Material inestable

0
270

 

¿Soñar la vida con los ojos abiertos? Sí, y a veces una levedad, una gracia en medio de esa fatiga de los materiales. Juan Luis Cerrajero (Más quiero abrir que cerrar, galería Liebre, hasta el 15 de junio) muestra un palimpsesto de trozos previos, borrados y vueltos a reescribir, a la manera de quien trabaja con las astillas caídas de la velocidad que nos hace tan difícil vivir. Si nuestro gran curso de formación fuera el conjunto de “deformaciones” que nos han moldeado, tal verdad –a la vez sencilla y reprimida- estaría en esta exposición, recordándonos que quien es honesto tiene hoy la vida difícil.

 

En este mundo parcelado, a los seres elementales les cuesta encerrarse, decir no, apartar la lluvia de influencias que les ha configurado. Con todo ese material caótico es difícil formar la ansiada identidad por la que seremos reconocidos, ocupar un lugar bajo el sol de la transparencia social. De ahí que el arte se constituya en la “especialidad” de los que, fisiológicamente, no pueden adaptarse y aceptar la mutilación que se exige para ser actuales.

 

No es extraño entonces que en los trabajos de Cerrajero encontremos abundantes emblemas de la turbación. Los distintos dibujos y pinturas son fieles a una vivencia de lo real sin subtítulos, libre del doblaje que habitualmente nos protege. El artista esboza una y otra vez nuestro estado larvario, el de unas crisálidas a las que tarda en llegarles la primavera. Lo que no se sabe es si estas figuras están o no conformadas en su limbo, a punto de explotar o descansando en una neutralización casi feliz. La obra de Cerrajero habla de una alienación que se ha “puesto a trabajar” y busca su mundo. De ahí que estos perfiles barrocos, que no esquivan el misterio de lo viviente, sean híbridos empujados por una metamorfosis que les lleva y no controlan.

 

Aparte de Goya, de modernos como Baselitz o Basquiat, las pinturas y dibujos de Juan Luis Cerrajero pueden recordar a Gordillo, a Evaristo Bellotti. En tal estado «visceral» de las cabezas, en esa torsión un poco sangrante de las figuras, nada se mantiene a salvo de la zozobra. Aunque existe otra posibilidad no menos preocupante, pues estos seres podrían vivir, incluso morir, como niños, dichosos en su mutilación, sin haber aprendido nada.

 

Vemos también mixturas de hombre y pájaro, entre el devenir un poco monstruoso de nuestra edad adulta. ¿Amigos? ¿Enemigos? ¿Amor? ¿Odio? Por lo pronto, estamos en el tornado que borra nuestro perfil y nos asedia. Los hombres se rompen bajo la presión de un exterior del cual sólo conocen ráfagas de viento, jirones de sueños, recuerdos en granizo. Esta certeza negativa, sin embargo, es compatible con jugar al gesto de alta comedia de la imaginería pop, ese modo irónico o melancólico de acercarse al universo de productos prefabricados, a los iconos publicitarios de nuestra cultura de masas.

 

Más que en viajes al extranjero, Cerrajero se fija en la alienación que nos puebla por dentro. Ocurre como si el pintor luchase con la multitud que, en su brutal acumulación, amenaza con aumentar la arena del desierto. Y para el arte se trata más bien de extraer de esa molicie arenosa el agua de otro sonido, una guía que mantenga en la misma perplejidad su aguja imantada.

 

De ahí los colores vivos al servicio del enigma que somos. Por otro lado, también los tonos y trazos desvaídos que recomponen un alma perdida en tantas estancias, en tan distintas etapas. El mundo nos obliga a una performance tan continua, en tan distintas franjas, que cuando queremos darnos cuenta ya no recordamos ninguna versión original a la que aferrarnos. Entiendo el trabajo de Cerrajero como una elementalidad semejante a la agricultura, abriendo surcos provisionales en la selva que nos puebla, en medio de una maleza que no cesa.

 

A pesar de la cultura de la cobertura, es como si para el artista no hubiera “salida”. La protección vendrá de la intemperie. La salida solamente consiste en un mapa de la trampa, del laberinto en el que estamos sin remedio. El hilo que nos guía es la simple crudeza del dédalo en que nos agitamos. Somos insectos atrapados, pero hay una posibilidad de inocencia, incluso de alegría, al asumir esa tragedia. Una anarquía coronada, se dijo en otra época.

 

Mientras tanto, la pasión circular propia de los que buscan no puede despegarse de la ley de la gravedad. Una escena originaria, borrosa y fundacional, retorna siempre: “Sólo tenía 7 años”. Por eso el tormento de descender, de tener que completar un itinerario y un ciclo. A veces, en papel o lienzo, Cerrajero trabaja la tosquedad de un trazo que sirve a un conjunto sutil, una atmósfera espectral no tan lejana a su compañero de exposición, Assaf Iglesias. Como dice en algún lugar el crítico Fernando Castro, “Cerrajero tiene querencia hacia el collage, sus superficies tienen que estar agitadas o desgarradas, sus visiones son frenéticas; mientras que Iglesias busca la serenidad, lo minucioso, el tono leve. En los dos hay una manifiesta determinación de no dejarse llevar por las modas o las inercias epocales, una confianza en sus visiones, una honestidad admirable”. Posiblemente a esto alude el título común que cubre a ambos artistas, pues en los dos casos se busca capturar la provisionalidad de nuestra deriva, fijando sólo una página en el gran libro de los cambios.

 

En otras ocasiones, no obstante, es directamente el material inestable de nuestros sueños el que Cerrajero convierte en motivo. En estos casos el lápiz rápido, que podría recordar a Twombly, acaba componiendo una delicada armonía en el caos, en el ovillo de los días que el artista afronta en sus horas más secretas. El hecho de que Cerrajero parezca trabajar frenéticamente, como si le fuera la vida en ello, deja otra vez en el aire aquella antigua hipótesis según la cual el arte obedece a una violenta necesidad, a una búsqueda desesperada de verdad. En tal aspecto, el arte es ciencia en un sentido radical que el concepto no entiende. Se trata incluso medicina, pues el arte pretende “curar” usando de otro modo el mismo material volátil que nos envenena.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.