Mear en amor y compañía

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Mear en un baño fuera de casa siempre me supone un momento de gran intensidad emocional. Normalmente soy incapaz en cuanto alguien se pone a mi lado. Es un bloqueo psicológico que experimento desde siempre y que me acarrea un sinfín de situaciones ridículas.

 

Mear en un baño fuera de casa siempre me supone un momento de gran intensidad emocional. Normalmente soy incapaz en cuanto alguien se pone a mi lado. Es un bloqueo psicológico que experimento desde siempre y que me acarrea un sinfín de situaciones ridículas. La más usual es permanecer en silencio al lado de mi compañero del metal y recoger la caña sin haber meado, salir del baño y quedarme cerca para volver a los pocos segundos, desenfundar de nuevo ya solo y estirar un pie contra la puerta, porque en Pontevedra no están de moda los pestillos: siempre hay un gordo impaciente que carga contra ella y me desparrama el meo por la pernera o por el espejo, dependiendo del tonelaje.

 

Si estoy de copas acostumbro a salir del local y buscar el cobijo de un contenedor: esa sensación de riesgo que hace mi vida tan excitante me procura una acción rápida y limpia. Más peliagudas son las cenas con parejas o con la familia. Una vez, en el restaurante Cinco Puertas, encontré el baño tan lleno y yo había bebido tanto vino antes del primer plato que le dije a mi familia política que salía un momento a la calle a llamar por teléfono, y en un ángulo muerto mi suegro acabó viéndome mear en la fachada del Gloria cuando no eran ni las once de la noche. Del Román, en cenas de trabajo, también tuve que salir un par de veces a mear a los jardines de Campolongo: impagable la sensación de decirle a Carmen Posadas: “¿me disculpa?”, y encontrarme dos minutos después meándole a un árbol. Ya conté algunos de los problemas que tuve a veces en el trabajo, donde un día, como veía que no arrancaba incluso estando solo, me puse a decir “bisbibisbisbis” y salió un portero disparado del váter haciéndose el loco y sin mirar atrás.

 

Con todo, lo peor que le puede pasar a alguien que mea con gente al lado es empezar a mirar pollas sin ton ni son. Se trata de una reacción infantil casi instintiva. «¿Qué es lo último que puedo hacer aquí?», te preguntas. Y empiezas a perderte. En estos casos lo fatal es no lograr despegar la mirada de una polla en concreto. Por lo que sea, incluso por descuido. A mí me tiene pasado a veces echar un vistazo rapidísimo al pene salvaje de un señor y de repente, en esa décima de segundo en que giro la mirada, írseme la cabeza a cualquier cosa y quedarme en Babia con la mirada perdida reposando en la verga del desconocido. Tanto tiempo, que cualquier día al volver en mí veo que ya no está allí y la tengo empujando por detrás. Y peor aún: con el hombre explicándome al oído por qué.

 

Mear acompañado a veces también procura sensaciones únicas. Una vez en Os Carballos, en la Praza da Verdura, eché para atrás la pielecilla un poco por higiene, y como me quedaban unas gotas finales que auguré devastadoras, bajé la pielecilla una segunda vez y largué otra tanda. Entonces vi que tenía al lado a mi amigo Iñaki, que me miró muy serio y me dijo:

 

-La tercera es paja.

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