Mi mundo de adentro. En torno a Jorge Franco

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Advertencia necesaria: si usted es de esas personas de rígidos criterios y altura moral exagerada, que considera que uno no debe hablar ni bien ni mal de los libros que escriben los amigos, no gaste su tiempo y no lea esto, porque le advierto que voy a hablar bien del libro que escribió alguien a quien conozco y quiero. Para más inri, también me encargo del diseño y actualización de la actual página web de ese escritor, lo que significa que tengo muchos conflictos de interés que, según dirían los más resentidos, me deberían obligar a callarme lo que tengo para decir por honor, por decencia, por pudor. Bueno, pero amparada en la Declaración Internacional de los Derechos Humanos, hago uso de mi inalienable derecho a hablar sobre lo que me plazca, bien o mal. Por lo dicho anteriormente, les pido que se ahorren el comentario venenoso de que escribo esto cegada por la amistad; o que le doy palmaditas en la espalda al autor con alguna soterrada intención, básicamente porque la última vez —hace unos días—, que le toqué la espalda al autor, mis intenciones eran claras y precisas: felicitarlo por su obra.

 

 

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Isolda Echavarría Zur Nieden es una niña muy consentida. Vive en un enorme castillo en Medellín, que su padre, don Diego Echavarría Misas, construyó en parte porque quería vivir en un trozo de la Europa que tanto le había gustado recorrer, y en parte porque era un hombre extremadamente conservador que necesitaba de una buena cajita de cristal para preservar a sus dos tesoros más importantes: su hija, claro, y su esposa, Benedikta Zur Nieden, a quien todos llamaban simplemente Dita.

 

Depende de cómo se la lea, El mundo de afuera puede ser la historia que gira en torno al secuestro del dueño de El Castillo, Diego Echavarría, uno de los hombres más ricos y poderosos de Medellín, y de la perturbadora obsesión que el secuestrador, un tal Mono Riascos, ha tenido con la hija de don Diego. El puente que comunica al Mono Riascos con don Diego, en todo caso, es el recuerdo constante de Isolda. El Mono Riascos la evoca mientras recita poemas de Julio Flórez, y don Diego lucha contra esa evocación: su hija es intocable y el Mono Riascos no puede acercarse a ella ni siquiera con sus recuerdos.

 

Pero también, depende de cómo se la lea, El mundo de afuera también es la historia de una niña atrapada en un castillo, Isolda, y de su madre, atrapada no ya en un castillo, sino también en un país extraño y tropical. Esa fue la historia que yo leí, porque Isolda me recordó a la niña sobreprotegida que fui. A todas las que hemos sido la niña de la casa también nos han encerrado en un castillo, como a Isolda, y entonces el mundo de afuera no existe; no por lo menos con la misma nitidez y fuerza con que sí existe el mundo de adentro, el mundo de la imaginación, que nace del aburrimiento y el encierro. Me conmovió la recreación, precisamente, de ese mundo de adentro. Isolda, de imaginación febril, se metía a la selva —como llamaba su nana, Hedda, al jardín del Castillo— y jugaba con fantásticos conejos, los almirajes que tenían un cuerno en forma de espiral en la cabeza y que también lo podían recrear en su cabello. Es normal, claro, que una niña así, encerrada en un castillo así, encienda la curiosidad de todos los niños de la cuadra, incluyendo al narrador de esta historia, que parece invisible, pero deja su rastro de testigo, de observador, a veces muy cercano, de la historia de esa extraña princesa que a veces sale corriendo hacia la espesura de su jardín para que la peinen los almirajes.

 

Una vez, en el jardín de la casa en donde viví mi infancia, encontré un hueso extraño. Durante mucho tiempo lo escondí, porque sabía que si alguien me lo pillaba, lo iba a tirar a la basura. Pero para mí era un hueso arcaico, de un animal extraordinario que había habitado miles de años atrás en ese mismo lugar. Traté de reconstruir la historia del animal estudiando cuidadosamente el hueso y haciendo anotaciones incoherentes en un cuaderno, hasta que un día pasó lo que me temía: me pillaron el hueso y a la basura fue a dar. Fue hasta que leí El mundo de afuera que recordé la historia del hueso arcaico, porque tal vez mientras fui acercándome a la historia de Isolda, comencé a recordar, junto con el de ella, mi mundo de adentro.

 

 

 

Jorge Franco

El mundo de afuera

Alfaguara, 2014
302 páginas

 

 

 

Laura García nació en Colombia en 1985, pero hace muchos años que vive en el último pasillo del mundo: Chile. Es columnista de la revista colombiana Las2Orillas.co, corresponsal para América Latina de la revista OtroLunes.com (España, Alemania). Colabora regularmente con la edición impresa de El Espectador, el semanario mexicano La Jornada Semanal, y actualmente también con la edición online de la revista SoHo. En FronteraD ha publicado Ricardo Silva Romero, de viva vozLa fuerza de la razón en Chile. En Twitter: @LaZapaquilda

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Autor: Laura García