Metáfora de un viaje norte a sur

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Valle pasiego

El monte se estremece y se inicia el desplazamiento. El nacer es suave, su proceso, dulce, se extiende por la ladera del valle pasiego. El camino circula, motu proprio, en curso distendido, descendiendo orillado por arroyos y vacas, y aun caballos que yerguen sus indómitas crestas por encima de todo horizonte. El clima es ejemplar, sumamente benigno. Un mar norteño pide permiso a la educada llovizna para romper sus postreras olas en la playa.

A la puerta de una abadía, neogótica (elevada con valentía en hormigón), un auto hace girar su llave y arranca entre risueño, pedigüeño, apocado. Entonces, en verdad, acaece el justo comienzo de la vida, muy lentamente en sus primeros tramos. En esos tramos balbucientes, la ruta,  estrecha y densa, se abastece de pródigas y gratísimas sombras. El recorrido sigue siendo de un infantil carácter. Titubeante, lechoso, amamantándose de la dulce penumbra y la tibieza de la climatología.

El paisaje persiste en fondos montañosos. Pero luce más claridad. Y el asfalto se aplana y se hace ancho. El dócil automóvil se introduce en la autopista. Llegamos, pues, a la adolescencia del devenir. La brisa permanece aún agradable. Las hojas de los árboles que, apretados, flanquean el camino despejado, se bambolean por el vientecillo. El coche rueda ejecutando la rapidez sin trabas de la pubertad.

La constante pulsación de la trayectoria se deja sonar ya en Castilla, tierra más llana, seca y calurosa que la que se ha dejado atrás. Primera parada motivada por el primer signo de cansancio. Aún se es joven, pero entonces se carece del brío que atesora el ser adolescente. Los sorbos de café, deglutido bajo la ya necesaria sombra, representan la fase irremisible de reflexión ante la vida, que sucede, tenaz, pero con ciertos rasgos de amenazante inseguridad. Ahora el hombre sitúa su existencia en ese punto que fija Thomas Merton en esta cita de su escritura: «Empezamos por amar la vida misma, por amar la supervivencia a cualquier precio.» El vehículo se estaciona cada vez más frecuentemente, y existir ambiciona comer, beber, para nutrirse e hidratarse sin excusas bajo el entorno incómodo del, más a más, extremado clima. Uno penetra en ese estado que llamamos de madurez, quieras que no siempre difícil. El recorrer las cafeterías, probar, de bar en bar, los sándwiches, bocadillos de tortilla, montaditos de jamón y queso, las copas ocupadas por vino y gaseosa; el recorrerlo en una edad apresurada es un andar solitario entre la gente. En ese solitario andar, como escribe Mallarmé, «¡nos creemos mil estando solos!».

En el detalle de las edades del hombre que establecía el romano Catón, la juventud abarcaba desde los 25 a los 50 años; la madurez hasta los 70; y el resto de la vida la vejez. Cierto que esta clasificación a buen seguro es consoladora.

El auto, ya agotado, penetra en la M-50 de Madrid. Ya no va tan derecho. Alguno que otro tumbo realiza. Su chapa va excesivamente recalentada. Los vehículos colindantes se muestran como achaques para una conducción que se pretendía lozana y es ya vieja. Terriblemente fatigosa. Cuesta cambiar las marchas. La muerte del trayecto está muy próxima, en esa turbamulta de insectos que se espera, tétricos, pululando y zumbando bajo el calor tremendo.

Pensar en detenerse no alivia si no es para orinar. Sólo cabe soñar, para evitar el ictus, con una copa grande, de ancha boca, colmada de fresquito jugo de naranja. Dar algo de color a la apestosa vía bordeada por las seductoras cunetas o las vallas de los viaductos. Pensar en trascenderlas para que el coche, al fin, se precipite.

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