Máscaras, danzas y un poco de miedo

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¡Máscaras! ¡Oh, máscaras! No me dicen lo mismo que al poeta-presidente senegalés Léopold Sédar Senghor, y por eso no tengo que descifrar sus guiños ocultos, ni recitarles una plegaria. Saludarlas en silencio, sí, porque ellas me conminan y me gritan

 

Frente al sillón donde me siento en mi biblioteca hay una pared de la que penden 16 máscaras africanas. Me embarga una duda: no sé si las observo o ellas me escudriñan a mí. Es más probable esta segunda hipótesis, en cuyo caso me pregunto: ¿Qué me dicen? ¿Qué desean? Podría ser el comienzo de una gran paradoja.

 

¡Máscaras! ¡Oh, máscaras! No me dicen lo mismo que al poeta-presidente senegalés Léopold Sédar Senghor, y por eso no tengo que descifrar sus guiños ocultos, ni recitarles una plegaria. Saludarlas en silencio, sí, porque detecto que ellas me conminan y me gritan. Con sus ojos oblicuos y con la expresión patética y enigmática de sus rostros, trasuntos del más allá.

 

Me siento algo amedrentado pero en buena compañía, quizá porque alguien me dijo alguna vez que era una especie de “africano de piel blanca”. Lo tomé como un cumplido. En Nairobi, capital de Kenia, me llamaron alguna vez muzungu y en Kinshasa, capital de la República Democrática de Congo, mondele, es decir, blanco en lengua suahili y lingala, respectivamente. En ambos casos, era una obviedad, dado el color de mi piel. Tanto las palabras muzungu como mondele tienen varios significados, que van del blanco europeo colonizador y prepotente al emprendedor, rico e inteligente. Por eso, lo mismo puede ser un insulto que un halago con repunte de admiración.

 

Me contó la misionera española hermana María Mayo en el barrio de Kimbanseke, a las afueras de Kinshasa, que un día se le acercó una joven de catorce años y le espetó: Pesa ngaindambonamondele, que en lingala significa: “Dame un poco de tu blanco”. Me aseguró la misionera: “Antes podía tomarlo como la manifestación de cierto complejo, porque para los africanos los blancos somos una especie de personas todopoderosas, ricas, eficaces, listas y muchas cosas más. Pero sé que me lo dijo con cariño, para expresar admiración por mi entrega. Después de todo, saben que aquí vivimos peor que en España y que si estamos con ellos es porque los apreciamos por lo que son. Por eso, al decirme esta chica ‘dame un poco de tu blanco’ no estaba manifestando un complejo de inferioridad por ser negra, no quería parecerse a mí por mi piel blanca, sino por mi disponibilidad, por mi entrega, por mi matema, es decir, por mi corazón”.

 

No es mi caso, porque yo voy de paso por África: observo, anoto, pregunto, me informo, hago entrevistas, fotografías y vuelvo a España. Todo lo que se le puede exigir a un periodista. ¿Qué le pueden decir a un muzungu estas máscaras que le escrutan con descaro? ¿Qué me sugiere esa máscara mariposa con sus ojos saltones, enmarcados en sugestivas formas geométricas? Es originaria de Burkina Faso, el país de los hombres íntegros, como su propio nombre indica. Se usa en una danza ritual de los bobo-fing, para pedir la lluvia e invocar la fertilidad para los campos. Bobo significa tartamudo y fing negro. Como no soy un iniciado, me encandila más la estética que sus arcanos.

 

 

La danza del chiterere

 

Para ese viaje sobraban estas alforjas literarias. La crítica es razonable. Un muzungu, después de todo, no lleva ADN de negro –salvo la presumible vinculación genética con la primera mujer, la primigenia Eva africana–, ni tiene tratos con los espíritus y los antepasados. No es lo mismo ser “una especie de” que ser. No es lo mismo observar una danza que bailar. Que me lo digan a mí. Cuando estuve en Malaui, en el verano de 1990, Arnold, el jefe de un poblado llamado Kapingo, me condujo a una sombra y me hizo sentar a su lado. En pocos minutos se formó un círculo de hombres y mujeres y empezaron a sonar los tambores. “Es en tu honor”, me dijo el misionero comboniano padre Francisco Carrera. Varias mujeres danzaron primero tímidamente, con los pies descalzos; pero al son de los tambores se acaloraron, movían el cuerpo y los pies con soltura, se contoneaban, se acercaban a los tamboreros y seguían el ritmo, incluso cuando hacían alguna pícara cadencia… Era un reto entre bailarinas y tamboreros. La concurrencia aplaudía y premiaba con unas tambalas los mejores bailes y los sonidos más logrados de los tambores.

 

Algunas bailarinas hacían gestos provocativos, pero no procaces. A medida que se acrecentaba el ritmo, se acercaban a mí y me tocaban la cabeza en señal de gratitud. Otras veces daban un golpe seco de cadera al lado del tambor o junto a nosotros. Fueron momentos casi mágicos. El sol empezaba a calentar; las bailarinas y los tamboreros sudaban copiosamente. Había algo de frenesí y de magia en este baile tradicional llamado chiterere.

 

Al finalizar esta danza, comimos con el jefe Arnold algunos hombres y su mujer. Antes tuvo lugar el lavatorio de las manos: dos mujeres se acercaron a nosotros con una especie de palangana y se arrodillaron para que nos laváramos. ¡Qué diferencia de actitud ahora y durante el baile! A estas mujeres, ahora sumisas –me invadió una sensación de vergüenza–, les cambió hasta el semblante. Comimos nsima (pasta elaborada a base maíz) y pollo con las manos.

 

Cuando nos dispusimos a marchar, se me acercó un hombre de unos cincuenta años y me dijo: “Tú eres como el dedo meñique; estarás siempre conmigo; tenemos el mismo dedo”. Al despedirnos, el jefe Arnold me entregó una carta, en la que me aseguraba en tono mayestático: “Yo y toda la gente de mi zona estamos contentos y orgullosos de ver que personas de tierras lejanas se interesan por nosotros y se consideran hermanos nuestros. Por eso, he querido haceros un regalo para que lo compartáis en nuestro honor con vuestra familia. No es mucho, pero os lo ofrecemos de corazón…”.  El regalo fue un gallo y varias hortalizas.

 

 

El sing’ganga Buanali

 

Danza y comida de confraternidad se confabularon en un recóndito poblado de Malaui, donde los ñaos (espíritus) salían de ronda por las noches para inquietar a los transgresores. Bien es verdad que en esa época había en Malaui dos personas de carne y hueso más temidas que los propios espíritus: el presidente Hasting Kamuzu Banda y el “curandero Buanali”. Kamuzu Banda contaba con una amplia red de espías por todo el país, para controlar a los ciudadanos y cortar radicalmente cualquier atisbo de disidencia. La gente tenía miedo hasta de pronunciar su nombre, algo que no resultaba nada fácil porque había muchos puentes y hasta el mismo aeropuerto de Lilongwe que se llamaban Hasting Kamuzu Banda.

 

Buanali ostentaba oficialmente el derecho de ordalía, para juzgar las conciencias y hasta las conductas de los malauitas. Se le llamaba curandero, debido a sus conocimientos para sanar usando la medicina tradicional, es decir, las hierbas; pero ejercía, además, funciones de hechicero y adivino. En la primavera de ese mismo año juzgó a Vicent January, responsable católico del poblado de Kalulu, y a su hermano John, cristiano presbiteriano. Un hermano de ambos, seguidor de la religión de los makolo o antepasados, los acusó de ser la causa de sus males, es decir, de ufiti (brujería). En concreto, de haber provocado la muerte de su hijo, fallecido en circunstancias extrañas. Como habían tenido entre ellos desavenencias por cuestiones familiares, prosperó la acusación y fueron llevados hasta Buanali para someterse al juicio tradicional. Los recibió, habló con ellos, les suministró un mwabvi (veneno), se fueron y murieron poco después. Para la gente la cosa era clara. January y John eran brujos y causaron la muerte de su sobrino. El mwabvi “había hablado”.

 

Buanali es un poblado en el que existía entonces un centro de medicina tradicional dirigido por el curandero, un anciano que rondaba los noventa años. Era el doctor tradicional (sing’ganga) más famoso de África austral, popularmente conocido con el nombre del poblado. Iban a consultar con él no solo enfermos de Malaui, sino de Suráfrica, un país con el que Malaui mantenía estrechas relaciones económicas, a pesar de que estaba vigente el apartheid. En este poblado singular, sembrado de pequeñas cabañas de barro y paja, había diferentes habitáculos para las distintas clases de enfermos: dementes, mujeres… Un hombre llevaba a su hijo atado con una cuerda.

 

El sing’ganga Buanali estaba rodeado de varios discípulos que hacían de intermediarios, agentes de seguridad y administradores. Fui a verlo con el P. Francisco Carrera, que hablaba chichewa. Le pidió a uno de sus discípulos que dijera a Buanali que habíamos ido a saludarle. Le transmitió la petición y dio su consentimiento. Buanali estaba sentado y rodeado de fieles. Llevaba el torso desnudo y un pantalón corto, que dejaba ver unas piernas sarmentosas con la piel arrugada. Nos mandó sentar en una escalinata y el discípulo nos presentó. Buanali escuchaba atentamente y asentía con la cabeza. Después tomó la palabra y nos dijo que él había recibido este don de la curación de Dios. Aseguró que tuvo una revelación de que debía curar y que en su familia no había precedentes de curanderos; que aprendió el uso de las hierbas, pero que su poder era sobre todo espiritual y que por eso pasaba muchas horas meditando solo en una cabaña.

 

Cuando abandoné este poblado, me pareció salir de una pesadilla. ¿Era esta el África profunda en la que latía el corazón de las tinieblas? El miedo y el espanto estaban retratados en los rostros de la gente, rostros sin máscaras, a pelo, con el ominoso peso de las desgracias sobre sus espaldas.

 

Había en Malaui otro temor pavoroso a las hormigas carnívoras. Están muy bien organizadas. Hay entre ellas soldados y obreras. Para cruzar un río los soldados forman una trenza para que pasen las obreras. Me contó el padre Carrera que estas hormigas no se sienten cuando se posan sobre la piel de un animal o de una persona; de pronto, como obedeciendo a una señal, cuando está el cuerpo invadido atacan todas a la vez. Son capaces de devorar un asno o una persona en pocos minutos. En África es muy sutil, muy frágil, el hilo que separa la vida de la muerte.

 

¡Máscaras! ¡Oh, máscaras! Miradme con benevolencia, porque, después de todo, no soy más que un muzungu.

 

 

 

Gerardo González Calvo es periodista. Trabajó en la redacción de la revista Mundo Negro durante 42 años, buena parte de ellos como redactor jefe. Ha publicado, entre otros, los libros África, ¿por qué?; África: la tercera colonización, Hola, África y África. Saqueo a tres bandas. En FronteraD ha publicado Un silencio clamoroso: África en los medios

 

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Autor: Gerardo González Calvo

1 COMENTARIO

  1. Estimado Gerardo, gracias por

    Estimado Gerardo, gracias por tus dos artículos sobre África. Y poder conocer algo más, porque yo sólo conozco Burkina Faso, donde llevo más de 4 años, pero cada día creo que lo conozco menos… En todo caso, como dice el refrán: dime de lo que presumes y te diré de lo que careces… ¿País de los Hombres Íntegros? Creo que desde que asesinaron al Presidente que le puso el nombre, y que lo era, íntegro, han casi desaparecido del país… Creo que el modelo a seguir ha sido el del Presidente que le sustituyó y ordenó su muerte, una pena… Así que si la marca España está por los suelos gracias a nuestra clase política, la marca “país de los hombre íntegros” provoca risa. Aunque también los hay, que conozco algunos, pero no se puede decir que sean legión… Un saludo y espero tu visita si algún día vienes por Burkina Faso otra vez (y te enseño mi colección de máscaras)

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