
¿Saben si el premio Nobel de literatura tiene himno? Si no lo tiene, me permito sugerir el famoso “antes muerta que sencilla” de la cantante María Isabel. Me explico: una vez más, este año el galardón fue a parar a un escritor de lectura, digamos, complicadita. Pero antes de continuar escribiendo sobre László Krasznahorkai permítanme hacer un inciso para hablar del escritor Philip Roth. He leído la gran mayoría de su obra literaria y, sin embargo (y siendo sincero), no alcanzo a comprender por qué sus novelas me gustan tanto.
Me he dado cuenta de una cosa: cuando se trata de literatura, solo pienso en leer. Quizás debería cambiar de enfoque. Puede que no solo debiera dedicar tiempo a leer literatura, sino también debería dedicar tiempo a pensarla y a estudiarla. Eso tal vez me permitiría, por ejemplo, averiguar por qué Philip Roth me engancha tanto.
Vuelvo, ahora sí, a László Krasznahorkai. Acabo de leer su libro Relaciones misericordiosas, compuesto, a su vez, por una serie de relatos. El primero de los cuales se titula ‘El último barco’. No podría haber encontrado una mejor introducción a la obra del flamante premio Nobel. Ya que, en este relato, encuentro todos los elementos característicos de Krasznahorkai. Se trata de un texto apocalíptico en el que el lector es sumergido en el desasosiego y en una profunda incomprensión. Quizás lo único que arroje un poco de luz a ese relato es su frase final: “Mirad, aquello era Hungría”.
A este texto le siguen otros: ‘Herman, el guardabosques’ es la historia de un guardabosques que se dedica a matar animales en un bosque. Un buen día “ve la luz” y entiende que matar animales está mal. Entonces decide vengarse por ello atacando a los miembros de la población en la que vive. Pero entonces se da cuenta de que, al fin y al cabo, él es quien mataba los animales, con lo cual vengarse de aquellos ciudadanos no tiene sentido… ‘En manos de barbero’ es una especie de re-escritura de la novela Crimen y castigo donde se plantea un final alternativo a la obra de Dostoievski.
Los personajes del relato ‘Calor’ tienen miedo a algo, pero no saben a qué: “teníamos la sensación de saber sin duda algo más, aunque no entendíamos lo que sabíamos”, “confieso mi fastidio, pues tenía la sensación de que allí estaba la solución, quizás precisamente allí en mis manos, pero aun así no entendía nada de nada”. Esos miedos convierten a los personajes en seres peligrosos porque tratan de defenderse atacando aquello que temen. Pero como no saben lo que temen, su ataque es arbitrario, algo parecido a una caza de brujas.
‘El buscador de emisoras’ describe la resignación humillante que sufre un profesor ante los abusos provenientes de un secretario de pueblo que escribe con faltas de ortografía. Por último, ‘El final de un oficio’ describe las consecuencias de proyectar en otras personas nuestras propias creencias. El cuento nos presenta a unos personajes que se permiten juzgar a otros personajes creyendo que sus valores son mas válidos. (Releyendo esta última frase, mira tú por dónde, ya sé qué regalaré en Navidad a varios de mis familiares).
La lectura de László Krasznahorkai es misteriosa y surreal. Sus cuentos presentan personajes que nos sumergen en la inquietud y el desasosiego. En cualquier caso, sus textos aportan muchas más preguntas que respuestas… Pero la incomprensión en la que deliberadamente sumerge al lector este autor es siempre pertinente. Por ello, el leedor se ve frecuentemente obligado a detener la lectura, pensar e indagar hasta encontrarle el sentido oculto a lo que está leyendo.
Y ahora vuelvo a Philip Roth. László Krasznahorkai me ha hecho comprender que la literatura no solo hay que leerla, sino que también hay que pensarla. Pienso y pienso en por qué conecto tanto con Roth. Busco entre enciclopedias y me informo. Y releyendo su novela Elegía encuentro una frase, relativa a uno de sus personajes, que puede aclararme: “Si su pintura no se parecía a la de ninguna persona en la clase, no era solo por su distinción estilística, sino por la forma sentía y percibía las cosas”. Efectivamente, creo que el atractivo de Roth reside principalmente en su especial percepción de la realidad más importante. Philip Roth ofrece siempre una visión inteligente y originalísima de las grandes cuestiones y dilemas de la humanidad como son, entre otros muchos, la justicia, el amor o la muerte. Lo que pasa es que sus libros mezclan estos temas profundos con otros mundanos (sexo, vanidad…) y, por tanto, el lector puede no darse cuenta inicialmente de lo trascendente de su obra.
En conclusión, la obra de Roth, como la de László Krasznahorkai, y como todas, no solo hay que leerla. También hay que pensarla.




