Misoginia

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Akara, que casi se me muere en la alcoba la semana pasada, acaba de confirmar que se pasará por mi restaurante para cenar. A su vez, hace nueve horas una mujer hecha y derecha, además de madre, me tildaba de misógino por mis escritos, cuando sólo he publicado un libro en el que el protagonista, si llega a ser femenino, me habría imposibilitado la publicación de la obra. 

 

Acto primero:

 

Akara, que casi se me muere en la alcoba la semana pasada, acaba de confirmar que se pasará por mi restaurante para cenar. A su vez, hace nueve horas una mujer hecha y derecha, además de madre, me tildaba de misógino por mis escritos, cuando sólo he publicado un libro en el que el protagonista, si llega a ser femenino, me habría imposibilitado la publicación de la obra. Debo reconocer que la cantidad de mujeres que me rodean, desde ex adolescentes atrevidas hasta divorciadas recientes, pasando por occidentales aburridas que asumen mi condición de escritor demasiado alejado de lo ambiguo, me confirman, y sobre todo a mi edad, como un hombre que no sólo respeta a las mujeres sino que se respeta a sí mismo realizando todo aquello que ama: escribir sin miedo, beber con sentido cualitativo, y mejorar mi ranking de polvos, asunto que no está nada mal cuando eres soltero, libre y aceptas que hacer el acto es no sólo necesario, sino obligatorio.

Acto segundo:

 

Como si de un meteorólogo acertado me tratara, Akara reapareció en el lugar de los hechos, esta vez acompañada de una amiga, a la que humilló por traerla y ninguneó tanto ante mi presencia, que si Akara llega a ser yo habría sido no ya tildado de misógino sino de ente maligno y despreciable. Comían poco y bebían mucho; porque hay tan poco profesional por ahí afuera…

 

Cuando el alcohol pedido dominaba sus venas y arterias, con esa ridícula manera de ser que tienen los inexpertos de querer en público parecer lo contrario de lo que realmente son, se desmayó la acompañante de Akara, que mira tú por dónde, se acabó golpeando la cabeza contra mis magníficas baldosas del salón principal. Ni que decir tiene que el primero que allí se acercó, agachándose hasta la genuflexión, y al borde de un ataque agudo de ciática fui yo, que preocupado por su vida –como una semana antes lo estuve por la vida de Akara– me presté a levantarla, buscarle hielo que luego froté por su nuca, darle agua, además de aliento, y todas esas cosas que la condición humana que atesoro me obliga a realizar. A cambio de nada. O de nada más que acostarme en paz conmigo mismo. O sea, ni por dinero ni por bienes futuros.

 

Pues bien, mientras la amiga de Akara agonizaba, entre beoda y golpeada, la misma Akara, también beoda y muy posiblemente golpeada en su cabeza desde tiempos ancestrales, me exigió hacer caja, cerrar el restaurante y cubrirla, único fin de una sociedad que por igual busca metas tan parecidas a las mías, que parece mentira que a estas alturas del final de una época algunos sigan hablando, al menos en Phnom Penh, Camboya, un sábado cerca de la medianoche, de delitos de género, esa palabra –y me refiero a género– que me produce náuseas, y no por esa misoginia con la que horas antes me habían calificado, sino por la fraudulenta utilización de un diccionario que reduce la realidad a emotivas manipulaciones. Violencia contra la mujer quedaría mucho más decente que esa modernidad del género que tanto me hace descojonarme.

Acto tercero:

 

Cuando la amiga volvía en tuk-tuk a su casa, escasamente fresca y bastante aturdida, Akara, junto a la puerta de su Lexus –las hay con tantos complejos como falta de clase– me exigió una explicación muchísimo más trabajada que la que ella le dio a su amiga cuando un momento antes, golpeada y beoda, se fue a su casa preguntándose el porqué lo hizo sola. Porque entre eso y abandonar a un perro a su suerte en una carretera secundaria no había mucha diferencia; si acaso el que ella disponía de partida de nacimiento, documento nacional de identidad, además de pasaporte, y ese perro imaginario, como mucho, vacunas y una cartilla extraña que además de su nombre indica el de su dueño.

 

¿Por qué me rechazas?

 

Porque quiero vivir en paz; soltero.

 

Ya, pero la semana pasada dormimos juntos.

 

Si todas las personas que se acuestan con alguien tuvieran que casarse entre sí no habría ni jueces de paz ni salones de boda suficientes.

Salió pitando. Con el rugir de su motor solapando a su vocecilla comedida, que segundos antes me soltó otro lamentable, “pero yo te quiero, mi querido”. Porque esta vida no está llena de guapos que se inflan a follar, o de feos que ni pagando, sino de todo lo contrario. Que aquí me ven: calvo, con gafas, con 41 añazos a cuestas, sin dinero ni tarjetas de crédito; y mucho menos con trajes, coches o demás artilugios utilizados única y exclusivamente para salir adelante en una cita en donde sólo vale aparentar.

 

 

Tras bajarse el telón:

 

Lo que sí que me jodió, y mucho, es que la camboyana divorciada y con un hijo de 11 años, conduciendo un cochazo de última generación, hablando cuatro idiomas y ganando más dinero que la mayoría de los españoles asalariados en la actualidad, tuviera la indecencia de haber dejado a su amiga y compatriota, borracha, en un tuk-tuk sin más miramientos que sus intereses personales. Que si llego a ser yo el que hubiera seguido a pies juntillas las actitudes de Akara hoy sería mucho más misógino de lo que lo era ayer noche, cuando una amiga, con todo su derecho a opinar, labrado en países donde la formación, educación y libertad de opinión son aparentemente reales, me intentó convencer de que mi escritura insulta a las mujeres cuando aún no sabe que yo sólo escribo: lo que realizo, lo que siento, y a veces, hasta lo que pienso. Que esa podría ser una de mis ventajas; porque para mí escribir es realizar una autopsia, colocando sobre el folio las entrañas de la historia. Sin medias tintas. Sin esos miedos de una mayoría que me conceden, sin lugar a dudas, cierta ventaja.

Joaquín Campos, 09/08/15, Phnom Penh.