Mónica de Oriol, el feminismo de la diferencia y el de la igualdad

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Mónica de Oriol prefiere contratar mujeres menores de 25 y mayores de 45 años. Se queja de la especial protección de la que gozan las mujeres en el mundo laboral. Tenemos que abrir un debate sobre si queremos seguir tratando a las mujeres de manera diferente por parir o si preferimos caminar hacia una verdadera equiparación de los géneros. 

 

Desafortunadamente, las palabras de Mónica de Oriol no han abierto un necesario debate. El que se debe abordar sobre el trabajo y la maternidad, la discriminación y el feminismo. Los empresarios nos han dicho que prefieren no contratar mujeres entre los 25 y los 45 años. Generalizo porque lo dice alguien de la directiva de la patronal, nada menos que la presidenta del Círculo de Empresarios, y porque también se hace cuando se habla de los sindicatos (los desfalcos que cometen sus altos directivos se extienden como una pringosa mancha de aceite sobre todos los afiliados).

 

 

Las estadísticas corroboran que las mujeres entre esas edades cobran mucho menos que los varones: la distancia que separa los salarios de hombres y mujeres se amplía entre los 25 y los 45 años. En España, si la diferencia salarial entre hombres y mujeres menores de 25 años es del 6,1%, entre los 25 y los 45 años, sube hasta el 10,1%. Este porcentaje es especialmente importante entre los 35 y 44 años, cuando se eleva hasta el 15,6%.

 

 

Pero no vayamos tan rápido: la brecha salarial se dispara hasta el 19,7% para mujeres de 45 y más años y es especialmente significativa para las mayores de 55 años, cuando alcanza el 23,7%.

 

 

Quizás estos datos den muestra de que las cosas van cambiando y de que la brecha salarial se va reduciendo a medida que se van incorporando al mundo laboral las nuevas generaciones. Pero también puede implicar que el sistema castiga a las mujeres que salen del mercado laboral por tener hijos y se vuelven a reincorporar una vez han crecido. O que, mientras los varones van progresando dentro de las empresas, las mujeres chocan con el techo de cristal, una imagen muy manida pero muy gráfica de lo que sufren. Lo que está claro es que la tasa de actividad de las mujeres es menor que la de sus compañeros:

 

 

 Tasa de empleo de las personas de 25 a 49 años

 

 

Las mujeres parimos. Pero no sólo eso: somos las responsables del cuidado de la prole. Ése es el papel que aún nos asigna la sociedad por encima de todas las cosas. Por eso ocupamos más puestos de trabajo a tiempo parcial. Efectivamente, los motivos que alegamos para asumir ese tipo de contratos tienen que ver, fundamentalmente, con el cuidado de los hijos u otras obligaciones de índole familiar. De todos los trabajadores españoles que trabajan a tiempo parcial para atender a su descendencia, casi el 98% son mujeres. Lo vemos en la tabla de aquí abajo elaborada con datos del Instituto de la Mujer:

 

 

Trabajo a tiempo parcial y razones para asumir ese contrato

 

 

También abandonamos en mayor proporción nuestro puesto de trabajo por este tipo de razones. Porque, en cuanto a las excedencias, el 94,50% de los trabajadores que se las cogen para cuidar a sus hijos son mujeres. Y estamos más dispuestas a sacrificar nuestra carrera profesional a favor de la de nuestras parejas. Al fin y al cabo, a ellos les pagan más que a nosotras, a ellos les prefieren los empresarios antes que a nosotras.

 

 

Ante la discriminación, o para evitarla, caben dos posibles soluciones inspiradas en dos perspectivas feministas diferentes: el que aboga por preservar la diferencia y el de la igualdad. De acuerdo con el de la diferencia, se trataría de implementar medidas que impidan la discriminación de las mujeres pese a sus diferencias manifiestas respecto al varón. Efectivamente, la biología marca las distancias entre varones y mujeres, tanto en lo visible como en lo invisible. No sólo hay que convivir con esta evidencia, sino que hay que preservarla. Por eso se establecen medidas de conciliación entre la vida familiar y la laboral: las mujeres deben tener derecho al trabajo, pero sin que con ello se pongan en peligro los deberes impuestos por la madre naturaleza. En algunos casos, la contradicción entre el derecho a trabajar y el deber de cuidar son tan grandes que muchas mujeres optan por lo segundo en detrimento de lo primero. El peso de la biología se deja sentir mucho más sobre nosotras que sobre ellos.

 


Pero esa especial protección que en el mundo laboral tienen las mujeres provoca que se las contrate menos y se las pague menos: el patrón exige mayor rentabilidad de un trabajador al que considera más arriesgado mantener en plantilla. La presunta política de protección a las mujeres madres, en el fondo, es discriminadora y perpetúa un modelo social patriarcal. Un sistema que trata de manera diferente a mujeres y a hombres perpetúa la desigualdad roles, una diferencia que siempre implica la subordinación de la mujer respecto del varón.

 

 

Una jornada reducida y un contrato a tiempo parcial limitan, no sólo el poder adquisitivo de las mujeres, sino también las posibilidades de crecimiento laboral. Y luego nos extrañamos de que los casos de mujeres en la cúpula de las empresas o de las Administraciones Públicas sean mínimos, muchos de ellos, heredados, y otros cuantos, de mujeres sin descendencia.

 

 

No se me entienda de esto último que considero que las mujeres que optan por no tener hijos renuncian a una parte de su esencia. Al contrario, abomino de discursos que insinúan o afirman directamente que las mujeres que no son madres son menos mujeres o que incluso adoptan actitudes o características masculinas. Porque tampoco me ha gustado nunca eso de que algo es masculino o femenino, que hay que introducir las maneras femeninas de hacer las cosas en las empresas, porque la psicología de las mujeres está caracterizada por tal o por cual, mientras que la masculina se define por tal otro atributo. Todos, hombres y mujeres, somos constructos sociales. Somos como nos educan. Llevamos en nuestro seno la semilla de la ideología dominante que, la mayor parte de las veces acríticamente, nos encargamos de reproducir hasta el hartazgo.

 

 

La otra opción consiste en adoptar medidas verdaderamente igualitarias. O que partan de considerar iguales tanto en derechos como en responsabilidades biológicas a hombres y mujeres. Estas políticas tienen que abordar cuestiones como los horarios de trabajo para que sean compatibles con la vida, sea con o sin prole, y abundar en la corresponsabilidad en el cuidado y crianza de los hijos. También, en que la educación de los niños es tarea de toda la sociedad, no sólo de sus padres.

 

 

La única medida de discriminación positiva que sí admito es la de las cuotas. Históricamente se ha demostrado la efectividad de las políticas ejemplarizantes, de las medidas que buscan la creación de modelos a imitar. Aunque tengo la sospecha de que las mujeres a las que aúpan las cuotas actuales en este sistema patriarcal nuestro no son las más ejemplares. Quizás para justificar que nunca lleguemos a nada. Aunque tampoco es que los varones que nos dirigen sean los mejores de su género…

 

 

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