Mayéutica 2.0 (6): Nacerse ante un espejo

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Un niño pequeño se mira delante de un espejo: sonríe, hace muecas, golpea su reflejo, mira insistentemente su imagen y a su alrededor. ¿Pero qué es lo que está viendo exactamente? ¿Se relaciona consigo mismo? ¿O cree estar ante la presencia de otra persona ajena a él? Si no tuviéramos una amnesia profunda de los primeros años de nuestra vida podríamos saberlo. Pero la infancia comienza con el mandato de autodestruir sus propios recuerdos. Y solo podemos hacer conjeturas vanas. U observar como a seres ajenos a los niños que nos rodean. Y seguir conjeturando. Y eso es lo que hace el cineasta Víktor Kossakovsky con su hijo en la película que lleva su propio nombre: Svyatto, donde la cámara graba sus reacciones ante un espejo. Si en la anterior entrada reflexionábamos sobre el nacimiento del hombre como especie, aquí, por el contrario, lo que se trata es de saber si existe ese momento en el que uno, a través de la conciencia, nace como individudo ante sí mismo y ante los demás.

Al final de la película, el propio director entra en escena para situarse delante del espejo junto a su hijo Svyatto y hacerle una serie de preguntas. En primer lugar le dice: «¿Dónde esta Svyatto?»; para decirle a continuación, cuando el niño señala el espejo: «Sí, eres tú. Se parece a ti». E inmediatamente le interroga sobre si le gusta Svyatto, a lo que el niño responde afirmativamente y concluye diciendo: «soy yo, yo». Después de que durante la filmación hayamos visto al niño empezar a relacionarse con su propia imagen, creo que este momento es el culmen de un proceso de autoafirmación en el cual se hace patente su capacidad para reconocerse o, mejor dicho, reconocer su propia imagen.

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Fotograma de la película Svyato del cineasta ruso Víktor Kossakovsky. Fuente: https://docma.es/actividades/proyecciones/svyato/

Ese instante nos permite entender lo que Lacan consideraba el estadio del espejo: «una identificación en el sentido pleno que el análisis da a este término: a saber, la transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen, cuya predestinación a este efecto de fase está suficientemente indicada por el uso, en la teoría, del término antiguo imago». Esa representación no es más que el yo como constructo imaginario, nuestra forma como tal, y que irá mutando a lo largo de la vida. Alejada, ya en ese mismo instante de revelación, del yo-ideal, de esa forma primordial y olvidada que todavía no ha sido influenciada por el Otro y el Lenguaje (si es que eso es posible). Svyatto emprende esa transformación durante la película; hasta encontrarse en un punto de llegada y otro de salida que, tal y como dice Lacan, «simboliza la permanencia mental del yo al mismo tiempo que prefigura su destinación alienante».

A medida que observamos a Svyatto relacionarse con el espejo y con su propia imagen, vemos cómo él se constituye como un todo a través de la integración conjunta de sus partes constitutivas y fragmentadas. Svyatto tiene momentos de incredulidad, de ternura, de agresividad, de frustración o de sorpresa: «Este desarrollo es vivido como una dialéctica temporal que proyecta decisivamente en historia la formación del individuo: el estadio del espejo es un drama cuyo empuje interno se precipita de la insuficiencia a la anticipación; y que para el sujeto, presa de la ilusión de la identificación espacial, maquina las fantasías que se suceden desde una imagen fragmentada del cuerpo hasta una forma que llamaremos ortopédica de su totalidad —y hasta la armadura por fin asumida de una identidad alienante». Y esa identidad alienante es la que definirá nuestro yo, un yo que no está solo en este mundo sino, todo lo contrario, que se deja inundar y modificar por su exterioridad. Y que hará de ese yo-ideal una ilusión inalcanzable.

Como señala Sonia Arribas sobre Lacan, «en el estadio del espejo no se trata por tanto de un sujeto a solas con su imagen, sino de un sujeto con su imagen y la imagen de otros sujetos sociales […] El yo de cada uno de nosotros se constituye a partir de algo que está fuera, que está ahí, que es en cierto modo extraño, como un otro». Y es eso precisamente lo que se hace evidente en la escena entre Víktor y su hijo (muy palpable en el hecho de que ambos hablen en tercera persona de Svyatto). El propio niño asegura que le gusta ese otro niño que ve en el espejo, o más bien esa imagen que identifica con él mismo y que ve desde fuera. Esa posición externa será la misma desde la que nos observaremos todos el resto de nuestras vidas.

El estadio del espejo es, en consonancia con ese drama al que se refería Lacan, una ruptura por la que nuestro yo hace palpable su distancia con la realidad, tanto interior como exterior, para gritarse, no ya ese «soy yo, yo», sino más bien, «tú eres eso».

 

Rosauro Varo Cobos. Cordobés nacido en 1982, es pediatra, investigador y cooperante. Ha ejercido su profesión en países como India, Perú, Costa Rica, Sudáfrica, Malawi, República Centroafricana o Mozambique. También es Doctor en Medicina en la línea de Salud internacional por la Universidad de Barcelona. Ha realizado el Máster en Creación Literaria y el Máster en Estudios Comparativos de Literatura, Arte y Pensamiento, ambos de la Universidad Pompeu Fabra. En su ciudad natal fue cofundador de la revista literaria Café con Letras y de las tertulias del mismo nombre. Ha publicado diferentes artículos y cuentos en medios locales y nacionales (tales como Granta o Mercurio o El país), y colabora escribiendo reseñas literarias con Revista de Letras. Ha publicado un libro de cuentos titulado El embudo (Andrómina, 2014) y una novela, Plagio (Ediciones en Huida, 2018).

2 COMENTARIOS

  1. ¿Somos en función de la posición de nuestra imagen con los demás?
    ¿Nos construimos en funciones de cómo nos reconocemos?
    ¿Tiene que ver con la construcción del otro?
    Apetece seguir profundizando.

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