Menos cines

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Para los cinéfilos resulta arduo combatir la carcoma sentimental ante el constante cierre de salas oscuras. Es posible que el placer de ir al cine a ver una película tenga los días contados

Cine Rex en la Gran Vía, Madrid, 2010

Cine Rex en la Gran Vía, Madrid, 2010/ Corina Arranz

 

Habría que preguntar a los cinéfilos jóvenes si comparten la sensación de pérdida, entre desconcertada, indignada y melancólica, de los viejos aficionados por el cierre progresivo de las salas cinematográficas, que fueron templo, refugio, escuela y hogar de las generaciones aparecidas en las décadas de los 40 y 50.

       Respetando la sinceridad de una tristeza inevitable, es preciso al mismo tiempo combatir la carcoma de una añoranza obcecadamente sentimental. El Bulevar, el Apolo, el Carlos III, el Salamanca, el Pelayo, el Velázquez, etcétera, etcétera, son ahora tiendas o cafeterías, si el edificio no ha sido demolido para construir una casa nueva. Al pasar por delante, nada más dañino que recrearse en la evocación de las películas que allí se vieron. O mucho peor aún, paladear la pérdida de los seres más o menos queridos que compartieron la proyección de Carne de horca, El prisionero de Zenda, El manantial, Plácido, El árbol del ahorcado…  

       Cada vez hay menos cines y los que hay parece que van a salvarse de la quema y de la piqueta gracias no precisamente al séptimo arte, sino a otros espectáculos, como la ópera y ¡el fútbol! Estos irrumpirán sobre las pantallas que recibieron la caricia de Greta Garbo o de Ana Torrent para ofrecer las filigranas del gol inverosímil o las proezas de la soprano de moda a quienes no se encuentran en ese momento en el estadio Vicente Calderón o en el Metropolitan Opera House.

       Inútil resistirse a los inevitables cambios del implacable tiempo, que, por un lado, despertarán nuevos matices de la pérdida y la tristeza, y, por otro lado, espolearán un esfuerzo de adaptación, tal vez finalmente saludable. Habrá que acabar acostumbrándose a entrar en un cine para ver la final de cualquier copa o recopa, o una representación de Rigoletto. Es posible que el placer único de ir al cine a ver una película tenga los días contados. ¿A cuántas sesiones más podrán acudir los cinéfilos de cualquier edad?

       Dos salas diferentes y dos películas españolas, igualmente notables pero en los antípodas en cuanto a promoción y producción, coinciden curiosamente en un vacío paralelo. Eloïse de Jesús Garay y Ágora de Alejandro Amenábar fueron proyectadas ante el mismo número de espectadores; la primera en la sala principal del cine Luchana, la segunda en una de las salas del cine Princesa, en Madrid. En ambas sesiones éramos tres los espectadores. La superproducción, con un lanzamiento potente y numerosas copias, ha logrado ya una considerable recaudación. El título que puede calificarse de independiente, con un número de copias presumiblemente reducido, es de temer que sus ingresos hayan sido escasos.

       No cabe comparación alguna entre ambos títulos, igualmente valiosos en su condición de obras cinematográficas. Uno de ellos ha sido un éxito objetivo y otro un fracaso comercial, pero no deja de ser significativo que ambas películas resulten hermanadas por el mismo número mínimo de espectadores. Dos consecuencias parecen destacar de las varias que podrían obtenerse del mismo hecho. Una, la ocupación de los locales destinados a la exhibición cinematográfica presenta unos porcentajes que no podrían soportar otros negocios abiertos al público. Una cosa es que los fines de semana conciten una asistencia mucho más abundante que los demás días, y otra que las películas comparezcan ante patios de butacas prácticamente vacíos. Nadie imagina un gran almacén tan concienzudamente despoblado. Otra, el interés que despierta el cine nacional entre los ciudadanos españoles es cada vez más tenue, preciso es reconocerlo. Películas que, digámoslo prudentemente, merecen ser vistas, transitan por el lóbrego sendero de lo clandestino. Muchas ni siquiera se estrenan, y las que logran asomar rara vez despiertan la simple curiosidad de una ciudadanía indiferente, desdeñosa, que no responde a la llamada, a la convocatoria, al diálogo con una cinematografía que debería concernirle, pues se trata de la suya propia. ¿Cuántos veríamos Eloïse en el cine Luchana de Madrid? Dos sesiones al día, un aforo capaz de albergar a ¿500, 600 espectadores?, quizá más, visitado por un número reducido de peregrinos. Jugoso asunto, sobre el que habrá que volver, tal vez ofreciendo, a modo de señal de alerta, una lista de películas españolas que, en cualquier caso, merecen ser vistas, sin que tan prudente criterio garantice que van a gustar a todos los que respondan a la bienintencionada recomendación.

 


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Autor: Álvaro del Amo