Medianoche en París

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¿Por qué es tan absorbente, tan emocionante la última película de Woody Allen? El director ya ha hecho muchas otras películas con una historia vagamente similar a esta, películas que podríamos decir como “de entrecruzamiento con la fantasía”. Por ejemplo, La rosa púrpura de El Cairo, Alice o incluso La maldición del escorpión de jade, Misterioso asesinato en Manhattan o Scoop. Pero en Midnight in Paris va un poco más allá y logra crear una de sus películas más personales y quizá de las mejores. Junto con Manhattan, Zelig, Hannah y sus hermanas, Delitos y faltas, Deconstruyendo a Harry y quizá alguna más. Sin embargo, yo no sabría decir exactamente por qué esta película es tan buena, o siquiera si es buena en absoluto, o incluso si es realmente una película u otra cosa.

            No pienso contar la trama ni siquiera por encima, ya que uno, idealmente, debería no saber nada de la película que va a ver o del libro que va a leer. De modo que si usted todavía no ha visto Midnight in Paris no tiene de qué preocuparse.

            Una de las razones de la fascinación de la película es, no cabe duda, la bellísima fotografía, que hace aparecer París, que es una ciudad resplandeciente, como una ciudad todavía más hermosa de como es en realidad. Una sutil, o no tan sutil transformación del color, da a las imágenes el tono dorado de una fotografía envejecida y anima, al mismo tiempo, ciertos colores, verde, rosa, turquesa. Así, por ejemplo, la visión del Palais Garnier, la antigua ópera, que parece casi uno de esos palacios digitales de La guerra de las galaxias. Pero esta sólo puede ser una de las razones, y no la más importante.

            Otra de las razones es la maravillosa música, comenzando con ese Si tu vois ma mere de Sidney Bechet, una de las grabaciones más memorables del instrumentista, en que el lirismo opulento y nostálgico del saxo soprano se mezcla con las imágenes de París en un objeto emocional de casi insoportable intensidad.

            Pero la razón principal, creo yo, de su fascinación, es que Midnight in Paris no cuenta realmente una historia. Cuenta un sueño. Y es precisamente el mismo sueño que hemos tenido todos los que amamos la literatura y el arte en general. Uno no puede simplemente ver la película: se le invita a entrar en un sueño. Y durante una hora y media aproximadamente, vive en el mundo de ese sueño, hasta que la música de Sidney Bechet vuelve a aparecer una vez más para devolverle al mundo de la vigilia.

            Midnight in Paris no es una película sobre París, ni tampoco una época sobre la fascinación del pasado.Lo que dice Midnight in Paris es que las personas junto a las cuales nos sentimos más a gusto, las que mejor nos comprenden y a las que mejor comprendemos nosotros, son los escritores y los artistas que admiramos. Es una película sobre esos amigos, los artistas del pasado, que siguen vivos y jóvenes en nuestra memoria. Es una película muy triste, muy lírica, de la que uno sale vagamente mareado, como de un sueño. Pero feliz, como de un sueño.

 

Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.