Militar en la fragmentación

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La gente de a pie, en su mayoría, ya está especializada en sobrevivir, caiga lo que sea sobre sus espaldas. ¿No deberíamos esperar de los políticos, gremio tan numeroso y mimado por el Estado, una distancia con el estrés de lo actual y una cierta previsión de futuro? El problema es que el activismo dominante, de las reuniones grupales al cotilleo sectario, de las manifestaciones callejeras al intercambio de cromos en Facebook, es la forma ideal de que nada de afuera entre en la malla del particularismo, en la empresa privada de los intereses sectoriales, profesionales e ideológicos. Estamos, ciertamente, muy ocupados. Casi veinticuatro horas al día ocupados en desalojar el tiempo, un tiempo y espacio comunes, a través de este nihilismo hiperactivo. Cada uno a su manera, sumergidos en un frenesí protector, ¿quiénes –diría Badiou– toman distancia con la situación para que se produzca un acontecimiento, para empezar, el acontecimiento de la percepción?

 

El fetichismo de la diversidad devora cualquier experiencia de lo común: éste es también otro aspecto del Estado-mercado que ha sustituido al Estado-nación. ¿El “anticomunismo” de nuestra sociedad es el que explica que, incluso en una nación al borde de la ruina, cada militante y cada partido, cada banco y cada empresa, cada ministro y cada político opositor, siga aprovechando las aguas revueltas de lo que se llama “crisis” para reivindicar su parte del pastel? Mantener las posiciones, extender la propia labor de zapa y, sobre todo, un rumor constante: emitir. Y esto no sólo en oposición al gobierno, sino cada ministro de un gobierno y cada líder de la oposición frente al resto. Cada gobierno europeo y cada autoridad individual de Bruselas extienden calumnias, chistes y versiones contrapuestas. Todo ocurre como si, también en el plano ideológico y político, la cosa pública hubiera desaparecido a manos de los mil intereses privados. ¿Se han privatizado también las convicciones políticas para ser un mero instrumento del interés particular?

 

¿Recortes? Asistimos ante todo a un recorte del Yo, a la privatización de una antigua ideología que se ha convertido gradualmente en empresa del nombre propio, conectada a ser posible a un nosotros. El cuidado de mi imagen, mi salud y mi cuerpo. Mi blog, mi piso y sus emblemas. Mi editorial, mis amigos, mis marcas favoritas, mi muro en FB, mis fotos, mis historias secretas y ligues. Primero y después, el pequeño narcisismo de las diferencias, las últimas tonterías de moda que mantienen la cohesión de uno mismo y su círculo. ¿Cada radical, instalado en el pequeño mundo de referencias que puebla su casa, sólo lee y mira las películas que le confirman en su minoría reconocible?

 

No se trata de volver al individualismo –estamos sumergidos en él, chateando desde él a todas horas–, sino a la individuación, a una forma de vida que es siempre un comienzo de otra comunidad. La llamada crisis no ha hecho más que acentuar todo esta histerización de la identidad. ¿Cualquier posible movimiento colectivo no está drenado de antemano por este recorte, esta huida de la existencia común al Yo y su sectario nosotros? ¿No deberíamos recuperar de una vez la violencia común de vivir de la que hemos sido expropiados?

 

Como todo el mundo emite sus logos, ¿quién escucha, quién atiende a los signos exteriores al panóptico informativo y a la seguridad de la alternancia? Se quiera reconocer o no, las redes sociales son parte de este narcisismo expandido, de este nuevo pacto social de un aislamiento que se limita a “seguir” tweets en cadena. Se comunica el aislamiento, se masifican ítems breves con faltas de ortografía, “ja, ja” cómplices, eventos de grupo, citas privadas, cifras silenciosas. Y esta dialéctica entre aislamiento real y comunicación virtual es más causa de la crisis que su efecto, pues el oscurantismo de cada identidad, encerrada en su idiotismo con respecto a la vida, ha servido una opacidad de base. Una miríada de secretos privados mantiene el espejismo global de la transparencia, como los pixels lo hacen con una fotografía.

 

¿Burbuja inmobiliaria? No, seguimos viviendo en una ilusión más amplia, una especie de burbuja mental. Dentro de ella, oculta tras una provocadora libertad de expresión, se da el “recorte” de la libertad de percepción, de la libertad de pensamiento y de acción. La “crisis” es la disculpa ideal para que aceptemos apretarnos más que nunca, y no precisamente los cinturones. Bajo el manto de la cobertura informativa y el “efecto mariposa” de los mercados nos juntamos como aquel grupo abigarrado en el camarote de los hermanos Marx. La “crisis” es el nombre que le damos al hecho de que nadie se atreve estar a solas en una habitación vacía antes de tomar una decisión. Dentro de esta angostura existencial se da el recorte de las conciencias, los estilos de vida las ideologías hasta la medida que exige la atenuación media.

 

Esta deriva “anticomunista” de la sociedad se adivina también en el silencio del individuo en los lugares públicos, en la ignorancia del intelectual medio, en el sectarismo de las distintas tribus urbanas. El endurecimiento del gobierno contra la oposición, de la oposición contra gobierno; de los sindicatos contra la patronal y viceversa; de la juventud, contra todo el mundo. Por supuesto, con la coartada de que en la anterior legislatura se hizo lo mismo, la situación se perpetúa. Cada cual saca su tajada de la crisis, que en este sentido “genera empleo” y no sólo para los periodistas. Individuo, familia o empresa, cada átomo social es un iceberg con nueve décimas partes sumergidas, islotes conectados por el estruendo de los medios y el deporte.

 

Sería urgente, por ejemplo, pensar la situación, lejos del miedo y rencor, no en términos “de clase”, sino bajo la óptica de una no-clase común, una amor vago por la humanidad. Un análisis de clase es legítimo, por supuesto, y a veces imprescindible –los mineros asturianos y leoneses, al borde de la desaparición–. Sin embargo, un análisis así es sectorial, sindical, atómico. En este sentido, aunque sea a través de una ideología “anticapitalista”, un análisis neomarxista perpetúa la ferocidad de la subdivisión, la separación –en primer lugar, de cada sujeto con su propio fondo sombrío– que es esencial al capitalismo.

 

Una de las preguntas es: ¿existe una nación, un pueblo, una comunidad? Si la respuesta es , al menos en este momento de emergencia, se trata entonces de un solo cuerpo que necesita ser pensado –por no decir amado– en una analítica común, lo más alejada posible de la economía grupuscular. La economía siempre es micro, pues sigue el emblema: “Piensa localmente, actúa globalmente”. Un análisis de clase es todavía parte del problema, no de la solución. Es aún parcial, una parte de la situación donde el canibalismo de la economía devora a la política. Enfrenta a clase contra clase, sector contra sector, grupo de presión contra grupo de presión. Es propio de la clase, a su vez, subdividirse. La “macroeconomía” siempre es micro, sectaria: gracias a ella, nuestra aldea es estúpidamente local.

 

Piensa localmente, actúa globalmente: de este modo habla el poder, la violencia imperial. Así hasta llegar a esta rivalidad grosera del espectáculo televisivo, con una información que es un concurso interminable en busca de a quién le va peor. La información es esencialmente cinegética, ocupa el lugar de una cuarta guerra mundial.

 

Pero no habría tanto que defender un interclasismo como apoyarse en una “soledad común” anterior y posterior a los intereses de clase, de grupo profesional, de sindicatos o patronales. Existe, de hecho, una “alianza interclasista” para mantener el impasse de la situación. Existe una alianza política de la situación –la sociedad como policía, según Rancière– contra la posibilidad “impolítica” de un acontecimiento. Un síntoma secundario de esto es que los políticos estén tan pendientes de la información y la estadística. La economía es esta subdivisión de lo político, lo que llamamos gestión: guerra de unos contra otros.

 

La simple gestión podría estar bien en situación de bonanza, cuando lo único que tiene que hacer es repartir los beneficios. En época de crisis, la gestión es más o menos suicida, una muerte a plazos. Se requiere una reinvención de lo político. Por el contrario, en esta fragmentación económica de lo común, ocurre algo así como una variante sofisticada de aquel emblema: “Hagan como yo, no se metan en política”.

 

Lo común, lo comunitario es algo a la fuerza indefinido, circunstancial, efímero, sin imagen. Es un fondo borroso de piedad hacia la humanidad, hacia una comunidad o pueblo que, de pronto, toma cuerpo. Lo común es una indefinición de la que no se pueden extraer fácilmente dividendos partidistas, seguridades de gestión y capitalización. En unas páginas inolvidables de Homo sacer, Agamben recuerda –pp. 224-229– que un pueblo no cabe jamás en la articulación estatal de una nación. Pero la actual fragmentación del orden social y cultural también afecta al miedo a lo indefinido que reina en la vida social, de cabo a cabo. Fijémonos en esta frase de A. Huxley, similares a otras de Heidegger en la misma dirección: “Un pecado imperdonable para la mayoría de la gente es que un hombre circule por ahí sin clasificar. El mundo mira a una persona así como la policía mira a un perro sin bozal: es decir, un ser que no está sujeto a un control apropiado”. El problema es que una situación como la actual exigiría, en la política, personas que estén libres de esa identidad normalizada que tiene su función en un estado de cosas habitual.

 

La situación actual recuerda un poco a la “barbarie del especialismo” de Ortega, pero elevada ahora al plano de la gestión pública. Quienes advertían de los peligros de la masificación a principios del siglo XX parecen alcanzar una confirmación paroxística de sus temores. Actualmente es el orden mismo de lo común el que es directamente víctima de la “división del trabajo”. Hemos pasado de ésta a la división del ocio, con la fragmentación de un entretenimiento que dura 24 horas. Y de ésta, a la división misma de la vida y sus identidades en un régimen biopolítico. De las clases sociales a las clases ideológicas, definidas por la polarización grupal, las tribus urbanas, los submundos y partidos. En definitiva, ¿estamos ante la identidad a la carta, las marcas como opio del pueblo? Si fuera así, si hubiera triunfado la biopolítica sobre cualquier afuera, no abría nada que hacer fuera del panóptico social y del capital policial del control. Sólo la alternancia deprimente: ¿azúcar o sacarina, heterosexual u homosexual?

 

¿No es esta especie de estalinismo democrático una parte sustancial del actual capitalismo, con su dispersión dogmática, con su alianza de mercado y estado? Cierto, a veces parece que existe el Imperio y que todo afuera ha pasado adentro. En este punto nuestros radicales semejan solamente la cara cool de la biopolítica. La derecha se encarga de la macroeconomía. La izquierda alternativa, de la deconstrucción completa de toda intensidad, de cualquier épica de lo singular.

 

Es indudable que algunos estallidos recientes presentaron incontenibles muestras de energía popular, con su inventiva callejera, la alegría de las consignas y del marchar y acampar juntos. Poco tiempo mantuvieron su energía y su deliciosa ambigüedad política. Después, los militantes que capitalizan el movimiento enseguida se manifiestan como funcionarios del fragmento y de la oposición profesional. Funcionarios de la minoría por fin reconocida, codo a codo con los líderes clásicos y sindicales.

 

El “fanatismo de la indiferencia” es un oxímoron que ha hecho fortuna. Los militantes ostentan una falta de piedad, de inteligencia y generosidad, que clama al cielo… al cielo al de la economía biopolítica que les pastorea. ¿Darían su vida por algo? No, militan en el culto de su identidad cristalizada. En un escenario de desprecios, insultos, maledicencias, rumores y verdades a medias, a nadie parece importarle algo parecido a la verdad. Como tantas veces, la oposición –hace poco, el PP–tiene un amplio margen en ese campo. El principio de oposición es el principio de razón suficiente. La misma parcialidad, el mismo automatismo sectario, el mismo “sota-caballo-rey” que campa en el sectarismo de derechas, pero invertido. Con frecuencia, también una idéntica mala educación. Como si el palio ideológico que ampara a los militantes les permitiera ignorar la contingencia y los matices de los acontecimientos, para ser solidarios únicamente consigo mismos y su constelación.

 

El peso de la tradición es abrumador, tanto en la derecha española como en la izquierda. Se trata de hermanos de leche en el oscurantismo y de ahí justamente el encono de su odio mutuo, como si fueran siluetas gemelas. Ambas alas de la alternancia mantienen una capacidad mínima para el camuflaje, para la actuación improvisada, sin guión previo, que sería condición indispensable para infiltrase y cambiar las situaciones. Son como la cáscara amarga del mal humor que aguanta ahí porque la queja es rentable… y guarda la secreta esperanza de que mañana llegará su turno.

 

De esta impotencia asumida proviene la constante revisión de lo histórico como coartada para una orgullosa ideología que jamás ha de descender a tierra. El pasado glorioso, o el pasado tétrico por reivindicar en la memoria, es clave en unas posiciones que poco tienen que decir hacia delante, pues su entrega al pragmatismo del poder es total. ¿No es esto, por un lado y por otro, capitalismo ontológico? De la extrema izquierda a la extrema derecha, del ecologismo al nacionalismo, el compromiso del militante actual capitaliza el autismo contemporáneo. Se milita en la militancia, confirmando la tautología como recipiente del pluralismo democrático. El militante no busca nada, no lee nada, nada nuevo que pongan en cuestión sus logros y derechos, ese lugar bajo el sol tan largamente buscado y finalmente adquirido. De ahí ese aire inofensivo y dulzón, incluso cuando no rebasan los cuarenta, sin ningún resto de la jovialidad que nace de enfrentarse a lo trágico. Ya se ha dicho alguna vez, hemos sido expropiados de la violencia de vivir, y eso nos convierte en larvas, caricaturas vivientes.

 

Si sabemos algo de lo que pueda ser un pueblo, lo sabemos por oposición a esta imagen del militante medio. No renuevan nada. Siguen las noticias y la estadística, y con esto tienen suficiente. A su autismo conectado en pantalla plana le basta con seguir la tendencia de su microcosmos. La rapidez digital se pone así al servicio del oscurantismo analógico.

 

Vivimos en un integrismo del vacío y es éste el que fuerza la velocidad, pues nadie tiene nada a lo que ser fiel, excepto a su identidad en su pequeño mundo. Gestores de los efectos locales de las leyes que vienen de fuera, los gobiernos tienen la exclusiva de lo común. Pero para pasársela a los líderes internacionales, que a su vez se emparan en las leyes globales de la economía. Todo esto es un aspecto más de la conversión de la democracia en régimen integrado por la alternancia. Campo seguro sin afuera y que, por tanto, permite una subdivisión sin fin, en esta sociedad lo común se da por supuesto en la trascendencia del dios llamado futuro.

 

 

Ignacio Castro Rey. Madrid, 22 de junio de 2012

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.