Matar un ruiseñor

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Después de hacerse una leyenda, Íker ha conseguido que Concha Espina sea como el Maycomb de Harper Lee, donde Diego hace las veces de Boo Radley.

 

Ayer al atardecer estaba la luna tan grande, dejando Valdebebas a un lado de la carretera, que no parecía vivir uno en la Tierra sino en el imaginario Tatooine, el planeta de los dos soles que no aparecían juntos sino que uno le hacía sombra al otro: Casillas privando a Diego del paraíso por derecho dinástico. Toda una Edad Media en la portería madridista donde triunfa la intriga palaciega y más aún el finiquito del Rey, al que hay que sumarle el apoyo cortesano, mientras afuera el pueblo se divide entre partidarios y detractores.

 

La crítica no funciona en el Absolutismo, silenciada por el poder del trono, todavía vigente en la revuelta debido a la honestidad del aspirante, notable pero muda e insuficiente ante los resortes construidos tras quince años de dominio del castillo,  más aún de la torre del homenaje donde el monarca felón se hizo construir de todo menos un gimnasio.

 

A López al menos le buscan un retiro de oro, lo cual quizá debiera haber sido al revés. Por los servicios prestados. Ese Milán cementerio de elefantes donde juegan hasta los cuarenta. Así que es de imaginar que él, como portero, lo hará hasta los cincuenta, dejando lo de Dino Zoff en retirada prematura. Diego ha alcanzado en un año el caché de toda una vida, menos para el casillismo y para Del Bosque, el gran chambelán. Un año exprés en el que se ha puesto tan fuerte que asusta, y al que más debe de ser a Íker, quien en bañador muestra la blancura de Harold Lloyd y hasta su forma en la escena del reloj con esos ejercicios que les pone el venerable Vecchi, al que mejor que un chándal le sentaría una cota de malla como entrenador de caballeros.

 

Vecchi se da un aire a Burgess Meredith, el viejo entrenador de Rocky, a quien Casillas parece hacer el mismo caso que el potro italiano en sus inicios. Cualquiera se imagina un día al capitán con una chaqueta de cuero, un sombrero ladeado y un pitillo entre los labios después de verle apoyado en el palo, buscando sombra, mientras a Keylor le empuja Jesucristo sobre las barras esas de bailar el limbo que usa Villiam, cuyo nombre también es más propio de justa que de cancha.

 

Con Casillas el Madrid bajo los palos se parece a aquella pensión alemana de la que con dardos escribía Katherine Mansfield. Ese huésped permanente como el viejo barón que nunca hablaba con nadie y ante el que todos los pensionistas callaban, amedrentados. Una tarde la joven Katherine rompe ese silencio descubriendo que el barón tan sólo necesitaba soledad para poder comer a gusto, aduciendo digestión lenta, que es lo mismo que encontrar cualquier pretexto para que le dejen tranquilo a uno en la portería del mejor equipo del mundo.

 

Después de hacerse una leyenda, Íker ha conseguido que Concha Espina sea como el Maycomb de Harper Lee, donde Diego hace las veces de Boo Radley, el individuo sólo señalado por los rumores que esparcen ciertos periodistas con el rol de los vecinos. Dejar salir a López es, como decía la narradora Scout, un acto malvado igual que ‘Matar un Ruiseñor’, que no hace daño a nadie. Vecchi no solamente opina que no hace daño a nadie sino que es uno de los mejores que ha tenido a su cargo, su verdadero Rocky, mientras Casillas, que apuntaba al héroe Atticus Finch, va acabar saliendo de Maycomb no solamente ya marcado, sino como el vengativo Bob Ewell si no lo remedian los hados.