Montaigne y Gracián, a la greña

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Una cita de Montaigne, recogida por  Fernando Vallejo en El País en octubre de 2018, creo que en el suplemento Babelia decía: “Al realizarse nuestro entendimiento únicamente por medio de la palabra, aquel que la falsea…disuelve todos los lazos de nuestra política”. Entiéndase “política” en sentido de “cosa pública”. Así que mientras Montaigne empareja la palabra nada menos que con el entendimiento, Gracián, en su Oráculo manual y arte de prudencia (núm. 202) la empareja de alguna forma con “las hembras”. “Las palabras son sombras de los hechos: son aquéllas las hembras y estos los varones. […] Es fácil el decir y difícil el obrar. Las hazañas son la sustancia del vivir, y las sentencias el ornato; la eminencia en los hechos dura, en los dichos pasa.”  Y así sucesivamente. Parece mentira que pensara eso un varón tan sabio y enjundioso como don Baltasar. Ya me gustaría a mí tener una charlita con él para contarle donde están hoy en día según qué hazañas, por ejemplo. Es sabido que la ciencia considera que en las hembras de la especie está más desarrollado el lóbulo izquierdo, especializado en el lenguaje. De todas maneras es fácil sospecharlo, a poco que viajes en transporte público o vayas al médico, y no digamos si vas a una reunión de la comunidad de vecinos o a la AMPA del colegio de tus hijos; ahí lo ves clarísimo.

 

El poder como parapeto

No deja de ser intrigante la obsesión del hablante de castellano por el uso abusivo del verbo poder. Las frases tipo ya me gustaría a mí (poder) tener una charlita, estoy deseando (poder)  ir al cine, etc. son constantes; hagan la prueba de suprimir ese verbo (salvo cuando es esencial) para comprobar que sobra  -casi siempre va delante de otro infinitivo-  y no pasa nada; todo está claro y la frase es más ligera, menos cargada. Es como si nos parapetásemos detrás del poder para no ser demasiado tajantes (¿?). No tiene sentido decir –o escribir- que uno quiere poder encontrar, por ejemplo. En estos casos, lo que uno quiere es encontrar.

 

Pues bien, he oído en la radio una entrevista con un gran directivo de la patronal española que ha soltado la más absurda y oscura de toda esa ringlera de frases: “Van a tener que poder esperar”. Ahora no recuerdo si eran las familias, los sindicatos, o los autónomos quienes tendrían que (poder) esperar, pero el hombre siguió los impulsos colectivos pavlovianos y cayó en el poder para parapetarse de algo potencialmente peligroso. Hablamos pisando huevos, pero diciendo procacidades sin parar –no me refiero a este señor-, lo cual no deja de ser una paradoja.

 

Sin que sirva de precedente, voy a dejar a un lado estos lamentos acostumbrados por los pésimos usos del idioma que me irritan y hasta indignan (cuando los perpetran gente que está obligada a conocerlo bien). Voy a ser propositiva. Creo que si con la lengua castellana se estudiara latín, todo iría mejor. El latín es como el esqueleto del castellano, que ha tenido otras aportaciones importantes, pero no tanto como esa. Yo ahí lo dejo… Otra idea que brindo gratis total es preguntar a los hispanohablantes americanos cómo tienen ellos planteada la enseñanza de la lengua, sin excluir los media. Para aprender un poco de ellos.

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