Mitos argentinos

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Los argentinos acaban de reelegir a Cristina Fernández de Kirchner como presidente con una holgura inédita en aquel país. Dicen los analistas que, como de costumbre, “es la economía, estúpido”. Con Néstor, que alcanzó el poder en 2003, y de cuyo proyecto político Cristina es garante, Argentina salió del hoyo del corralito y en los últimos años, animada entre otras cosas por el alza del precio de los alimentos, la economía no para de crecer. La inflación tampoco, pero parece que eso a los argentinos no les preocupa demasiado. Sin embargo, otros comentaristas, malintencionados o no, atribuyen parte del triunfo al efecto positivo que tuvo para la imagen de Cristina la muerte de su esposo hace ahora un año. De algo no cabe duda: fue entonces, tras una impresionante prueba de aflicción y luto del pueblo argentino, cuando comenzó a remontar la imagen de una Cristina vapuleada por la crisis del campo de 2008 y la guerra mediática protagonizada por Clarín. Tampoco hay dudas de que Cristina ha exprimido esa imagen de viuda frágil que contrasta con la fortaleza de su figura. Como otras veces ha tirado de la imagen de Evita Perón. En la Argentina, el mito es todo. Y Perón es el mito entre los mitos. Y Cristina es peronista.

La semana pasada me encontré entre los blogs internacionales de El País este texto del escritor Martín Caparrós, que por fin, tres años después de conocer Buenos Aires, me despejaba la gran incógnita que desde entonces me venía esforzando por desentrañar: ¿qué carajo es eso del peronismo?

Caparrós lo tiene claro: nada. El término peronismo es un abuso léxico, porque peronismo no significa nada.

Dice Caparrós –y no podría sentirme más identificada- que “la pregunta habitual del extranjero informado, justo después de la primera referencia a Maradona –que ahora llaman Messi– es ésa:

–Discúlpame, a mí la Argentina siempre me pareció un gran país, faltaba más, pero lo que yo no entiendo es el peronismo.

Y los argentinos no tenemos el valor suficiente para darle la respuesta correcta:

–Yo tampoco.”

Así que lanzan al aire hipótesis; varias de las que cita Caparrós me las dijeron a mí, cuando insistía, ¿pero cómo un mismo movimiento político puede ser de izquierdas y de derechas al mismo tiempo? Una de las más convincentes me la dieron varios amigos: el peronismo es un sentimiento, una marca de identidad. Pero yo seguía sin entender nada.

Lo que dice Caparrós es que, en realidad, ningún argentino ha entendido nada tampoco. “Las definiciones abundan, se contradicen, se contestan. Estamos de acuerdo en que el peronismo fue un movimiento nacionalista de origen militarque marcó la entrada a la escena política de los trabajadores que llegaban desde el campo atraídos por el desarrollo industrial, y que sirvió para integrarlos a la sociedad argentina, y que por eso viejos patrones lo combatieron e izquierdas clásicas lo lamentaron. Pero eso fue hace 66 años, y después pasaron tantas cosas.”

Por provocar, le paso el artículo a un amigo porteño que cuando quiere se hace llamar Aureliano Buendía, y que ha aparecido varias veces por estas páginas, conun texto suyo o como inspirador de muchas de mis entradas. Él, que es politólogo y más de una vez intentó explicarme qué carajo es eso del peronismo, me dice que la columna de Caparrós tiene “dos líneas tremendamente borgeanas”. La primera es aquella referencia a Maradona –que ahora llaman Messi-, que a Aureliano le recuerda a esta nota de Juan Sasturain, “tan borgeana que parece escrita por Maradona”.

La segunda es cuando Caparrós explica que “si una palabra no significa nada –si no se sabe qué significa, si significa demasiadas cosas, esa palabra no funciona y tiende a desaparecer. Si perro quisiera decir mamífero carniza de ojos tristes, engaño socarrón, adolescente que ese día se quedó sin plata, cuarto planeta del sistema solar de la vigésima de Andrómeda, la hojita que al caer produce en su refrote contra el suelo un chistido que recuerda vagamente al canto gregoriano, el tercer órgano sexual, empleado perseverante, verde botella, rojo pecado, blanco radiante, atropello violento con los codos, choricito, y venticuatro más, nadie diría perro porque no está diciendo nada. Hablar es poner en acto un pacto: yo digo uch y vos sabés que uch significa más o menos uch; para que una palabra sirva tiene que significar determinadas cosas, no cualquiera. Peronismo no cumple con este pacto: con éste tampoco».

Dice Aureliano que el párrafo “parece sacado de El idioma analítico de John Wilkins, pieza que algunos pasan por la vida sin descubrir, lo cual es una pena enorme, porque dice mucho de lo poco que han sabido de esta vida”.

La conclusión del coronel: “En suma, como podés ver, la cultura argentina (probablemente la misma Argentina, como hecho) se anuda en tres o cuatro nombres, que la articulan pero también la explican. Maradona, Borges, Perón (y Evita, claro, porque Perón sin Evita es como imaginar a Jano con solo un rostro), Piazzolla. En ellos se anuda todo”. ¿Y, tal vez, Carlos Gardel?

Esto me lo escribe Aureliano el 17 de octubre, Día de la Lealtad, y me recuerda que en pocos días –el 30 de octubre- se festejan las Navidades maradonianas.

En el fondo, es por extravagancias como estas que a más de uno le entraron ganas alguna vez de haber nacido en la Argentina…

Nací en Extremadura, pero soy -también- madrileña. Periodista por vocación y convicción, llegué a América Latina en 2008, a esa ciudad caótica y fascinante que es São Paulo. Después de unos años entre samba y tango, me establecí en Buenos Aires, desde donde trabajo como 'freelance' y colaboro para medios como El Mundo y Le Monde Diplomatique. Aunque, cada vez más, apuesto por los proyectos independientes: la revista Números Rojos, la web Carro de Combate -dedicada al consumo responsable y la denuncia del trabajo esclavo- y, por supuesto, este Fronterad.   Afincada por fin en Buenos Aires, una ciudad que me cautivó desde mucho antes de visitarla, cuando se me mostraba desde las páginas de Julio Cortázar, sigo descubriendo este continente diverso y complejo, este continente con las venas abiertas que, sin embargo -o por eso mismo-, tiene tanto que enseñarle al mundo.