Mejor haber bebido

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Nada, yo no valgo para afrontar con serenidad estas cosas. Si algún día me enterase de que mis costumbres mientras duermo exceden de angustiados soliloquios pediría ayuda. Tendría que recostarme en un sofá (en silla no me parece adecuado) y decirle a la atenta señora de bata blanca, mientras se ajusta las gafas, que para mí ya nada tiene sentido. 

 

“Es evidente que ando dormido. Me encuentran al final del pasillo, junto al empapelado de flores de hibisco, murmurando para mí”.

Crónicas de motel, Sam Shepard

 

Lo de amanecer parece sencillo. Debería serlo, en cualquier caso. Y sin embargo, siempre es algo que se resiste a ser del todo natural, aún más, si la noche anterior has salido. A donde quiero llegar es justo en lo que estás pensando; a cuando te desmayas en tu cama hasta con los zapatos puestos y abres los ojos seis horas más tarde tirado en la cocina desnudo. Tienes inquietudes, claro, y el suelo de la cocina no está tan mal; prueba también, algún día, con la cama del vecino. De todas formas, es mucho más manejable si vuelves a rendirte a tu propia casa, porque la cosa se tuerce si decides (o simplemente ocurre sin saber cómo) dormir fuera.

 

Hace poco volvimos de fiesta a casa de una amiga y nos estrujamos ocho en una cama, donde dormían tres de las chicas, a charlar (sexualmente hablando poca cosa). Cuando desperté, estábamos solos yo y un amigo, abrazados bajo el edredón, y el resto estaban esparcidos por la casa. Nos miramos y gritamos: “Qué coño haces tú aquí”.

 

Cuando estuve de Erasmus en Alemania, rondando el final de octubre, hubo dos noches separadas por una de descanso en que se daban dos fiestas con motivo de celebrar Halloween. A falta de otra cosa me enfundé un disfraz de tigre (hasta con orejas y rabo), de esos que se venden como pijama, y salí de mi cuarto con una actitud ejemplar advirtiéndole a mi almohada: No me esperes despierta, hoy duermo fuera. Cuando sales así, sin tener una cama supletoria preparada para ti, dios sabe dónde puedes acabar.  Y no sería raro que en algún caso despertaras seis días más tarde. Tras la primera noche, abrí los ojos en una enana habitación vacía, tirado sobre un colchón inflable deshinchado, sin calzoncillos (nunca los recuperé) y con el disfraz de tigre remangado por debajo de las rodillas. Salí de la residencia disimulando y me subí a mi bicicleta, di un par de vueltas desorientado y  luego me lo tomé con calma; tardé media hora en llegar a mi cuarto pedaleando. La segunda noche fue mejor, porque al menos cuando desperté había alguien a mi lado en la cama, pero noté en mi cabeza que no habría dormido ni una hora y la sensación de cien tipos golpeando al unísono un gong con un martillo. Busqué mi disfraz por el suelo y al salir a la calle no encontré mi bici (resulta que estaba aparcada en mi resi, me pregunto cómo), así que cogí un autobús y me quedé de pie agarrado a una de las barras, con el disfraz de tigre cerrado hasta arriba y la capucha con las orejas puesta; eran las diez de la mañana de un día de diario (creo) y una señora de tallas grandes me miraba fijamente con cara de lástima, a lo que yo respondía sonriendo con fuerza (pensando: Le juro que yo no bailo, señora) y entonces ella murmuraba algo en alemán, supongo que diciendo: Pobre muchacho. 

 

Tras la pasada noche vieja, al despertar por la tarde el primer día de enero, escribí a un amigo argentino que estaba en Madrid con la intención de gastarle una broma. Le dije que por lo que más quisiera me ayudase, que me acababa de despertar desnudo en una bañera que no era la mía, que no sabía dónde estaba y que al buscar mi ubicación en el móvil indicaba un pueblo (no recuerdo el nombre) a tomar por culo de mi casa. Ven a por mí, por favor, le dije. En seguida terminó por darse cuenta de que era mentira y ni mucho menos se río, se puso serio y me dijo:

 

-No tiene gracia, boludo, te creí. Cómo no te iba a creer, allá me ocurre cada finde.

 

Y lo de los sonámbulos…, eso ya es otro tema. De verdad que cuando comparto casa con alguien que me cuenta cómo con asiduidad se le encuentran en lugares insospechados (desde el garaje al alfeizar de una ventana) balanceándose dormido, un escalofrío me recorre la espalda. Yo no quiero dormir con alguien así bajo el mismo techo, pienso, que te descuidas y se ha metido en tu cama, y menudo susto de muerte como te lo cruces en el baño. Por las noches todos tenemos nuestro aquel, pero una cosa es roncar (tal y como están las cosas benditos ronquidos), otra es hablar (o gritar, o cantar, lo cual por lo visto hago mucho…, pero no comparemos) en sueños, y otra muy distinta es ir caminando como un zombi por la noche y terminar comiendo una manzana encerrado en la despensa del vecino. Es para mirárselo, desde luego. Cuenta Sam Shepard en Crónicas de motel sus episodios nocturnos, con sus padres encontrándole en la bañera acusándole de sonámbulo: “No tiene ninguna gracia”.

 

“Por algún extraño motivo creían que meterme en la bañera resultaba una extravagancia. Una chifladura quizá. (…) la verdad es que empecé a desear vivamente que llegara la mañana y mis padres me explicaran en qué lugar me habían encontrado la noche pasada”.

 

Nada, yo no valgo para afrontar con serenidad estas cosas. Si algún día me enterase de que mis costumbres mientras duermo exceden de angustiados soliloquios pediría ayuda. Tendría que recostarme en un sofá (en silla no me parece adecuado) y decirle a la atenta señora de bata blanca, mientras se ajusta las gafas, que para mí ya nada tiene sentido. Le diría que antes dormía tranquilo, pero ¿y ahora? Cómo se puede vivir sabiendo que el día menos pensado de invierno te acuestas en Madrid y te despiertas en un pueblo al sur Rusia (¡Y sin haber bebido!). Así, sin más. Porque así son estas cosas, que te las tomas a la ligera diciéndole al vecino que por ahora todo va bien, que todo va bien, que todo va bien, que tú controlas, y ala, cuando te quieres dar cuenta llevas seis meses amaneciendo con su mujer en la cama. Y claro, no es culpa tuya. Así que definitivamente le diría a la señora de las gafas que preferiría beber, con su permiso, porque así despertaría cada mañana sin preocuparme dónde (qué importa), y diciéndole a la señora del autobús, al que me saque de la bañera, o al vecino, que no se preocupe, que ni soy sonámbulo ni pollas, que simplemente es que he bebido. 

Antonio Mérida Ordás nació en Madrid en 1992, y veinte años después se fue de Erasmus al sur de Alemania en busca de sol y playa. Estudia comunicación audiovisual en la Universidad Complutense y ha colaborado desde Alemania con El Viajero, y a su vuelta a Madrid con Koult.es, y Achtung Magazine. Hasta hace no mucho, ha sido becario de redacción en Canal Plus. También ha trabajado sirviendo champán con una mano, de pinche de cocina, y eligiendo corbatas en Massimo Dutti entre otras cosas. Ahora escribe de cuando en cuando. Le gustan las películas. Twitter: @antoniomerida92 Aquí se viene a desnudarse, a tomar seis tragos, a bailar un boogie-woogie aunque no bailes, a enfundarse los guantes y saltar al ring agitando las caderas, para terminar brindando por un buen polvo o mejor combate.