Milana bonita

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Quién podía imaginar que todos esos políticos jóvenes, esos políticos soberbios por adolescentes, iban a ver temblar la tarde/noche del 26J el contenido de sus copas como si se acercase el tiranosaurio...

 

Mientras Rajoy botaba en un ejercicio aeróbico imprevisto (semejante victoria bien vale un exceso, o varios), el resto de los candidatos se agarraba adónde podía en medio del terremoto causado por el movimiento de ese hombre que no está capacitado, según ellos (y al contrario de lo que piensan hoy ocho millones de personas), para gobernar España.

 

Quién podía imaginar que todos esos políticos jóvenes, esos políticos soberbios por adolescentes, iban a ver temblar la tarde/noche del 26J el contenido de sus copas como si se acercase el tiranosaurio. Rajoy ha actuado como el gran depredador prehistórico frente al que casi nada se puede hacer una vez efectuada con éxito la clonación, según la teoría de Michael Crichton.

 
Rajoy tiene el ADN conservado en ámbar, que tiene un color parecido al naranja de Rivera cuyo centro corre peligro de ser objeto constante de asaltos como la ciudad de Trieste: un día puede ser austríaca y al siguiente italiana. Pero no parece correr ese peligro, sin embargo, el propio Albert, que al estar siempre en el centro de los centros nunca le alcanzan las evisceraciones como le ha sucedido a Villegas.

 
A quién si parece haber afectado la ausencia del famoso sorpasso (al final éste hizo como Picasso: que siempre decía que sí a las invitaciones y en el último momento aducía motivos sobrevenidos para no acudir) es a Pablo Iglesias, que entonó un rap corto y triste, modo soleá. El único que sonreía ayer en el partido conglomerado de las sonrisas era Garzón (a quien tanto valoran los españoles), de tal forma que temí que en su intervención sólo acertase a decir: «milana bonita». Y creo que al final fue lo que dijo. O eso o algo del heteropatriarcado, ya con Mariano elegido heteropatriarca en las urnas.

 

Al último que vi fue a Pdr, que caminaba por la sede de Ferraz rodeado de sus amigas y amigos y compañeras y compañeros con el gesto del perdedor complacido, vaciado, y al tiempo si ese gesto no es como si el duelista D’Hubert al fin hubiera vencido a Feraud obligándole a dejarle en paz, en este caso a no decirle que no para intentar formar un gobierno con ochenta y cinco escaños después de haberlo intentado con noventa. Sería el colmo de esa adolescencia que podría haber llegado a su fin de un modo shakesperiano, no en Verona sino en Génova, con un beso casi arrebatado en el balcón.