Máscara en el interior de una cajita

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Las máscaras soplan en nuestro oído aullidos salvajes de eternidad; por eso acongojan. Las máscaras son los rostros prohibidos de la selva; incluso la de apariencia más hilarante viene alentada desde el más allá. Los espíritus furiosos de los muertos menos receptivos a la partida -si pueden- se instalan en máscaras, muñecos o marionetas, para seguir existiendo. Todas las máscaras encierran su grito, aunque nunca se le llegue a escuchar.

 

Esta máscara cautiva en una cajita de metacrilato se formó casi accidentalmente. La correílla  marrón que forma su cara en espiral, perteneció a la funda de cuero de uno de aquellos transistores grandes, de los primeros. Desde la infancia maltesa de Faba en Ceuta, la correíta terminó con él en esta Huerta. Como siempre andaba por medio, y resultaba molesta, la encerró en una cajita de medicamentos de esas transparentes que parecen un libro de primera comunión.

 

Los ojos entraron más tarde, y por puro azar, uno quedó mirando adelante y el otro hacia atrás. Quizás la razón de esta disidencia se debiera a que se trataba de un ojo azul y otro marrón. Los había comprado Faba en un viejo Bazar de la Plaza Mayor. En tiempos pretéritos -no demasiado distantes- en la plaza abundaban las jugueterías. Aunque la tienda donde vendían ojos para muñecas, era más bien una suerte de mercería fantástica, destinada más a los artesanos, que al público convencional.

 

Cuando aquel dependiente con batín de droguero le sacó un cajoncito de madera lleno de ojos para muñecos, se sintió como el Horacio de Blade Runner, el Gepetto de los autómatas vivientes. Se llevó diferentes modelos para hacer su elección, pues el borreguito de la portada del primer número de Teatra, llevó finalmente un ojo de muñeca con su propia pestaña. Tras seleccionar el modelo, encargó 200.

 

La pareja de ojos de esta caja con máscara pertenece a los descartados frente al de la pestaña.