Mi vida en las sombras: vienen los polis

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Sucede casi todas las noches, o muchas noches. Que frente a mi balcón me encuentro a la policía en la calle. El coche, solo, normalmente. Las luces encendidas. Pero el auto estacionado en el carril bici. Sin nadie dentro.

A veces los veo entrar en ese portal. El número doscientos y pico. Y salir.

A veces acude otra patrulla de refuerzo. Motoristas. Se quedan, en algunas ocasiones. Se marchan, en otras. Depende de la gravedad del caso (hipotetizo). Aunque, de momento, no he visto salir a nadie detenido de ese portal. El doscientos y pico.

Hoy, sin embargo, no han venido.

*

El cielo amagó lluvia todo el día; con ese airecillo que lo mismo dicta el compás de las gotas futuras que es farol meteorológico. O nada.

Y hoy fue un día un poco de nada. De fin, de finales. De esperar a los polis como quien espera a Godot. O al premio menor de la lotería del fin de semana. La quiniela.

Son ahora esas horas mágicas en las que siempre se escriben estos textos: esas que periferian a las dos am. Y tenía una idea genial para terminar este texto, pero la he perdido. A la idea o a mí mismo. Quiero decir, el control de los recuerdos.
Porque recuerdo que tenía una idea buenísima para este texto que, sin embargo, se ha esfumado. Recuerdo, pues, un olvido.

Así que no me queda más que dar testimonio hoy de la ausencia.

Tampoco es cosa de gran épica, la venida de los policías. Se trata de pisos turísticos. En fin, lo de siempre: ruidos, correteos, gritos, música alta… lo que viene siendo ese turistear de baja intensidad de quien viene de juerga a una ciudad desconocida.

Normalmente grupos de chicos solos.

Alguna parejita.

Chicas no.

*

Me he asomado al balcón ahora a fumar un cigarrillo y he visto pasar, rauda, a una chica en una bh verde. Llevaba los consuetudinarios vaqueros cortados y un top, bambas negras. Iba veloz; así que apenas la vi un segundo. Vi cómo su sombra se desvanecía.

Por lo demás… pero, me pregunto, ¿de dónde vendría? ¿Cuál será su destino?

El misterio siempre sucede así: algo inesperado aparece de la nada y nos deja sin pistas. Lo que no quiere decir que necesariamente nos interese o altere nuestra rutina. Pero queda ahí. Al amparo de las sombras. No como los polis, que por muy rápido que lleguen, se anuncian. No son misterio ni drama. Son, más bien, como ese airecillo enrarecido que se asemeja al airecillo previo de la tormenta, pero que no es anuncio así como tampoco enigma.

Por eso, en realidad, da igual que hayan venido hoy los polis o no.

Lo importante es que les esperábamos (y no vinieron). Ese es el misterio: saber qué es lo que hoy ha alterado las costumbres del turisteo de los pisos de las fincas de enfrente. Qué habrá sucedido en sus vidas para que hoy no griten, canten, se peleen, bailen o pongan la música a un volumen alto.

Quizá, quien sabe, siguen todavía perdidos por la ciudad; acaso aun no hayan regresado a su temporal hogar barcelonés, y sigan disfrutando de estas horas turbias en las que todo esto se escribe, en tanto que esperamos que algo suceda, que un olvido descubra su velo y nos revele una verdad sigilosa.

O es que acaso hoy los polis no fueron a trabajar.

Se declararon en huelga…

Eso sí que propiciaría el comienzo de una interesante intriga.

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