Mi vida en las sombras: qué no es amor

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Henry Flores Ceballos

 

Fue ese gesto; cuando ella se giró. Así. Cómo. Como quien dobla feroz un papel de plata.  Lo arruga rápido y se estruja dócil y servil entre los dedos. Esos crujidos. Ese crujir. Y no tanto del corazón como de las costillas. Ese dolor fantasmal que amenaza con hundir tu línea de flotación.

Que no es amor, vaya por delante.

Qué no es amor.

 

Se podía advertir en la frialdad curiosa de su rostro, desdecida por el brillo de los ojos, por la comisura de los labios ligeramente ladeados hacia su izquierda. Esa picardía del alma que se le reflejaba en las orejas, sobresaliendo por entre el pelo lacio.

Pero, sobre todo, sospechaba él de esa risa quimérica que adivinaba en ella.

Ese contorno del dolor placentero que ya había perfilado en la periferia de su cuerpo y al que solo le falta definirse, mínimamente, para poder explotar en su boca.

Venga, va, que explote, se decía; no puedo permitir que me falle la intuición.

No ya esta vez.

 

La había conocido unos pocos días atrás, aunque ya sabía de ella por los periódicos. Internet. Las redes sociales. Había escuchado su voz en entrevistas en la radio, en la tv. La conocía -sin conocerla- desde muchos años atrás.

Ahora era, sin embargo, diferente. Como siempre sucede cuando una imagen se hace real, de carne y hueso. Que es lo que esperábamos, pero no. Pero no exactamente lo que esperábamos.

Su voz, su voz era diferente.

Quizá porque ahora es más mayor, pensaba. Quizá porque ya no la recuerde bien. Y piense en un eco, en la irradiación tenue de una voz (casi) olvidada.

 

Aunque, pensándolo bien, tampoco es que hablara tanto.

 

Trataba de recordar las cosas que ella le había dicho en los últimos días (los azares habían querido que de no conocerse hubieran pasado a casi no separarse).

Estaba eso, la risa. Que, sí, que había explotado -al fin-, pensaba mientras caminaba solo de vuelta a casa, chequeando el teléfono a cada minuto por si ella le escribía algún mensaje (deseándole buenas noches, mandándole un beso; algo. Algo).

Pero no.

Estaba la risa, sin embargo. Sí, la risa. Le quedaba la risa. Esa explosión finalmente consolidada (aunque fugaz) en su rostro. Es eso lo que iluminaba su caminata nocturna ahora, por las calles de la ciudad. Violentando el toque de queda.

 

Se quitó los zapatos. Al llegar a casa. Sentado en la cama, las manos entrelazas sobre las rodillas. Sintió un escalofrío y fue a coger una cerveza a la nevera. Como quien quisiese destruir las llamas de un incendio con más fuego.

Era el tercer día seguido que se venían viendo.

A veces, pensó, no queda más que bordear el abismo. Rezar porque alguien nos empuje. Para caer valientes y definitivos a la oscuridad más larga.

Mientras tanto, espera paciente con su VollDamm fría en la mano.

Y el dolor en las costillas; ese no querer queriendo de los que saben que el amor no se negocia, que apenas cabe gozarlo dolorosamente. Sin remedio (y sin esperanza).

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