«Métete en la crónica»

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Terminé el último post y me puse a devorar ‘La banda que escribía torcido‘. Tanto lo leí que ni me acordé de actualizar la aldea… no es que no me acordase, en realidad, sino que quería continuar esta bitácora en el mismo lugar donde la dejé. Quería poder escribir ese manido ‘como decíamos ayer’. Pues bien, decía ayer que ahí te dejaba, que me ponía a leer. Y hasta hoy. Ha pasado más tiempo del habitual, pero no me has echado de menos.

 

‘La banda que escribía torcido’. Una historia del nuevo periodismo por Marc Weingarten. Se me ocurre poner que lo leí con fruición, pero en realidad lo devoré como un demente. Lo de demente no es cosa mía.

 

 

 

 

Es un libro de más de quinientas páginas con anécdotas fantásticas sobre la generación de oro del periodismo estadounidense: los ‘nuevos periodistas’ que en los años sesenta y setenta escribieron crónicas y se convirtieron en estrellas de rock, como escribí en ABC. Tom Wolfe, Norman Mailer, Jimmy Breslin, Gay Talese, Hunter S. Thompson, Joan Didion, John Sack, Michael Herr… Reporteros, ellos, que decidieron dejar los límites a un lado. Tres mil palabras. Cincuenta mil. Las que fueran necesarias. ‘La banda que escribía torcido’, publiqué, no es un texto académico; todo lo contrario. La crónica de los años dorados de la crónica. Y entonces…

 

 

 

 

Ups.

 

 

 

 

Dime que sí.

 

 

 

 

¿Seguro? ¿Y si es un mero comentario complaciente? Si en el final del texto lo digo: «Weingarten retrata también a otros periodistas como Joan Didion y los editores que lucharon por publicar y, sobre todo, vender esta ‘novedosa’ propuesta narrativa: Harold Hayes (‘Esquire’), Clay Felker (‘New York ‘) y Jann Wenner (‘Rolling Stone’)». Parece claro que la mención es mínima… Echemos un vistazo a Weingarten, a ver qué dice de ellos, antes de que me lo quiten de las manos.

 

 

 

 

Harold Hayes. En ‘Picture Week’ «empezó a publicar crónicas poco convencionales que terminarían desmontando los prejuicios de los lectores y generando mucha expectación», pero «la atrevida política editorial de Hayes no se tradujo en un número mayor de ventas, y fue despedido junto a su equipo cuando había transcurrido menos de un año del lanzamiento de la revista».

 

Tiempo después lo contrataría ‘Esquire’: «‘El mantra de Harold siempre fue tono, tono, tono’, dijo Berendt. ‘Harold era mucho más metódico, y no tan quijotesco como Felker’, dijo el entonces colaborador Brock Brower. (…) Felker y Hayes se vieron atrapados en una lucha a muerte, pero su tira y afloja resultó rentable y produjo éxitos creativos en ‘Esquire’ a principios de los sesenta. (…) Según Gingrich, Hayes era como un buen director de cine, un director capaz de organizar con maestría todos los elementos gráficos y editoriales de cada entrega de la revista creando un conjunto armonioso que reflejaba su sensibilidad y gustos personales». Hayes era despiadado y dejó en la cuenta a Felker.

 

Clay Felker. Dirigía ‘New York’ el suplemento dominical del ‘New York Herald Tribune’, y ‘The New Yorker’, «la gran revista literaria de su juventud», le parecía sumamente aburrida. «Quizás deberíamos volar por los aires el edificio de ‘The New Yorker'», propuso Jimmy Breslin. A Felker le pareció una idea estupenda y le encargó a Tom Wolfe un perfil destructivo de William Shawn, entonces director de la revista del ‘Eustace’. «El instinto de Felker había dado en el clavo. Recibieron cartas con muestras de indignación. Cartas de desconocidos y de famosos: Muriel Spark, Richard Rovere, Ved Mehta, E.B. White, incluso el siempre escurridizo J.D. Salinger«.

 

El periódico cerró, pero Felker se negó a dejar morir su proyecto. Luchó, arriesgó y la convirtió en una revista. Con el mismo nombre y con las mismas ganas de publicar a tipos como Breslin, Mailer o Wolfe. Durante años, ‘New York’ se consolidó como «una guía práctica para este segmento de población, gente blanca y en busca del ascenso social». «Felker siempre había pensado que el mejor periodismo brotaba a partir de un punto de vista único. (…) Los artículos bien hechos no significaban nada para él si eran aburridos –escribe Weingarten–. Algunos escritores, seguros de haber clavado sus textos, recibían de vuelta los manuscritos con una directriz de Felker: ‘Métete en la crónica'».

 

Jann Wenner. «La noche en que Wenner descubrió su misión en la vida fue una epifanía. La energía visceral que emanaba la música de los Beatles le produjo una descarga en el cuerpo y conquistó su cabeza, su cuerpo y su alma. A partir de ese momento no habría nada más importante que el rock and roll». Después de intentar ganarse la vida como free lance, decidió que debía crear una revista propia: Rolling Stone.

 

Weingarten: «Al igual que Harold Hayes en ‘Esquire’ y Clay Felker en ‘New York’, Wenner valoraba más la buena escritura que el dogmatismo político». Y Weingarten: «A Wenner le interesaban las nuevas voces: escritores inexpertos y con ganas, friáis marginados y antiguos camellos capaces de escribir crónicas, antiguos periodistas a los que habían maltratado a base de innumerables noticias de última hora de ochocientas palabras que adjuntaban a los titulares de última hora. Fichar a Hunter S. Thompson sería todo un logro».