Miles de hombres malos

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Imágenes del asalto al Capitolio de Estados Unidos el día 6 de enero tomadas por ‘ITV news’.

Ayer, a última hora de la tarde -hora española-, un número considerable de manifestantes trumpistas irrumpieron en el Capitolio de Washington, cuna de la democracia en los Estados Unidos de América. No fue una protesta, fue una insurrección, tal y como declaraba el mismísimo Joe Biden, presidente electo del país, durante la contundente comparecencia que protagonizó, precisamente, mientras la seguridad de la Cámara de Representantes de una de las democracias más importantes del planeta era puesta en entredicho. «En estos momentos, nuestra democracia se halla bajo un ataque sin precedentes», dijo Biden; y no era para menos: tras varios mensajes emitidos por el propio Donald Trump en las horas previas al desorden, en los que alentaba a sus partidarios a salir a la calle y revertir lo que él mismo denomina -infundadamente- como un robo electoral, varios centenares de simpatizantes asaltaban violentamente el lugar donde estaba siendo ratificada la victoria de su rival en las elecciones del pasado mes de noviembre. Claro, si los auspiciaba su líder…

La actitud de Trump no era nueva, desde luego. Llevaba ya unos meses hablando de conspiraciones, fraudes y artimañas; pero las cosas jamás habían llegado tan lejos. A pesar de seguir en el poder, en ese impasse que se conforma durante la noche de las elecciones y que se prolonga en el tiempo hasta la toma de posesión del nuevo presidente, lo más parecido a gobernar que había hecho había sido similar a establecer un gobierno de oposición en el exilio; un exilio de la Casa Blanca sometido a votación, y, sobre todo, amparado por el escrutinio.

Tiene Juan Mayorga una obra de teatro titulada Siete hombres buenos en la que, precisamente, habla de un gobierno de oposición alternativo -y autoimpuesto- que se encuentra exiliado en un país vecino. Recuerda al caso de Trump, proverbialmente, porque, tras un tiempo de soflamas, llamadas a la rebelión y sueños incumplidos, cuando al fin llega el momento de movilizarse -porque el pueblo, aludido, se había movilizado ya-, encuentran todos una excusa para el inmovilismo. En el caso de la obra de Mayorga, un acto de insurrección militar había abierto la veda para sustituir al dictador que llevaba treinta años presidiendo. Aquí, la Historia ha sido mucho más burlona: no en balde, el asalto fue iniciado para que el sujeto que llevaba cuatro años como presidente del Gobierno siguiera al frente del Ejecutivo. Pero, ¿qué más? Donde mayores similitudes encontramos con la obra del dramaturgo madrileño es en el juicio ya emitido: tras varios días incitando a la revuelta, y al llegar el momento pretendido, se esfuma como una colilla y alza el vuelo. ¿Qué pensaba, que la gasolina no iba a arder? «Treinta años a punto de sublevarse», escribe Mayorga; aunque en el caso de Trump, afortunadamente, ha sido cuestión de poco más de mes y medio. «No peca el hombre de impaciente», desde luego, como diría el personaje de Rogelio.

En la historia de Mayorga, cuando por fin llega el momento de volver a casa y asumir las responsabilidades que llevaban años fingiendo, la mayoría de los personajes se detienen: uno, que recompuso su vida y se casó de nuevo, no encuentra motivos para el regreso; a otro le asusta enfrentarse al pasado; el de más acá sólo quiere volver para sustituir al primero; y el de más allá, directamente, tiene miedo. «No es lo mismo estar en el exilio que ser un exiliado», dice, de nuevo, el personaje de Rogelio; y en este caso es tal y como Donald Trump ha vivido sus últimos momentos: exiliado, hundido y huyendo; hacia delante, pero huyendo.

Desafortunadamente, el daño se mantiene: en la obra de teatro -como ocurrió en Estados Unidos, y en comparación-, el asalto sólo duró una pequeña fracción de tiempo, pero miles de vidas -de hombres malos y de hombres buenos- quedaron marcadas para siempre: en la ficción, murieron; aquí, la brecha es evidente.

Tal y como dijo el periodista Carlos Franganillo en el especial informativo del canal 24h. de RTVE, a pesar de que Donald Trump desaparezca de la política definitivamente, todavía nos quedan varios años de trumpismo. Por mucho que haya reculado -sin dejar de decir que el resultado electoral es un robo-, la mecha sigue encendida, y él ya es -como tantos otros- el último mono. Sucede, al final, lo que decía el personaje de Marcial en Siete hombres buenos: «Nunca pensamos que nos costaría tanto abrir esa botella, ¿verdad? Cuando llegabas aquí, si allí habías sido alguien, tenías que olvidarlo cuanto antes y aceptar cualquier empleo, pero no intentabas nada demasiado serio porque creías que el regreso era inminente. Hasta que comprendías que la cosa iba para largo». ¿Qué es lo que dirían, acaso, miles de hombres malos?

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1 COMENTARIO

  1. En una entrevista a Juan Mayorga publicada en el Mundo el sábado 9 de enero a la pregunta que le hace Darío Prieto sobre qué le parece la asistencia “a una época en que el poder usa las palabras para controlar a la población” responde: “El lenguaje es el asunto político por antonomasia. Qué hacemos con las palabras y qué hacen las palabras por nosotros. Los seres humanos somos seres atravesados por palabras. Y esas palabras nos llevan a la acción o la inhiben, nos hacen amar u odiar, despiertan en nosotros esperanzas y miedos. Estamos teniendo esta conversación el día después de haber observado a unas turbas cometiendo actos gravísimos (el asalto al Capitolio de EEUU), que han sido en buena medida impelidos y armados por palabras. Y hoy estamos asistiendo a justificaciones de esas acciones, también a través de palabras. En este sentido, todo trabajo que hagamos es poco”

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