Miedo a pararse

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1. Emitir continuamente nos salva de la escucha. Este mundo no iría tan deprisa si no temiese el vacío que resuena en cada minuto de tiempo muerto. Por eso estamos tan ocupados, desactivando el viejo demonio de una vida mortal, única, sin cobertura.

 

2. Cuando dejamos la protección social, resuenan todavía los espectros de lo real, unos fantasmas para los que no tenemos ya ninguna tecnología, mental ni corporal.

 

3. De ahí que nuestra ficción colectiva huya de eso con la diversión obligada, la actualización, la interactividad, el perpetuo cambio de canal.

 

4. El estrés nos protege del silencio. En cada instante de parada, de soledad, de silencio, puede volver un tipo de preguntas para los que no estamos preparados.

 

5. El miedo a quedarse solo, sin visibilidad social, marginado, es tan viejo como el mundo. Pero ahora ha alcanzado dimensiones incomparables debido a nuestro desarme moral ante lo indefinido. La alta definición (imagen, modas, nivel de vida) nos protege de la noche, de la duda.

 

6. Además de desarmarnos, esta marca continua implica un nuevo tipo de discriminación potencial hacia lo lento y complejo, «sin marca». Nunca ha sido más fácil ser invisible, quedarse solo, ser «raro»: basta con dejar de interactuar, tener un mal día, quedarse atrás.

 

7. La visibilidad obligada, el ansiado reconocimiento y la popularidad han hecho incomprensibles las oscuras complejidades de nuestro ser. Así pues, estamos siempre cerca de ser ignorados o maltratados. Este miedo nos obliga a actualizarnos, a actuar sin parar. Nuestra sociedad es así una masiva escuela de estrellas.

 

8. Nuestra pasión por las minorías, por las diferencias reconocidas y comercializables, ¿no oculta este maltrato mayoritario de una sombría condición humana?

 

9. Ahora bien, al dejarnos invadir por este dogma de la visibilidad y el espectáculo, dejamos la singularidad de vivir a los bárbaros, a los malvados. Recordemos la impunidad actual de los asesinos.

 

10. ¿El género de terror, el terrorismo, no es el reverso de nuestra vocación «americana» por una luz espectacular? Buscad una película de terror que no comience con la parada, con una detención de la velocidad que nos protege.

 

11. Es imposible. Y este pánico adolescente al silencio explica también que todos los actuales momentos de espera (teléfono, transporte, médico) estén entretenidos con una banda audiovisual encantadora.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.

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