Mirando fotografías

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Tengo 6 álbumes de fotos en un estante, al lado de la cama. Con frecuencia, paso las páginas de un álbum y miro los ojos de amigos y amigas. Son un pequeño altar. Me gusta creer que yo estoy formado por esos hombres y mujeres que abracé y que me abrazaron. Hay muchos a los que nunca veo. La fotografía y la nostalgia

 

Filme, Julia Murat

Fotograma del filme Historias que solo existen cuando son recordadas de Júlia Murat (Brasil)

 

 

Tengo 6 álbumes de fotos en un estante, al lado de la cama. Con frecuencia, paso las páginas de un álbum y miro los ojos de amigos y amigas. Son un pequeño altar. Me gusta creer que yo estoy formado por esos hombres y mujeres que abracé y que me abrazaron. Hay muchos a los que nunca veo.

 

En la sala de mi casa, en Lima, mi madre aún conserva los tres álbumes que siempre tuvo: el de la boda, donde se mezclan peinados setenteros en blanco y negro, pelucas y corbatas de rayas, gente con bigote. Hay otro que dice Photo album sobre la foto de tono anaranjado y medio despintada, de una pareja semidesnuda que se abraza sobre las arenas de una playa. Las fotos de esa álbum son de la luna de miel, el primer viaje juntos a Machu Picchu y al Titicaca, los viajes a la chacra de los abuelos en Arequipa: al lado del granado a la entrada del fundo Anqui, sobre las piedras del pozo de Piero en la playa Silaca, los almuerzos de domingo con los abuelos en la calle Epsilon en Monterrico. También las primeras visitas al terreno de la Urbanización de la Cooperativa de Ingenieros, a la que sería mi casa. Pasando unas pocas páginas en el álbum –tal vez muy pronto–, aparezco yo.

 

El cabello en punta como puercoespín, la mirada perdida y soñolienta que siempre he tenido. Pronto aparece mi hermano: estamos los dos desnudos y metidos en una batea de plástico en el jardín. Entonces llega mi hermana. Somos tres, en algunas fotos somos cinco. La leyenda familiar dice que pocas fotos han sobrevivido porque al fotógrafo familiar (mi padre) le encantaba volarse cabezas.

 

La familia: esa raíz que empieza a crecer. Mis padres son dos jardineros con sus plantas, orgullosos. Ahí estamos los tres hijos en el primer día de colegio, vestidos de blanco y gris, con loncheras de la Guerra de las Galaxias. En otra foto está mi hermana vestida de blanco, sentada en las escaleras de la sala, con un resplandor mágico detrás, algún error de cámara que le dio al retrato un aura sobrenatural.

 

Famila limeña de principios de los 1980s, pequeño burguesa, dirá algún mirón del futuro. Mirará con sorna mi peinado de raya al costado que siempre odié, la calculadora científica Casio (que sostiene mi hermano con orgullo mientras mis padres posan) comprada en aquel viaje a la frontera con Ecuador del cual queda alguna foto en una playa, al lado de los caballitos de Huanchaco. Se fijará en lo que se quedó fuera del encuadre, nos analizará mientras nosotros nos quedamos quietos para siempre en ese retrato, perdidos en el tiempo.

 

Aquellas fotos sostienen al edificio que se estaba construyendo. Entre ellas –y si reconozco mi mala memoria diría que «solo gracias a ellas»– identifico otras historias que se conectan, otros momentos familiares que no están retratados pero que me permiten explicar la falta de tristeza con la que observo a mi familia, desparramada tal vez pero firme, de raíz gruesa, erguida sobre aquellas memorias.

 

Mis fotos, las que conservo al lado de la cama, son una rama de ese árbol que creció desde la primera foto. Esas imágenes donde aparezco gordo y feliz en países diferentes, se alimentaron de aquellas donde mi madre y mi padre se abrazan, frente a Machu Picchu o al lago Titicaca, sin presagiar que muchos años después alguien las miraría desde tanta distancia y sentiría nostalgia.