Monos infinitos

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Yo, como dicen hoy los brokers en horas bajas y los amantes despechados, ya estoy amortizada. Desde que me citaron una vez, en negrita, con nombre y apellido, en el Alfa y Omega no he vuelto a ser la misma. Y eso que fue para mal. Ahí alcance la cima de mi carrera como periodista y desde entonces no me he acercado ni al primer campo base. Pero reconozco que ahí fuera hay buenos periodistas. Gente que escribe para espantar los demonios y consiguen prodigiosos exorcismos y otros que se empeñan en querer contar la realidad que ven y en decir que todavía las cosas son como son y se pueden explicar. El sheriff que patrulla esta FronteraD es uno de ellos. Yo nunca lo fui.

 

Para mí se trataba más bien de dejar de escupirme frente al espejo pasando el rato con  folios en blanco y realidades peores que la mía. Funcionó, a veces. Y me ahorrado dinero en barmans y psiquiatras. Pero ahora, veo, los tiempos son puñeteros. Ya no se mata al mensajero porque los mensajeros se han olvidado de llevar los mensajes. Retuitean frases que vienen de no sabe dónde y cuentan noticias que no lo son, mientras se preocupan por llegar a mitad de mes y se acostumbran a las llamadas de teléfono de colegas a los que han metido los dedos de los EREs en los ojos.

 

Cierran periódicos porque nadie los abre y en las televisiones es mejor colocar un bonito fondo de pantalla con peces de colores que floten y decoren el salón. Al menos las pantallas planas ocupan menos espacio en los muebles. Soy poco de teorías, y más de malas prácticas, pero siempre me gustó el teorema de los monos infinitos. Viene a decir que si ponemos a un chimpancé delante de una máquina de escribir, será cuestión de tiempo que llegue a escribir el Quijote. Si estas frases tienen hoy algún sentido, lo sé, es sólo porque yo tengo mucho tiempo libre y he quitado los espejos del aseo. Pero yo no me doy lástima. Al menos no en esto, que tampoco se trata ahora de revelar intimidades. A mí lo que últimamente me da más pena es ver que en las redacciones han echado a los periodistas y han dejado a los monos ocupando los despachos. Maten al mensajero, si quieren. Ya echaremos de menos los mensajes. Y esta ha sido la última vez, lo prometo, que intento hacerme la interesante. Porque al final siempre parezco más bien atontada.