Moldavia, un país pequeño con un gran corazón

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Chisinau en primavera son los castaños en flor y la música de las terrazas de los cafés y el trajín de jóvenes en sus calles. Sin embargo, la apacible capital de Moldavia se ha convertido en un rumor constante sobre la guerra. Todo el mundo comenta las últimas noticas sobre Ucrania.

Desde el 24 de febrero, más de 450.000 refugiados han cruzado la frontera desde Ucrania, y unos 100.000 se han instalado temporalmente con los cuatro millones de habitantes de Moldavia.

El Secretario General de la ONU, António Guterres, visita el país desde el domingo 8 de mayo.

Un lugar para reorganizar sus vidas

Oriundas de Odesa, Natalia y su hija de un año viven actualmente en el complejo ferial MoldExpo, que se ha transformado en un centro de refugiados.

«Me ofrecieron ir a Europa, a Francia», dice esta madre de 34 años. «Pero no quiero ir tan lejos. Espero que todo acabe pronto y pueda regresar a casa».

Cuando empezó la guerra, era imposible encontrar un hueco en los pabellones.

«No había ni un metro cuadrado libre, nunca había visto algo así en mi vida, y la gente no paraba de llegar», explica Svetlana, una intérprete que trabaja con la ONU y otras organizaciones, ayudando a que la población local y los refugiados se comuniquen.

«Los residentes de Moldavia empezaron a recaudar fondos enseguida y llenaron literalmente el Centro de Exposiciones con sus pertenencias, no paraban de traer cosas», continuó. «Mi amiga, una abogada, se trasladó temporalmente a la frontera para ofrecer asesoramiento jurídico a los recién llegados. Y hay cientos de personas como ella».

En la actualidad, el complejo de MoldExpo, que hasta hace poco se utilizaba como hospital para pacientes con COVID-19, alberga a 360 refugiados, y durante los primeros días llegó a acoger a 1200 personas.

El centro de exposiciones se ha transformado en un punto de tránsito donde las personas, agotadas por el peligroso viaje y la locura de la guerra, obtienen un techo, una comida caliente, asesoramiento jurídico y, lo más importante, empatía humana.

Encuentros desgarradores

En MoldExpo, los empleados de la ONU, las organizaciones de la sociedad civil y los voluntarios trabajan sin descanso.

La ONU organizó los llamados «puntos azules» para las familias con niños y el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) ofrece un «espacio seguro naranja» para las necesidades específicas de las niñas y las mujeres.

En este espacio se instruye a los refugiados sobre cómo evitar las redes que hábilmente tienden los traficantes de personas.

Asimismo, en el complejo se reciben medicamentos y otras formas de asistencia médica.

Natalia, que trabaja en el programa de asistencia en efectivo, confiesa que le resulta difícil controlar sus emociones cuando ve a personas que lo han perdido todo.

«Tuve un caso que me conmovió durante dos o tres días», dijo, relatando la historia de una exprofesora universitaria de 75 años de Kharkiv.

Su hijo es militar, su hija y su nuera son médicos y su yerno es policía, así que ninguno de ellos podía salir de Ucrania. La anciana tuvo que encargarse ella sola de poner a salvo a sus cinco nietos, de entre 4 y 14 años.

«No podía dejar de llorar», continúa Natalia. «Llevaba dos días llamándoles, y todos los teléfonos estaban desconectados; tenía miedo de que les hubiera pasado algo, ya que Kharkiv es bombardeada constantemente. Todo el mundo en el centro la consolaba, intentábamos localizarlos con nuestros teléfonos y distraer a los niños con caramelos».

Afortunadamente, al cabo de unos días confirmamos que los cuatro estaban vivos; se habían quedado sin conexión.

Asistencia económica y humana

Como decenas de miles de personas reciben asistencia económica de las agencias de la ONU, la MoldExpo alberga también un centro de gestión de ayuda económica.

«A la gente le da vergüenza aceptar dinero, pero se ve forzada a hacerlo», explica Natalia.

«A menudo nos dicen: ‘no te equivoques, allí lo teníamos todo, no queríamos nada’. Muchos de ellos se ofrecen como voluntarios y nos preguntan cómo podrían ayudar».

Además de estas ayudas económicas, muchos refugiados se alojan con familias moldavas, que reciben una suma global que asciende a unos 190 dólares si los acogen al menos por una semana.

Pero no se trata realmente de dinero.

A sus 73 años, Margarita Yevgenievna aún no tiene planes de jubilarse como profesora de primaria. Comparte su pequeño apartamento de dos habitaciones con tres refugiados.

«Las tres personas de Odesa están en una habitación y yo en la otra. Hasta que termine la guerra, vivirán en mi casa«, dijo, y añadió: «También tengo tres niños de Ucrania en mi clase».

Siguen cruzando la frontera

Aunque el flujo de refugiados ha disminuido considerablemente, no ha se ha detenido.

A unas dos horas en coche de Chisinau, las agencias de la ONU y el gobierno moldavo han instalado un campamento de tiendas de campaña en la frontera ucraniana.

Allí los refugiados esperan los autobuses que los llevarán a la ciudad o a Rumania.

«No nos esperábamos un recibimiento así. Íbamos improvisando, solo queríamos irnos porque nos daba demasiado miedo quedarnos», afirma Irina, que acaba de llegar con su hijo desde Odesa. «Estamos muy agradecidos a Moldavia y a la ONU».

En el aeropuerto de Chisinau, en la pared entre las cabinas de control de pasaportes, se puede leer:

«Moldavia es un país pequeño con un gran corazón».

El Secretario General de la ONU se encuentra en el país para ofrecer apoyo a los refugiados y mostrar su agradecimiento personalmente a los moldavos y a todos aquellos que ofrecen asistencia a los refugiados.

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