Mientras nieva

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Medianoche, llovía, pero hace rato que todo se ha quedado en silencio. Sin duda es la señal. Me levanto del ordenador, me cambio de gafas, camino hacia la ventana, las manos apoyadas en el radiador. Ha empezado a nevar. El cielo está encendido. En estas fechas de vuelta al trabajo seguramente alguien volará por encima y contemplará desde la ventanilla del avión el revés de esta borrasca engendrada en los mares atlánticos, como un rosado algodón de azúcar creciendo entre vientos alisios y contralisios. Miro la calle cuajándose, nadie la ve más que yo, todas las ventanas vecinas están echadas. Desde luego aquí no está la noticia, sino en Madrid. Un artículo es como la nieve, también tiene miles y millones de caprichosas formas geométricas, de modo que decido hacerlo desde Madrid. Aunque allí todavía no esté nevando. Pongo un disco de Pat Metheny, apago las luces y Madrid ya se ve desde la webcam. Ahora miro las cosas como si lo hiciera desde la ventana de un apartamento en Sol, en la misma acera donde vivía, entre suelos de periódicos y paredes con llanto de témperas, aquel pintor de la Movida llamado Ceesepe. Otras noches como esta, hace ya mucho, yo esperé a ver la nieve en Madrid por primera vez, en aquella vaguada norte y boscosa de Metropolitano, entre viejos cedros del Líbano, el piano de luces del rascacielos enfrente de mi habitación, y aquellos interurbanos que me despertaban con sus frenazos de látigo en la rotonda del Marqués de Comillas. Entonces era real. Ahora, solo una ilusión. Un capricho. Todo sea por escapar un rato de la realidad y hundirse en memorias olvidadas, en ficciones que pasean este Madrid mítico del eterno retorno. «El mito cuenta una historia sagrada; relata un acontecimiento que ha tenido lugar en el tiempo primordial, el tiempo fabuloso de los comienzos», dice Mircea Eliade. Un joven con gorro camina cabizbajo por la plaza mirando su móvil, una mujer de abrigo blanco deambula y balancea su paraguas cerrado. Se les hace tarde el toque de queda. El viento golpea en la cámara. Ah, Madrid. Lo sé. Sé que cuando empiecen a caer los copos, esta noche, mañana, toda la vida, no podré sentir su efluvio, su parva humeante de hielo, su aliento de muerte blanca. Qué pequeña y amanosa se ve Madrid en mi pantalla. Es más de la una de la mañana y todavía pasea gente por encima de la ley, los subterráneos y las temperaturas bajo cero. Y yo entretanto sigo aquí, entre dos mundos y dos nevadas, entre el mito y el logos, mirando todo y nada. La meteorología y la nostalgia son así, enloquecen. Los camiones de basura, las furgonetas de emergencias, las máquinas quitanieves preparadas, una grúa y los operarios quitando las luces de Navidad en la Puerta del Sol. Me doy cuenta de que yo también, como esos pasajeros imaginarios de un avión, me he acostumbrado demasiado a mirar desde arriba. Habrá que bajar un poco a la tierra. Apago el ordenador, me levanto, me cambio de gafas. El resplandor en las ventanas. Salgo a la calle. Una manta de cotón sobre el asfalto, la corporeidad del frío internándose en la madrugada. Nadie en las ventanas. Ninguna webcam cercana. Doy unos pasos y ya se me entierran los pies en esta suavidad de desierto blanco. Aquí, en este rincón, este cornejal del país que no es noticia, bajo la lluvia de dendritas y la vieja ilusión, parece como si uno estrenara cada año, en cada nevada, la tierra lunar de un nuevo mundo crujiendo bajo los pies. Mañana habrá que escribir sobre la nieve.

 

 

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