Mi vida en las sombras: Limpiar el espejo del baño (a las dos de la madrugada)

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Limpiar el espejo del baño. Pero son las dos de la madrugada. Y a quién le importa.

A mí. Al futuro de mi reflejo y a mi (auto)estima.

Hace tiempo que no me miro tanto en el espejo, así que es raro que me intimide (que me deje intimidar) por esa prospección inaudita que es el deseo, la potencialidad del deseo que se reconoce en uno como reflejo de otros que la han percibido, visto o la verán.

El yo como futuro ahí apresado en la querida longevidad del espejo de un baño, de mi baño.

Son las dos de la madrugada y podría estar haciendo muchas otras cosas: leer, masturbarme, tomar una VollDamm o seguir una meditación guiada.

Pero no. He limpiado el espejo del baño y ahora me siento bien.

Ella siempre me cambiaba las luces, cuando vivíamos juntos. Las luces del baño. Yo las ponía refulgentes, limpias, claras, blanquecinas. Y ella las quitaba -sin decirme nada-. Las cambiaba por luces mortecinas y apagadas, amarillentas. No le gustaba verse bien en el espejo. Apenas quería que el reflejo le devolviera una sombra aparente de sí, una idea que no pudiese ser revocada por el vicio de las sombras. Una idea prototípica de lo que pensaba era arquetipo del deseo de los hombres: esa sinuosidad misteriosa de lo que apenas se percibe bien, con claridad, sino apenas diametralmente. Ella codiciaba ser indicio y yo moría en mi fe por la forma contundente, inquebrantable y cierta.

Por eso no me ha sorprendido (aunque sorprenderse no sería el verbo adecuado) ver corretear una sombra ahora por mi baño. Mi baño, ahora sí, bien iluminado.

Una cucaracha enorme. Y no es esto metáfora. Una cucaracha gigantesca y con sus colosales antenas se ha paseado por delante de mis pies. Y me he asustado. Me he asustado mucho y he salido corriendo del baño.

No la pierdas de vista, me he dicho. Porque estas se dan a la carrera y se te escurren por las esquinas, por los huecos. He cogido el mocho (sin dejar de vigilar la puerta; no fuese que tratara de engatusarme) y he comenzado a dar golpes contra el suelo y la cenefa. Y se ha escondido. La he perdido de vista.

Las cucarachas son como los niños.

Meten la cabeza debajo de algo y piensan que ya no puedes verlas. Y eso que sus ojos les conceden casi 360 grados de visión. Pero la tenía de espaldas a mí, su cabeza en las sombras. Su cuerpo, empero, visible a la luz blanca y potente del baño.

Se había escondido en una de las esquinas del servicio, justo al lado del wáter, debajo del manguito extensible que desagua el inodoro.

Con parsimonia la he obligado a salir, con el mocho, girándolo incesantemente, pero muy poco a poco, metiendo cada vez con más insidia adentro de su escondrijo las extremidades tentaculares de microfibra del mocho. Hasta que ha sido consciente de la inutilidad de su escondite y ha decidido jugársela, a la desesperada, subiendo por la pared (¿desde cuándo las cucarachas escalan paredes?, me he preguntado).

Y esto ha sido su perdición. Ya ahí sí que no podía escaparse.

Te tengo, pensé. Maldita.

La he espachurrado con el mocho contra la pared.

Y así tremenda ha sido la meada que le he echado por encima luego, ya lanzada aun pataleando al wáter, justo antes de estirar la cadena. ¿Es que acaso es inmortal esta cucaracha?

Al girarme, sin dejar por ni un solo segundo de vigilar mi reflejo en el espejo del baño (ahora ya limpio) he pensado que no hay nada más asqueroso en el mundo que una cucaracha. Pero también me he acordado de que la blatofobia es el miedo patológico a las cucarachas. Y de que las cucarachas han cambiado muy poco desde su aparición en el Carbonídero, hace unos 300 millones de años.

Será que no estamos preparados para confrontar nuestro pasado, me he dicho en alto, pensado en ella, en la cucaracha y en mí mismo.

 

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