Mentira sobre bobada y sobre mentira… nada, Filogonio

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Filogonio, Austricliniano, Burgundofora, Canuta, Filonila, Quintilia, Especioso, Pantaleona… Huerta del Rey (Burgos) debe de ser el pueblo español con más nombres raros, tal como contaba hace algún tiempo El País por estas fechas, cuando cayó allí un buen pellizco del Gordo del Niño. Digna Marciana, una de las agraciadas, pensaba ayudar a sus hijos con el dinerito (ya se hablaba de la crisis, claro). Lo más gracioso de este pueblo es que una marca de bebidas rodó allí un anuncio en el que los vecinos decidían cambiar el nombre del alcalde –Antonio-, y uno de ellos se preguntaba: ¿En qué estarían pensando sus padres? Así que, aquí también, no sólo allende los mares, se cuecen habas en lo tocante a los nombres que se ponen a los tiernos bebés.

 

Me llega un correo que protesta por la “ligereza” con que ha tratado la prensa lo que dice del buey y el asno en el pesebre el reciente libro del Papa. Parece que todo gira alrededor de una frase de la página 44: «En los Evangelios no se habla en este caso de animales«, e ignora que añade: (en el 4º párrafo de la misma página 44) «… ha llegado la hora del conocimiento de Dios para el buey y el asno, para la Humanidad compuesta de judíos y gentiles». Y en el 5º párrafo: «… aparecen los dos animales como una representación de la Humanidad«. A mayor abundamiento, cita en la página 45: “Ninguna representación del Nacimiento renunciará al buey y al asno”. Y el comentario: “Si esta es la profundidad con las que buen número de periodistas analizan y transmiten las noticias apañados vamos”.

 

Pues sí, vamos apañados. Yo no doy abasto a eliminar correos fantasiosos, llenos de pensamiento mágico e incluso calumniosos que no resisten el más mínimo análisis; lo preocupante de este caso –para mí- no es que se trate del Papa, ni qué hacemos con el buey y la mula; es el método, el tratamiento de la prensa convencional: deplorable, amarillista, superficial. La cosa no daba ni para un comentario curioso… vaya periodismo basura y tontorrón.

Soy coruñesa con algo de portuguesa, recriada en Madrid. Como tengo tendencia a la dispersión, estudié Ciencias Políticas. Aparte de varios oficios de supervivencia, he sido socióloga, traductora, documentalista y, finalmente, editora y redactora en El País durante veinte años. En mi primer colegio de monjas tuve la suerte de aprender bien latín. Pasar de las monjas al instituto público Beatriz Galindo de Madrid, donde enseñaban Gerardo Diego, Manuel de Terán, Luis Gil…, fue definitivo para cambiar de fase. Creo que si falla el lenguaje, falla el pensamiento y falla la razón.