Memoria de miradas

Donde se pone uno estupendo a recordar ojos y deseo

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Son aquellos, esos, los temidos, los reverenciados, los que nunca pudiste olvidar, los que vuelven en las noches más largas; esos de mirada infantil de aquella o los otros que advertías de felino triste. O esos iris expectantes, a la penumbra, en sitios miserables a la altura de tu bolsillo y cutrerío, y donde ellas buscaron una respuesta que tú tenías (o, sé honesto, fingías tener).

Te persiguen, te buscan, te atornillan; pretender atarte a una silla eléctrica donde en lugar de corrientes alternas te envían melancolía, aburrida “saudade” portuguesa enfrascada en botes con envoltorios cuqui y promesas tan rotas como literarias. Y cómo te observaban en aquella estación, tú tan cargado y todavía alto, con la mayor ilusión que no podías, no sabías como responder más que con chiste malo, una broma miserable, la cual habría recibido el abstruso galardón de un comité de humoradas patéticas a mayor gloria de los seres inconclusos.

Comunicación no verbal

Pero todo, todo, se reduce a unas malas lecturas digeridas en la adolescencia y a una generación arrasada por unas expectativas tan altas como mitológicas. Ficciones para vivir, amores tristes, vuelven en paseos vacíos encima de asfaltos lejanos; grisura banal, épica inexistente, de la miseria de aquello que quisiste y se esfumó como aquella pluma que soplabas como un idiota para impresionar a esa niña francesa.

Y esa, lo sabes bien, era solo nuestra esperanza: por ella vivimos. Poco tiempo.

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