Mudarse (alguna vez)

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Fotograma de la película 'Little boxes' (2016).
Fotograma de la película ‘Little boxes’ (2016).

En esta vida, al igual que existen dos grandes clases de dolor, existen dos grandes tipos de sufrimiento: el que te toca vivir a ti en carne propia y el que te toca aguantar como figurante, como espectador, como testigo de un amigo que se despide, de una novia que te deja, de un hermano que se va. Generalmente, no suelen coincidir; pero, en realidad, nada te salva, y en cualquier momento puedes encontrarte sufriendo y viendo sufrir -indistintamente- a causa de las más variadas circunstancias. Por ejemplo: una final de la Champions, una muerte prematura o una mudanza; aunque ésta se produzca en la misma ciudad de siempre, en el mismo barrio de siempre, en la misma calle y junto a la misma cafetería de dos plantas.

Al comienzo de De qué hablamos cuando hablamos de amor (Anagrama, 1987), por ejemplo, Raymond Carver tenía un relato titulado ¿Por qué no bailáis? en el que narraba la «liquidación casera» de una pequeña vivienda con jardín, garaje y perfectamente amueblada que, por cuestiones desconocidas -aunque, al final, algo se intuye-, se ha visto vaciada de repente, con todos sus armarios y con todos sus objetos puestos a disposición del personal por un módico precio y descansando a la intemperie. En esto, una joven pareja que, por aquel entones, se encontraba reformando y amueblando su nuevo apartamento se detiene junto al porche y, motivados por la oferta, se ponen a probar las camas, encienden la televisión, toquetean los manteles… cuando, de pronto, llega el dueño. «—Hola —saludó el hombre a la chica—. Ya has visto la cama. Perfecto. —Hola —contestó la chica, y se levantó—. La estaba probando. —Dio unos golpecitos a la cama—. Es una cama estupenda (…). —Eh, chicos, tomad un trago —invitó el hombre—. Hay vasos en esa caja. Me voy a sentar. Me voy a sentar en el sofá. El hombre se sentó en el sofá, se acomodó sobre el respaldo y miró al chico y a la chica (…). A la luz de la lámpara, creyó ver algo en sus caras. Algo agradable o desagradable. ¿Quién podía saberlo?». Pero, en el fondo, lo más común es que se diera esta doble situación, que tanto el agrado como el desagrado convivieran en el mismo punto; a saber: la mudanza común.

Ya lo hemos dejado por escrito anteriormente, aunque, quizás, valga la pena recordarlo: frente a una mudanza hay dos opciones, ¿verdad? Quedarse, y ver cómo el resto se va; o irse, y ver cómo se quedan. Pues, bien, a cada acción le corresponden sus propias contrapartidas, y éstas son así:

Normalmente, quien se ha ido es porque enfila el nuevo rumbo como Rafael Hitlodeo en Utopía (Sarpe, 1984), de Tomás Moro, quien, al igual que Américo Vespucio, confiaba en que «la promesa de un lugar mejor, tuvo la virtud de colocar las posibilidades de una sociedad reconciliada. Y de este modo, el lugar mejor se convirtió en el futuro mejor», como decían en el prólogo de la obra en la edición traducida por F. L. Carmona y T. Suero. Mientras tanto, el que permanece anclado nos recuerda a Célestine, la protagonista del Diario de una camarera (Bruguera, 1974) de Mirbeau, cuando, al enterarse de que su amado había partido hacia Cherburgo, escribió: «Me gustaría conocer ya Cherburgo, para poder imaginar en estos momentos a Joseph yendo y viniendo por sus calles, sus plazas y los alrededores del puerto. De cualquier modo, lo imagino conquistando la ciudad, como me conquistó a mí».

Ahora que yo mismo acabo de mudarme y que, a su vez, he visto partir, puedo contar mi experiencia personal, que se resume en lo siguiente: mudarse es un auténtico suplicio; aunque la mudanza ocurra dentro de la misma ciudad de siempre, del mismo barrio de siempre, de la misma calle y junto a la misma cafetería de dos plantas. No hay destino que justifique tantas idas y venidas, tantos quebraderos de cabeza, tantas cajas de cartón. Ni a uno mismo ni a la policía, claro; que, viviendo cerca de la sede de uno de los partidos políticos más importantes de España, no entendían tanta agitación. Al principio, al llevar las primeras maletas y los primeros cargamentos de libros, uno se sentía un poco criminal, transitando las calles minutos antes de las 00:00h. en pleno toque de queda con el único objetivo de apurar el tiempo y -¡Por fin!- acabar. Sin embargo, en los últimos trayectos, cargados ya -exclusivamente- con los últimos enseres de cocina (con las cacerolas, los tenedores y las sartenes), que, a priori, más miedo deberían dar que las novelas, tan familiarizados estaban con nosotros los guardias que hasta nos hacían el pasillo; como si fuésemos los protagonistas de un desfile militar.

No todos los días, evidentemente, pasa uno de proscrito a comandante general de infantería; pero, por otro lado, no se me ocurre un contexto más idóneo que el contexto habitual de una mudanza, donde todo ocurre por partida doble. Ahora, sin duda, es tiempo de aclimatarse, de ampliar los límites, de cambiar las miras y de confirmar, así, que «el lugar mejor se convirtió en el futuro mejor», y que en ese futuro, además, se colocaban «las posibilidades de una sociedad reconciliada». Por el otro lado, ¿qué decir? Pues que te echaré mucho de menos, ya lo sabes; pero, al menos, los vuelos no están demasiado caros y mantengo la certeza de que pronto nos volveremos a ver. De cualquier modo, como diría Mirbeau, te imagino conquistando la ciudad del mismo modo en que a mí me conquistaste.

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