Mi primer encuentro con Paloma (in Memoriam)

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Era la madrugada de un Año Nuevo de hace muchos años. Debían de ser las cuatro o las cinco y yo llevaba ya horas dormido. Lo recuerdo bastante bien. Salía de una mala relación y esa Nochevieja me había ido a la cama mucho antes que el resto de amigos, poco después de las uvas, si es que las tomamos. No sé bien si los amigos habían bailado o reído o bebido más de la cuenta en la otra parte de la casa, pero al despertar en aquel cuarto a oscuras pude advertir que estaba todo quieto, en silencio, con una luna casi llena suspendida en mitad de la ventana. Mientras me revolvía entre las sábanas sentí de pronto un suave respirar, en otra cama algo más baja y casi pegada a la mía, y al incorporarme vislumbré un cuerpo de mujer –o, más bien, la melena de una mujer- que dormía apaciblemente de espaldas a mí, en medio de la penumbra. Pasé la mirada detenidamente por la espalda, discreta y oculta tras una colcha floreada, y me detuve después en su hombro desnudo, que sobresalía como un bello promontorio tenuemente iluminado a la luz de la luna. Conjeturé quién podía ser mientras intentaba poner en orden los recuerdos de aquella noche hasta la llegada a esa casa destartalada. Otras chicas habían venido con nosotros esa noche, pero la que dormía a mi lado solamente podía ser la guapísima hermana de Pilar. Me la habían presentado esa tarde, en la calle, poco antes de que el grupo de amigos fuéramos a cenar a un chino, probablemente el de la calle de Montague, en Brooklyn Heights. Yo había estado taciturno, hosco, más callado que de costumbre. Tras la cena habíamos bajado por las recoletas calles del barrio a tomarnos unas cervezas al Montero, al final de Atlantic Avenue, casi al borde del agua. Era una noche templada, otoñal todavía, pese a la fecha. De allí, como otras muchas noches en aquella época, los amigos nos habíamos internado por el antiguo Waterfront, entre hangares herrumbrosos y casuchas medio abandonadas. Durante el largo paseo se cruzaron algunos gatos y recuerdo que un borracho se pegó a nuestra comitiva y luego nos invitó a una bodega regentada por dominicanos. Yo creo que fue allí cuando me despedí del grupo y pedí las llaves de la casa. Gonzalo me las dio… Pero a lo mejor no fue así. A lo mejor Gonzalo y los demás llegamos algo achispados al caserón que se erigía entre una antigua fábrica y un descampado; y mientras ellos seguían la fiesta en el salón del fondo yo me fui directamente a dormir. Así debió pasar seguramente. O así es como yo quiero recordarlo. El caso es que esa madrugada, hacia las cuatro o las cinco, desperté y me encontré con aquella joven dormida a mi lado. No hice sino contemplarla y admirar su melena y su pálido hombro, aún más pálido por los reflejos de la luna, mientras la luna se iba poco a poco diluyendo y se colaban por el vano de la ventana las primeras luces del nuevo día.

Nacido y criado en Madrid, José Luis Madrigal ha pasado la mayor parte de su vida adulta en el mundo anglosajón. Vivió varios años en Londres y desde 1986 reside en Brooklyn, Nueva York. Es profesor titular en el Queensborough Community College y el Graduate Center de la Universidad de Nueva York (CUNY). Publica con cierta regularidad trabajos sobre atribución textual. En 2002, provocó algún revuelo al proponer que el Lazarillo lo había escrito un humanista toledano, Francisco Cervantes de Salazar, atribución que el mismo desecho años después tras darle muchas vueltas al asunto. Actualmente defiende otra candidatura más fundamentada, pero tras el traspié anterior prefiere no airearla demasiado. Algunos de sus trabajos están disponibles en la red. Digamos para terminar que le gusta leer, conversar con unos pocos amigos afines y contarle historias a su hija de siete años.