Medusa

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No cabe duda de que Medusa, de Ricardo Menéndez Salmón, es una obra apasionante y genial. Comienza uno a leer el libro y enseguida se da cuenta de que es, en realidad, un ensayo sobre un tal Prohaska, pintor, fotógrafo y cineasta, que fue uno de los principales encargados de recoger gráficamente el testimonio de las barbaridades cometidas por el Tercer Reich. Nazi, admirador de Hitler, autor de varios textos de títulos tan fascinantes como Al dictado de un Dios cruel y Carta a los futuros homicidas, nos resulta increíble no haber oído jamás hablar de él. Conocíamos a Lenni Riefenstal, ¿cómo es que no habíamos oído hablar de Prohaska?

 

El tema de Medusa es la representación, la forma en que el arte representa la realidad y el carácter letal que tiene esa mirada. Menéndez Salmón parece escribir a partir de aquello de que no se puede escribir nada después de Auschwitz, observación de Adorno que ha generado no poca literatura. La propia obra de Prohaska parece destruir, en su literalidad salvaje, todo el lenguaje del arte: ya que él se limita a reproducir el horror en estado puro que encuentra frente a sí.

 

Entonces comenzamos a sospechar, y entonces investigamos y descubrimos que Prohaska no existió jamás y que lo que leemos no es un ensayo, sino una novela. De modo que todos esos testimonios crueles y brutales recogidos por la cámara de Prohaska nunca existieron. 

 

Cuando creíamos que el libro era un ensayo, nos parecía apasionante, pero no genial. Era apasionante, porque era verdad. No era genial porque esos textos asombrosos y esos hechos increíbles, el autor, al fin y al cabo, los había tomado de las obras del tal Prohaska y también de la bibliografía consultada.

 

Al descubrir que es literatura, nuestro asombro, en cambio, no conoce límites, porque comprendemos que todas las criaturas, sombras, luces, paisajes y abismos que hay en ese texto han salido, en realidad, de la imaginación de su autor. Nos parece genial, pero ahora sabemos que no es “verdad”, lo cual nos desilusiona un poco.

 

Creo que este dilema entre verdad /imaginación es, por alguna razón, crucial en la literatura de nuestra época. Creo que la realidad ha entrado en la literatura de una forma extraña y oblicua. Si Menéndez Salmón es un ensayista, su libro nos parece más importante y palpitante que si es una mera novela, una invención.

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Andrés Ibáñez
Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.

1 COMENTARIO

  1. No sé por qué, pero desde que
    No sé por qué, pero desde que compré el libro supe que se trataba de una novela, fascinante, por cierto. Intensa y (creo) cargada de verdad. No creo que la ficción deje de ser eso, “verdad”. Al menos, algunas ficciones.

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