Mis líos con el periodismo

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Cuando el avión está a punto de aterrizar, cuando ya te encuentras en ese limbo horario en el que dudas de a qué reloj atenerte, –si al de tu casa, que abandonaste hace 20 horas, al que marcaba el Starbucks de la primera escala o al de la ciudad de destino– es entones cuando la azafata te entrega amablemente un formulario de entrada al país al que te diriges. El formulario te pregunta básicamente si traes embutidos o si entre tus planes está matar al presidente. Pero entre todas esas maliciosas cuestiones hay una que siempre me hace dudar: en la que se te pide que apuntes tu profesión. 

 

 

 

Cuando el avión está a punto de aterrizar, cuando ya te encuentras en ese limbo horario en el que dudas de a qué reloj atenerte –si al de tu casa, que abandonaste hace 20 horas, al que marcaba el Starbucks de la primera escala o al de la ciudad de destino–, es entonces cuando la azafata te entrega amablemente un formulario de entrada al país al que te diriges. El formulario te pregunta básicamente si traes embutidos o si entre tus planes está matar al presidente. Pero entre todas esas maliciosas cuestiones hay una que siempre me hace dudar: en la que se te pide que apuntes tu profesión. ¿Qué eres? Durante años tiré de la excusa de contestar «estudiante» por pereza a pensar en otra cosa. Pero claro, ya no cuela. Entonces surge la pregunta del millón. Uno tendría que poner: a) el sector en el que trabaja, b) la carrera que ha estudiado, c) lo que hace esporádicamente sin que le paguen, su vocación.

 

¿Qué soy? ¿Lo que he estudiado? Filosofía. Pero lo de responder «filósofa» nunca lo he visto claro. Reproduzco palabra por palabra una conversación que tuve hace exactamente un año en un control:

 

–Filósofa…¿y qué hace un filósofo? ¿Pensar?

–Sí. Bueno, no. Estudié filosofía y periodismo.

–¿Y?

–Que hago de todo. Multitasking.

 

El tipo me miró con cara de poker, como si no me entendiera, como si le acabara de susurrar al oído que era una actriz porno que venía a reunirme en secreto con el presidente. Así que para no enzarzarme en este tipo de conversaciones inútiles, suelo optar por contestar que soy periodista. Aquí llega el embrollo de nuevo. Que si ejerzo de periodista: no. Que si lo estudié… Bueno, sí. de aquella manera.

 

Maticemos. No sé qué se entiende hoy por ser periodista. Se ha dicho siempre –muy despectivamente– que periodista es aquel que habla de todo y no sabe de nada. Los habrá, claro. Pero no creo que este sea el denominador común del periodismo, de hecho, pienso todo lo contrario. A los 18 años, cuando tomé la decisión de estudiar esta carrera me advirtieron de que me iba a ir directamente a la cola del paro. Claro que se equivocaron. Porque al paro te vas si has trabajado y cotizado, un hecho bastante improbable si no tienes opción de trabajar o si empalmas infinitos contratos de prácticas hasta que la empresa busca a un nuevo becario. Muchos de mi promoción hicimos eso porque creíamos que pronto estaríamos “dentro”. ¿Alguien preguntó que era dentro? Yo no.

 

De adolescente empecé a leer a Kapuscinsky, Tom Wolfe, Hunter L. Thomson, Gay Talese, Oriana Falacci… Me enamoré de ellos y como consecuencia, me enamoré del periodismo. Me dije que yo quería hacer lo mismo. Me gustaba escribir y me gustaba el mundo… ¿qué estaba esperando entonces? Así que después de ver la película All the president’s men –Hollywood siempre planea en mi horizonte– y de leer las impresionantes crónicas que Plàcid Garcia-Planas enviaba desde la guerra de los Balcanes, decidí que lo tenía claro. Quería ser periodista. A poder ser, de guerra –ya he dicho en muchas ocasiones que tengo verdaderos problemas con la idealización–. Luego, con los años, fui siendo más consciente de mis limitaciones y tuve que ser coherente. Empezaría por estudiar periodismo y luego ya vería.

 

La realidad llegó. Siendo honestos no destaqué por ser una alumna especialmente brillante en la carrera. Sobre todo en las asignaturas de prácticas, es decir, en las importantes. Un dato ilustrativo: fui la primera alumna en cinco promociones que repitió las prácticas de radio. Lo peor del caso no es que repitiera, siempre hay una primera vez, ¿no? Lo peor es que era tan absolutamente negada que mi equipo de radio únicamente me dejaba redactar el parte meteorológico. Aún y así suspendí. Mis compañeros me miraban alucinados: cómo has suspendido… ¡si hacías el tiempo! Efectivamente, eso mismo me preguntaba yo. Cielos nubosos en la mitad norte de la península. Sí, sí, como suena. Laura, guapita, vuelve el 15 de agosto a Pamplona. Y ahí me planté a ver si sabía por fin describir los chuzos de punta que estaban cayendo por aquellos días en la comunidad foral de Navarra. La profesora me aprobó con un 5. Me pregunté angustiada: ¿Si uno tiene que saber hacer de todo en su profesión, servía yo para el periodismo?

 

No, definitivamente no. Aquel fue el primer mazazo a mi querido periodismo. El primero de los muchos que siguieron: reportajes suspendidos –Laura, eso que escribes es una opinión-, crónicas suspendidas –Laura, eso que escribes es una opinión-, columnas con un 4,5 –Laura, esto que escribes tendría que ser una opinión-… Me perdí un poco con todo ese debate tan trillado entre la objetividad y subjetividad. En qué quedábamos: ¿no se suponía que había que ser siempre objetivos? ¿Nadie se daba cuenta de que todo y absolutamente todo lo que escribíamos no era más que pura subjetividad?

 

Aquel fue el golpe de gracia a mi periodismo. Nunca he sido capaz de escribir nada que no sea acerca de literatura. Es el único territorio en el que me siento a salvo. Escribo sobre ficción porque ahí las reglas son conocidas por todos. Nada es verdad ni es mentira, ni pretendo que lo sea. El problema llega cuando cojo el periódico y me dirijo a la sección de economía o de política y veo que ahí se pontifica con datos y porcentajes. Y ahí todo es verdad. Y es mentira.

 

No sé si soy periodista o no, pero sé que a veces el periodismo me da mucha vergüenza. Estos días, enciendo la televisión y me quedo embobada viendo debates y periodistas agresivas –porque si eres mujer hay que serlo para demostrar que vales– que atacan a sus entrevistados. No sé si hay que preguntarle a Albert Rivera cuándo fue la última vez que lloró o quién le plancha las camisas a Pablo Iglesias para hacer periodismo. Yo creo que no. Al menos no en el periodismo en el que yo creía. Pero tal vez sea yo que me estoy despistando.

 

Siempre creí en un periodismo que, reconociendo que no partía de la verdad, porque la verdad no existe, pudiera escuchar para aproximarse a ella. Me imaginé formando parte de un grupo de hombres y mujeres que no confundieran el plató de Sálvame Deluxe con un debate electoral. Con gente humilde que no pontificara desde la última planta de un rascacielos con vistas al mar. Supongo que soy una ilusa pero sigo pensando que hay gente que lo lucha y que se acerca a ese modelo de periodismo. Conozco a muchos y justo por eso sigo pensando que aún estoy a tiempo de aprender a hacer el parte meteorológico y poder considerarme también periodista.