Materia de reflexión

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Thomas Bernhard fue un prolífico e intenso escritor austriaco, fallecido hace ahora tres décadas, que me impresiona por su densidad y capacidad para describir asuntos que nos competen como son las obsesiones, los temores, la deshumanización y en definitiva la soledad, ese mal para el que no hay vacuna que valga. Yo apenas he leído dos de sus obras, Corrección (1975, Alianza) y Hormigón (1982, Alianza), publicada en España siete años después de su muerte, cuando tenía sólo 58 años.

Hay lectores y críticos que lo aborrecen. Consideran plúmbea su escritura, sin respiro ni intercalación de párrafos, demasiado introspectiva y psicoanalítica. A mí, en cambio, que soy un tardío seguidor de Bernhard me resulta extraordinaria, agradablemente enfermiza en la profunda descripción de las neurosis de sus protagonistas. Tal vez exageradas, pero en general certeras. En ocasiones me recuerda a Proust. Apenas hay trama. O llevado al terreno hispano, al mejor Marías.

Me pregunto por qué debería haber argumento en sus obras. Son las obsesiones y paranoias, en Hormigón, de un meticuloso individuo que va demorando el inicio de una biografía sobre el compositor alemán Mendelssohn, que seguramente nunca la escribirá pese a sus preparativos y que odia y ama a la vez, por este orden, a una hermana en las antípodas de su carácter, pero mucho más práctica que él. U otro personaje, en Corrección, golpeado por el suicidio de un gran amigo, enloquecido con la idea de construir en el bosque un cono que debe representar el núcleo de la máxima felicidad, ésa que busca y que lógicamente no encuentra. Cuando las expectativas son extremas, las frustraciones pueden ser máximas, lo cual conduce a la desesperación y al aniquilamiento.

No sé si primero se presentó la enfermedad o mi repentina aversión hacia toda clase de reuniones (…) ¿Había interrumpido yo mi trato con ellas o a la inversa? (…) La verdad es que durante decenios estuve en la creencia de que no podía estar solo, de que necesitaba a todas esas gentes, pero en realidad no necesito a todas esas gentes, me las he arreglado muy bien sin ellas”, afirma en un cierto momento de su reflexión Rudolf, el protagonista de Hormigón. Sin embargo, el mismo personaje admite que quien piense de ese modo, no puede extrañarse de que con el tiempo se quede totalmente aislado, completamente solo. Y que cuando busque compañía, agrego yo, sea ya irremediablemente tarde.

Cavilaba en estas reflexiones cuando una de estas últimas tardes de asfixiante calor en mi ciudad accidental, me topé con una película alemana, La profesora de piano (Jan Ole Gerster, 2019), que había dejado grabada para verla algún día y que se me escapó por culpa del maldito virus de su proyección en pantalla grande. Es extraordinario las opciones que una Smart TV nos ofrece. Ves una cinta cuando te apetece, dejas la imagen congelada por si vas al baño o la cocina o la tienes como si formara parte de tu propia videoteca virtual Lo mismo sucede cuando se trata de un partido de fútbol o un evento político. Qué gran invento. Confío en que se desarrolle más y que la interactividad permita, por ejemplo, modificar el final de una película a gusto del espectador dándole dos o tres fórmulas, despedir a través de la tele a un personaje político que desagrada por su inepcia y narcisismo, resolver un malentendido sentimental o traer a Von Karajan y la Filarmónica de Berlín hasta el sofá de tu piso para interpretar maravillosamente la Quinta de Beethoven y a mí se me caiga alguna lágrima, que ya soy un viejales y me emociono más.

La profesora de piano resultó ser una gran sorpresa. Lamenté no haberla visto anteriormente en pantalla grande. La protagonista, me parece que se llama Lara, cuyo papel lo representa una actriz que yo desconocía, Corinna Harfouch, es una mujer todavía atractiva con su corta melena rubia, divorciada, o dejada más bien por el marido. El día de su sesenta aniversario proyecta suicidarse arrojándose desde la ventana de su apartamento que da a una amplia arboleda berlinesa. Una circunstancia imprevista cambia sus planes. Justo ese día su único hijo, alumno de ella, pianista y compositor va a dar su primer concierto en una sala de la capital. Madre e hijo mantienen una relación muy complicada.

Todo ello me hizo recordar a las reflexiones de Bernhard sobre el ser humano y la soledad. Lara ha sido a lo largo de su vida una persona competente pero dura con sus subordinados. Despectiva con quienes estaban bajo sus órdenes e implacable frente a las debilidades de su madre y especialmente de su hijo. Cuando el día más dramático de su vida, quiere acercarse a ellos se encuentra con un mundo distante, que le paga con la misma moneda que ella daba en sus años pasados. Quien se ha comportado así a lo largo de la vida no entiende o se resiste a entender. Juzga a los demás negativamente. Tiende a culpabilizar a los otros al no saber aceptar el ofrecimiento de ayuda y en definitiva de amistad que él o ella les brinda. Es una peli amarga, pero con un final inesperado.

Lo que fue ya no es. Lo cual no necesariamente significa que sea peor. En el caso de Lara ciertamente las circunstancias le ofrecen una escapatoria. En el de Rudolf, el protagonista de Hormigón, la oportunidad de tener una vida holgada y viajar a su lugar favorito, Mallorca, le tranquiliza e incluso le permite afrontar la biografía de Mendelsshon de un modo menos neurótico. ¿Qué importa si al final decide no llevarla a buen puerto? En el caso de Roithamer, el suicida de Corrección, la obsesión por encontrar la perfección en busca de la felicidad suprema le conduce justamente a lo contrario: a poner fin a su existencia.

Lo que fue ya no es. Esa frase me traslada, vaya a saber por qué, a la empresa de comunicación donde yo trabajé durante una veintena de años. Quizá porque uno de sus directores, gran amigo mío, ha sido despedido recientemente de un modo grosero. Por otro lado lógico, como suele ser la filosofía empresarial en general en donde no priman los sentimientos y a veces ni siquiera la competencia. Cualquier despido encierra un componente ideológico. Y más en prensa. En mi opinión, esa empresa hace mucho tiempo que dejó de ser y ya no es. Perdió el prestigio que gozaba en su primera etapa. Y eso que su primer director, un gran director durante un tiempo, enloqueció en su soberbia y resultó ser arbitrario y responsable en gran parte del endeudamiento de la compañía. Dio lecciones desde su “púlpito moral” para caer luego en el cinismo. Yo ya no me creo lo que escribe ahora desde su retiro aunque diga cosas que a veces comparto. Estoy agradecido de haber trabajado a sus órdenes, de haber sido destinado a lugares que yo no podía ni por asomo haberme costeado, de haber aprendido de otros buenos compañeros. A mi amigo lo han despedido con malas artes. Lo siento por él. Yo también sufrí en mis carnes la persecución. Me fui antes de que me abrieran la puerta de la calle al no soportar más el acoso psicológico al que fui sometido. Jamás recibí una respuesta que yo pedí educadamente de ese primer director a quien solicité comprensión. Seguramente sentí lo que Roithamer sintió cuando descubrió que el Cono, la felicidad suprema que pretendía diseñar, estaba condenado al fracaso. Pero a diferencia de él, no me suicidé. No valía la pena. Decidí alejarme de ese inmenso olor putrefacto que salía de los muros de esa casa. En fin, que lo que fue, evidentemente, ya no es. Y realmente siento que así sea.

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Bosco Esteruelas es periodista y escritor. Ha trabajado en El País como editorialista y corresponsal en Tokio y Bruselas, y antes en la agencia Efe en las delegaciones de Roma, Washington y Londres. Ha sido también portavoz de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) y de la Comisión Europea. Ha publicado cuatro novelas, "El reencuentro" (2011), "Todo empezó con Obdulio" (2012), "Retorno a Zumaia" (2014 y "Gracias, asesino" (2020), y una colección de relatos titulada "La chica de Tsukiji" (2014)   En esta bitácora quiero observar e interpretar la realidad política y social desde fuera de la jungla urbana

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