Monumento al naufragio

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Los naufragios son las óperas que le gusta ver al mar en el teatro de sus aguas. Los hundimientos de barcos en pleno océano impactan, pero resultan menos espectaculares. No dejan huella más que en la memoria, por el elevado número de muertos y por algunas imágenes patéticas. Los naufragios contra la costa son los verdaderamente inolvidables.

 

Que un barco se parta por la mitad en una noche de tormenta contra unos islotes, provoca una tragedia humana, y –a la par– un pequeño cambio en el perfil del horizonte. El navío boqueando proa arriba compite con la cota más alta del islote; aunque haya que fijarse para verlo. Sin embargo, ¿qué sucede cuando se va a bañarse a la playa de Oporto, y se encuentra uno con la proa de un petrolero incrustada en las rocas?

 

Sobresalto y pasmo. El contacto con lo imprevisto nos revuelve y excita por dentro. La sorpresa es tan grande como si hubiéramos visto toda la película en un solo fotograma. El petrolero y su naufragio están allí, frente a ti, cogidos de la mano, mirándote e invitándote a reunirte con ellos. La proa partida del barco es un escenario de ópera futurista, por el que sólo puede deambularse cuesta abajo y cuesta arriba. La pronunciada inclinación del suelo hace sentirse al paseante como un actor de ópera, un acróbata de circo, o un pasajero del Titanic en la fatídica noche del hundimiento.  

 

 

Los cuatro años seguidos que viajó Faba a Oporto, invitado por el FITEI (Festival Internacional de Teatro de Expressao Ibérica), no dejó de visitar la Sé do Porto, ni el Puente de hierro de D. Luiz I, ni las bodegas Calem, ni los respectivos teatros, ni los garitos nocturnos de la Ribeira do Douro; aunque tampoco faltó nunca a su cita con el petrolero hundido, le atraía con  más fuerza que ningún otro lugar de Oporto.

 

El primer año le pareció un símbolo de la encantadora y poética dejadez portuguesa. Siempre había gente bañándose junto a la proa erguida del barco. Los paseantes se detenían a tomar el sol en las rocas cercanas. Incluso hasta parejas de novios recién casados se acercaban hasta el barco hundido, para retratarse junto a aquel amasijo de hierros impresionantes.

 

El cuarto año el petrolero ya no estaba en su sitio. ¡Qué desencanto! La playa resultaba más vulgar y aburrida sin aquella escultura gigantesca que podría haber creado Eduardo Chillida. Sus Peines del viento donostiarras –siendo tan grandes artísticamente– resultaban poca cosa, comparados con el Monumento al Naufragio de Oporto. No hay que olvidar que fue construido en una sola noche por un tal Océano Atlántico. ¿Sería el diablo disfrazado de galerna?

 

 

Fotos: Gabriel Faba