Mi cuerpo como campo de batalla

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La feminista y diputada argentina Fernanda Gil Lozano trabaja con muchas mujeres de diversa condición étnica y cultural; por eso un día le preguntaron que había, para ella, en común a todas esas mujeres. “Todas queremos tener diez kilos menos”, dijo sin pensárselo mucho. Pero después se quedó pensando en la gravedad de sus palabras.

 

Para Fernanda Gil Lozano, tras la ola conservadora de los años 90, las mujeres se han pasado al autocontrol, que en gran parte se mide a partir de la báscula. Esa balanza que para muchas mujeres “se ha convertido en una cárcel”, como señala la psicóloga Mónica Castaing, para quien “las dietas a las que se someten las mujeres son una forma de violencia de género”. A algunos puede parecerles exagerado: les recomiendo entonces que visiten el documental El cuerpo de las mujeres, que se refiere a la realidad de la televisión italiana, pero que podría extenderse a lo que transmiten a la sociedad los medios de comunicación y la publicidad de todos los países que conozco: la mujer debe mantenerse delgada, bonita y joven. Peor aún: deseable dentro de los parámetros que imponen los hombres. Porque, y eso es lo más grave, seguimos mirándonos a través de los ojos de ellos.

 

Fernanda Gil Lozano recordaba esta semana, en una conferencia en la Facultad de Derecho de la UBA, que durante mucho tiempo las instituciones que encerraron y retuvieron a las mujeres fueron el matrimonio, el prostíbulo o el convento. Durante siglos, en Europa y después en Estados Unidos, las mujeres que intentaban huir de estos esquemas fueron quemadas por brujas. Siglos de una brutal represión que, como explica Silvia Federice en su ensayo ya clásico El Calibán y la Bruja, sirvió al capitalismo para establecer sus bases de la mano de la dominación patriarcal.

 

Y resulta que, después de años de luchas, de la consecución del derecho al voto y de tantos otros avances que nos van igualando en derechos, después del pasajero sueño de los años 70, donde el hipismo quiso que los sexos hablasen de tú a tú, después de todo aquello, la revolución neoliberal vino a devolvernos a nuestro lugar. Nos dejan trabajar –más mano de obra barata-, nos dejan estudiar y tener nuestra propia cuenta bancaria, pero seguimos emocional y psíquicamente atadas de pies y manos, y nos atamos nosotras mismas con dietas y cirugías que oprimen más que los corsés del siglo XIX. Y lo digo desde un país, Argentina, donde, como decía Fernanda, no es extraño que la familia de una adolescente le regale unas tetas nuevas para su fiesta de 15. Donde me sorprende cada día el porcentaje de mujeres con el rostro inexpresivo a base de botox o bisturí en las calles de Recoleta.

 

Por el camino, siglos de olvido. Para que nunca se sepa que en toda Europa mataron a miles, tal vez millones de mujeres para garantizar que no nos saliéramos del tiesto. Para que no nos acordemos de que Platón tenía una hermana que daba clases con él en la Academia, como tantas otras mujeres insignes de las que no nos dejaron aprender. Para que no recordemos que hubo un tiempo en que las mujeres sabían que la menstruación no es algo sucio, sino la máxima manifestación del poder femenino creador de vida, y de nuestra vinculación con la luna y con el universo, como aprendí con el muy recomendable documental La luna en ti –del que ya os hablé aquí-.

 

Siglos de dominación patriarcal han instalado en la mentalidad de hombres y mujeres parámetros condicionantes de las relaciones de género: “la idealización mistificadora del amor por parte de las mujeres, quienes anhelan estabilidad y protección, y, por parte de los varones, temor y rechazo a la intimidad, disociación del modelo amoroso e intentos de dominar a su compañera sentimental”, en palabras de la psicóloga Irene Meler. Y ni voy a entrar en las trágicas consecuencias de estos roles, porque la violencia machista mata, y viola, mucho.

 

Lo advertía Fernanda frente a un auditorio lleno de mujeres universitarias: “La cultura patriarcal nos enseña cosas a las mujeres que más tarde o más temprano no nos llevarán por buen camino.” Por eso Fernanda defiende el instinto, el grito, el decir NO: “el hacernos un planteamiento crítico de lo que nos llega”. Me recordó a José Luis Sampedro, que siempre insiste en reivindicar el pensamiento libre, crítico, eso que las universidades, al servicio del capital desde hace décadas, se olvidaron de promover. Sampedro recuerda en estaentrevista que las mujeres seguimos sin haber desarrollado una voz propia.

 

La buena noticia es que muchas mujeres estamos despertando y comenzamos a escribir ese nuevo discurso femenino. Y que con ese despertar vamos arrastrando a nuestros compañeros, que lentamente se van dando cuenta de que, como dice el antropólogo Chris Knight en La Luna en ti, la opresión de las mujeres deriva de lo mismo que ha mantenido a todos los seres humanos desconectados del universo. Esa misma confusión, esa cortedad de miras de quienes, dentro de aquella caverna de la que hablaba Platón -¿o fue su hermana?- seguimos perdidos en una espiral de materialismo que nos lleva a la depresión y nos va encaminando inexorablemente a la autodestrucción como especie.

 

Eso, claro, si no despertásemos a tiempo. Pero estoy segura de que lo haremos.

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.