Me conduces mal

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La amistad entre un hombre y una mujer, si ambos están en edad de merecer, no existe. Son utopías que observas en las teleseries y que justo antes de los créditos también acaban acostándose.

 

La amistad entre un hombre y una mujer, si ambos están en edad de merecer, no existe. Son utopías que observas en las teleseries y que justo antes de los créditos también acaban acostándose. Todo es mentira: desde la ex de tu amigo que necesita “ayuda y comprensión” hasta los amigos de uno que se enredan demasiado con las que durante algún tiempo pernoctaban en el otro lado de tu cama. Betty es uno de esos casos. Una australiana de 37, divorciada, que desde hace meses se empeña en ser mi amiga cuando cada vez que descorchamos una botella de vino se arrima de manera evidente.

 

El pasado fin de semana decidí saltarme el calendario sexual y marchar a Kampot, ciudad camboyana cercana al océano y bañada por un precioso río, con la idea de desconectar. Lamentablemente Betty se me subió a la chepa, en una de esas historias que desde sus inicios sabes que van a terminar mal. Le aclaré que pernoctaríamos en habitaciones distantes, y que si no era suficiente, sería capaz de alojarme en otro hotel, cuando juró por su madre –a veces una australiana puede parecer ante nuestros propios ojos una tonadillera andaluza en plenos bises televisados– que ella deseaba salir de Phnom Penh, acompañada; y charlar. “Nada más que eso”, me recalcó.

 

Mientras por un dólar iba de paquete en una moto camino de su casa, escrutaba todas las respuestas que debía imponer a sus posibles acciones, preguntas u ofrecimientos varios. La razón de que Betty hubiera sido la elegida yacía en que en realidad éramos amigos además de en una cuestión materialista: ella posee un BMW que condujo sin reparo ahorrándome el autobús de marras, insidioso, incómodo y cansino, o el coche con conductor, a cincuenta dólares el trayecto. La salida fue engorrosa, ya que Betty decidió conducir con el cinturón de seguridad puesto (dignidad occidental) que ceñía su camiseta a unos pechos que bailaban cual flanes por culpa de la falta de sujetador. Y claro, un copiloto debe andarse con ojo por las carreteras camboyanas ya que o son las vacas las que se cruzan o son los niños o directamente los coches que adelantan y se te plantan de frente en lo que suele oler a muerto. La desvergüenza con la que cargo desde, al menos, 1994, y el flanismo perpetuo de aquellos pechos, me hicieron plantear la primera batería de preguntas. Sin pudor.

 

¿Te parece normal no haberte traído un sujetador?

 

Traigo tres. Pero para conducir me molesta.

 

¿Llevas bragas?

 

¡¿Pero qué me estás preguntando?!

 

Para saber si una mujer ha hecho aguas sólo hay que preguntarle dos veces por algo similar. El ejemplo anterior es perfectamente válido: aparece sin sujetador y no se molesta y le preguntas si lleva bragas y se hace la dolida. Por supuesto, evité seguir por esa senda que sólo nos podía llevar al acto o a la negación del mismo, es decir: al drama.

 

El camino a Kampot desde Phnom Penh, sobre todo si navegas a bordo de un BMW última generación donde la muchacha cuasicuarentona pisaba el acelerador de manera adolescente, no suele alargarse más de dos horas y media. Por lo que antes de que me tranquilizara –preveía un accidente frontal a la vez que no dejaba de mirar aquel traqueteo pectoral– Betty, en error en cadena, decidió parar en una gasolinera a echarse un cigarro y avituallarse con varias latas de cerveza Cambodia. Como podrán comprobar, si nos leen desde Occidente, Camboya es el paraíso de la ilegalidad: se bebe mientras se conduce, se fuma en gasolineras y en general, se enreda. España, si acaso, sólo le hace sombra en eso de ver pasear a buena parte de su población sin sujetador, que cuando yo vivía allí creí el inicio de la crisis que hoy acecha a la zona. Que si antes no había para sujetadores hoy no habrá ni para bragas. De ahí mi pregunta anterior a Betty. Aunque ésta, que pasa sus días en el Banco Mundial –donde la última vez que echaron a un empleado fue el siglo pasado–, se levanta 10.000 dólares mensuales.

 

¿Crees que beber y conducir coches a velocidades altas es la auténtica salud?

 

Si me vine a Camboya fue, entre otras cosas, para esto. Para poder saltarme las reglas que tanto nos atosigan en nuestros países de origen. Sé conducir. Y sé beber. Estoy de vacaciones y soy responsable.

 

Una de las atracciones favoritas del ser humano es todo lo que tenga que ver con lo prohibido. Si uno es jefe de cardiología de un hospital no sería de extrañar que se pusiera hasta las cejas de farlopa. Así como Betty, tan serena ella cada vez que hablaba de la sociedad mundial, las ayudas humanitarias, los microcréditos y todas esas monsergas, se administraba por vía oral latas de cerveza como si fueran peladillas. Y a primera hora de la mañana. Yo, que bebo más que cuatro que beben, no salía de mi asombro. Entre otras razones porque estábamos a medio camino entre Kampot y Phnom Penh, en medio de ninguna parte, y porque no tengo carné ni sé conducir. A todo estos datos adjuntar que en Camboya no hay hospitales donde te puedan salvar la vida y que en aquel paraje lleno de niños descalzos saludándonos, vacas pastando y ese par de empleados de la gasolinera, tampoco tenía pinta de que la casa de socorro más cercana tuviera siquiera vendas.

 

Si bebes no conduzcas.

 

Estamos a poco más de media hora de Kampot; no exageres.

 

Como si estamos a cien metros. Llevas tres cervezas a palo seco.

 

Es mi fin de semana, no trabajo, y quiero celebrarlo.

 

Ya en el coche, donde los ojos de Betty brillaban más de la cuenta, conté los kilómetros hasta Kampot, donde llegamos sin más sobresaltos que el camino de tierra lleno de baches y agujeros que te lleva desde el centro de la ciudad al Villa Vedici –el lugar donde pernoctaríamos–, y un sutil comentario que Betty soltó como si tal cosa. Fue antes del primer bache. Justo antes me arrojó a la cara el humo de una calada. Porque tras la ingesta cervecera uno se suele echar al monte, donde casi nunca todo es orégano.

 

¿Sabes qué día es hoy?

 

Sí, viernes ocho de agosto.

 

No me refiero a eso.

 

¿Efeméride? No será tu cumpleaños, ¿verdad?

 

Frío, frío… Hoy es el Día Internacional del Orgasmo Femenino.

 

¿Estás de broma?

 

Luego abres el ordenador y lo verificas en internet.

 

No entiendo nada. ¿Hacen descuentos en consoladores? Joder, que ahora que lo pienso, ya podía haberme quedado en Phnom Penh saciando a destajo.

 

Pero si no te ha llamado nadie.

 

A la prostitución, mi querida novicia, no se la busca con antelación, sino a matacaballo. Espérate a la media noche y ya verás cuánto sonará mi móvil.

 

Entre el primer bache y el último, y cuando ya habíamos aparcado a la entrada de Villa Vedici, un hotel sin muchas pretensiones pero rodeado de la maravillosa naturaleza de Kampot y su río, barrunté que se estaba produciendo un secuestro en toda regla, que tras las primeras cervezas mañaneras ya advertían de las intenciones de una Betty por momentos insoportable: a sus colgajos pectorales que de tanto verlos cada vez me atraían menos había que sumar esa idiotez del Día del Orgasmo Femenino, que ya me veía encadenado al camastro mientras ella me obligaba a que le generara placer. Por lo que a la hora de comer, sorprendentemente, pedí agua con gas, italiana, que la Perrier es molestísima, recibiendo el primer rapapolvo. Al mentón.

 

¿Tú crees que es normal que tengas que beber agua justo hoy? Estamos de vacaciones, lejos de la ciudad, disfrutando; cuando desde que te conozco bebes a diario, desde primera hora de la mañana, y me recriminas que me beba tres latas de cerveza en una gasolinera para ahora aumentar el daño con este feo.

 

Betty, te juro que en unos minutos comenzaré a beber. Pero no me presiones: yo bebo cuando quiero.

 

Antes de que llegara el arroz salteado, envenenado con glutamato, decidí que, en el fondo, yo había nacido para beber, y que en Kampot debía hacerlo. Seguía guillotinando mi ánimo el saber que Betty, mi supuesta “amiga del alma” –eso suele decir ella instantes antes de rodearme el cuello con su antebrazo sudado, metáfora de la boa constrictor–, estaba esperando el menor resquicio de la duda para volverme a recordar que era el Día del Orgasmo Femenino, otra enjundia del sexo contrario dispuesto a batallar en los lodazales menos peligrosos.

 

Camarera, una botella de Taittinger.

 

A los quince minutos –Camboya es a la rapidez lo que la burbuja al vino tinto– apareció una camarera, que al verse imposibilitada de descorchar el champagne cedió el trasto a un muchachote de sexualidad ambigua, el cual tampoco deshizo el entuerto. Finalmente les arrebaté la botella y la abrí sin la menor dificultad, comprobando tras el primer sorbo que aquello no estaba lo suficientemente frío.

 

¿Pero esto qué es?

 

¿Qué le ocurre, señor?

 

Que el champagne no está frío.

 

¿Quiere hielo?

 

Asia tranquiliza. Y aún no sé bien el porqué. Porque semejante afrenta a la cultura más básica de los seres humanos, sobre todo cuando trabajas en un complejo hostelero, debería ser castigada con unos cuantos latigazos si la ‘sharia vinícola’ pudiera legalizarse.

 

Aspersor, eres un estruendo.

 

Betty, deja de apoyar al pobre, que esto no es el Banco Mundial: esto es un hotel que cuesta sesenta dólares la noche y que sirve champagne templado. ¿Te imaginas que la piscina estuviera vacía? Pues lo mismo.

 

Bueno, no me cambies de tema.

 

¿Cómo?

 

Que hoy es el Día Mundial del Orgasmo Femenino.

 

Betty: vale ya. ¿Qué quieres? ¿Qué te masturbe?

 

No, para nada. Sólo quiero hablar del asunto.

 

Pues conmigo no cuentes.

 

Joder Aspersor, ni me dejas beber, ni casi bebes cuando eres alcohólico, ni podemos hablar de una efeméride mundial.

 

Bueno, hoy hace 2062 años que los ejércitos romanos de Julio César y Pompeyo se enfrentaron en la Batalla de Farsalia.

 

Oye, que te den.

 

Y allí me quedé. A solas. Con una botella de champagne templada y una dignidad resumible: el asiento que Betty cedido al viento dejo entrever que aquellas arrugas eran el presagio de lo que podría haber sido una tormenta imparable. Luego, cuando contestaba a los primeros mensajes de señoras que buscaban putos –una rusa y una que por las frases debía ser un hombre–, a la vez que empuñaba aquel caldo gaseoso, recibí uno de esos mensajes que reducen a la mujer, y a la amistad de la mujer con el hombre, al escarnio público: “¿Me perdonas?”.

 

No contesté. Porque las actitudes infantiles son aceptables siempre y cuando no provengan de una australiana de casi 40 tacos que dice salvar al mundo desde el Banco Mundial, uno de los proveedores de miseria mental más importante de la historia de la Humanidad. Al menos entre parte de sus empleados.

 

A sabiendas de que Betty, como la madre de Norman Bates, podría volver para recordarme qué día era aquel, pagué mi habitación y cambié de parcela, adentrándome en Les Manguiers, un hotel menos arreglado aunque con más sabor, en la misma ribera izquierda del río Kampot. La habitación, familiar, me permitió vivir en paz hasta que caí roque. A la hora del desayuno descubrí que las llamadas perdidas son la victoria del hombre, incluso cuando es romo, como es mi caso: tenía 45 y tampoco es que hubiera pegado mucho ojo.

 

Desayunando, cuando acababa de nadar entre aquella maraña de estudiantes barbilampiños norteamericanos –creí ver entre la marabunta a un pederasta que al inicio del festín fluvial dijo ser “el profesor”– terminé por contestar a Betty: “Un orgasmo no es importante ni en su día mundial”. Luego llamé a una masajista.

 

 

 

Joaquín Campos, 11/08/14, Phnom Penh.