Memoria histórica

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Una imagen vale más que mil palabras, pero la foto que le sacaron este pasado 24 de febrero al golpista Tejero, y que publicaba ayer la edición online de El País, me dejó durante un buen rato no ya mudo, sino boquiabierto. Sobre un fondo de mar azul y rodeado de tumbonas, sombrajos y bañistas que toman el sol, se ve de pie a un señor, ya entrado en edad, enfundado en un bañador Meyba. El señor mira atentamente a una mujer mayor que, de espaldas a él, parece estar incorporándose. El epígrafe, a pie de foto, dice escuetamente que el ex teniente coronel Tejero pasa el treinta aniversario de la intentona golpista en una playa de La Palma junto a su mujer.

 

Treinta años son muchos años. Yo era muy joven por aquel entonces y ya no lo soy. Aquel día viví el golpe, como tantos otros, con perplejidad e impotencia al principio y con irritación y creciente desánimo después, según iban pasando las horas, ante la pasividad e indiferencia del ciudadano de a pie. A mí la noticia me pilló en clase (una clase aburridísima de metodología pedagógica que se me exigía como requisito para opositar) cuando alguien entró y dijo que había habido un tiroteo en el Congreso. Mis compañeros se quedaron clavados en sus asientos. El profesor prosiguió con la lección. Dos o tres alumnos, no más, nos levantamos y decidimos dar por concluida la clase ante la seriedad de la situación.

 

De vuelta a casa, recuerdo que había mucho tráfico, pero la cara de los conductores al volante era de total normalidad, como si no hubiera pasado nada, como si aquello no fuera con ellos. Al entrar en casa me encontré solamente a mi madre y a mi abuela. Habían seguido el debate por la radio y me contaban muy alteradas su reacción al oír los tiros y los gritos de los guardias. Hablé con algunos amigos por teléfono. Convenimos que lo más prudente era quedarse en casa y esperar acontecimientos. Llegó mi hermano y luego mi padre y nos pusimos los tres a escuchar la BBC, como en otros tiempos. Se sabía muy poco. En mi cabeza se me venían imágenes del Cuartel de la Montaña y cosas así. Poco a poco fue reanudándose la retransmisión de las emisoras. El rey habló a la una y pico por televisión. José María García empezó a retransmitir los últimos coletazos de la intentona como si se tratara de un partido de fútbol. A la mañana siguiente Tejero y sus doscientos guardias se rindieron y en la televisión empezaron a escucharse las declaraciones de los diputados liberados.

 

Nada más terminar aquello, quedaron en seguida claras varias cosas, y ninguna es para sentirse especialmente orgulloso. La intentona se frenó exclusivamente gracias a la intervención del Rey. Los datos de entonces y los de ahora no dejan resquicio a la duda. En cuanto a la conducta de la ciudadanía, fue todo menos heroica, aunque fueron pocas las horas y es difícil saber lo que habría pasado de salir triunfante el golpe. Tiempo después salió a relucir un vídeo de los primeros minutos en el hemiciclo, tras la entrada de Tejero y sus hombres, y allí quedó también claro que la conducta de la mayoría de los diputados fue no ya poco heroica, sino en algunos casos execrable. En Youtube está la cinta. Se me ocurrió cronometrar los minutos que tardaron González y Guerra en incorporarse a sus escaños, por ejemplo. Ocho minutos. Ocho vergonzantes minutos estuvieron acurrucados, cuando ya toda la primera fila del gobierno, delante de ellos, hacía minutos que asomaba la cabeza.

 

Una imagen, en efecto, vale mucho más que mil palabras. Tejero en bañador de nylon anteayer, en el 30 aniversario del 23 F, arroja mucha más luz sobre la España actual que lo que puedan decir los periódicos y los panegiristas de nuestra democracia. Pero nadie debe sonrojarse ni rasgarse las vestiduras. Las heroicidades o las machadas de antaño solamente trajeron desastres. Bien está que Tejero disfrute de sus últimos años como cualquier jubilado y que nadie en España sienta resquemor ni se soliviante delante de la imagen. El mundo árabe debería aplicarse el cuento y Gadafi, entre otros, pedir asesoramiento al ex teniente coronel, quien en la cárcel aprendió idiomas, encontró su vocación artística como pintor y a sus casi ochenta años está de lo más saludable y lozano, casi tanto como lo está la gallina ciega (Max Aub dixit) que es desde hace muchos años España.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.