, sabía de todo. Hubiera encajado perfectamente dentro de uno de sus cuadros.

 

Acabamos la carrera en 1985. En los noventa, representado por Juana de Aizpuru, gozó de gran prestigio. Luego le fui perdiendo poco a poco el rastro. Siendo tan absolutamente fiel a sí mismo, supongo que su pintura no tardaría en pasar de moda. Su figuración simbolista, elegante y surreal, a lo De Chirico, poco tendría que decir en el mediático e hipócritamente comprometido panorama artístico de principios de siglo.

 

Nunca lo había pensado, pero ayer, al enterarme de su muerte recordé lo importante que fue para mí en los años de carrera. No me emocionaba especialmente su trabajo, pero él representaba algo que me animó a seguir adelante, algo que tenía que ver con lo enigmático, lo desconocido, con lo que hay al otro lado, con lo artístico en definitiva, algo que algunos buscábamos en la arquitectura. Martín Begué me ayudó a soportar el terrible presentimiento de que nada de eso íba a encontrar en una engreída profesión rendida en los años del pelotazo a gangsters y políticos corruptos. No sabía que él también era diabético. Tendríamos que haberlo hablado.