Mi primera ‘sex tape’

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Tengo un amigo que es una locaza. A su lado me siento como la Lola Flores con su Golosina. Chilla y agita las manos al aire y le gusta correr con tacones y calzarse vestidos de Versace. Pero a veces se pone serio, me mira fijamente y me dice cosas que me hacen pensar. Así me pasó hace dos miércoles. Hoy no eres nadie, chica, me dijo, si no tienes una portada en Interviú y una sex tape. Lo del Interviú se lo dejé pasar, porque sé que tiene un punto de España cañí, de mariquita de provincias venida a la capital, que no puede quitarse de encima. Ni quiere. Pero con la sex tape llevaba razón. Ya sea en compañía, que es como se disfrutan esas cosas, o en plan concejala manchega, en la soledad de tu cuarto, con tu teléfono para enviárselo a tu amante futbolista. No le di mucha importancia. Porque si le haces mucho caso a mi amigo se le sube la pluma a la cabeza y se cree un ministro. Pero en cuanto llegué a casa me puse a darle vueltas al asunto.

 

¿Y tú, Jasmín, porque no tienes una noche loca de las tuyas colgada en el Youtube? ¿Por qué no te miran los hombres del barrio entre deseosos y temerosos por haberte reconocido? ¿Por qué no hablan de ti ni estando todavía vivita y coleando? Así que me puse manos a la obra. Encendí mi ordenador y escribí el guión, la escena que me lanzaría al éxito, con una cámara estratégicamente colocada sobre la cómoda y un plano que abarca todo el colchón pero también el espejo del armario, que da mucho juego, y que queda rematado con el Cristo crucificado sobre el cabecero. Que los tríos, aunque uno sea suplente y de escayola, siempre dan más morbo. Busqué después el vestuario en el cajón de la lencería fina. Vamos, el de las bragas. Pero recordaba que tenía un liguero vaya-usted-a-saber-por-qué y wonderbra que no es tan wonder. Cambié las sábanas. Puse las negras, de satén, porque brillan mejor en cámara. Y después contemplé mi pequeño estudio como Spielberg debió mirar sus dinosaurios hidráulicos.

 

Solo me faltaba dar la orden de acción. Y entonces me percaté de que me faltaba lo esencial, un partenaire de baile, un actor secundario, un tío, vamos, que completase el dúo necesario para echar un polvo. Paris Hilton lo tuvo. Y Pamela Anderson, que fue quien inventó todo esto en los noventa, antes de que las políticas hispanohablantes acaparasen la atención y los megabytes. Así que me lancé a la calle, noche ya cerrada de miércoles, buscando un hombre apuesto, terso y con un buen perfil derecho, a lo Julio Iglesias, que es el que se vería en plano. Frustrada, cautiva y desalmada me volví a casa sola tres gintonics después, con más rabia en el cuerpo que alcohol. Ni en mi noche de Oscar tuve un mal Mariano que llevarme al colchón. Y entonces me acordé del plan B, el de las bobas con dedos largos y sostenes de encaje: montármelo sola. Primero me asustó la idea. ¿Tú, Jasmín, que tuviste más amantes que amigos, más noches que días, más fantasmas que parques paseados, vas a estas alturas a hacértelo sola solo por buscar una fama erótica que te levante la lívido? Pues sí, yo sola. Y como se hacen estas cosas, con el ordenador directamente. En plano medio. A medio pixelar. Sin zooms ni travellings ni flashback. Una toma. Monólogo en vez de diálogo. Una canción de Coltrane de fondo, jazz del duro. Me desnudaría, poco a poco, deslizando mis manos por mi cuerpo, mirando a la cámara, al internauta en la oscuridad de su habitación con las persianas bajadas. Y… Bueno, ya saben, seguiría con mi vídeo. Pues bien, han pasado dos miércoles, no he cambiado las sábanas, ni devuelto la lencería al cajón de los deseos perdidos, ni cambiado una coma del guión, y en esas sigo. Dispuesta para convertirme en trending topic si supiera cómo carajo se enchufa la webcam.